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Amor de madre, amor desinteresado.
Ese amor que sentimos en el seno de su vientre,
al susurrar con ternura, el gozo que su alma siente.
Por ser parte de ella, de su alma, de su consuelo,
por ser la única estrella, que brillará en su cielo.
Por eso nos quiere tanto, por eso nos lleva dentro,
por eso nos da la vida, nos da el amor verdadero.
Y al salir del Paraiso, de nuestro paraiso materno,
para venir a este mundo, un mundo sin conocimiento,
lloramos con triste pena, por abandonar el cielo.
Por sentirnos abandonados, por no sentir el consuelo,
creyendo que nos quedamos solos en un singular desierto.
Pero la madre, con amor presuroso, casi sin fuerzas, por el esfuerzo del nacimiento,
corre a abrazar a su hijo, carne de su carne, sangre de su sangre, suspiro de su aliento;
para que sepa que no está solo, que con él está su madre,
que aunque él esté fuera, ella lo lleva dentro.
Y cuando sentimos frío, tenemos hambre o nos vence el sueño,
nuestra madre se apresura para calentarnos con su abrazo,
para alimentarnos con su alimento, para mecernos en su regazo.
Y al caminar por la vida, aprendiendo en el viaje,
ella vela nuestro sueño, ella carga con el equipaje.
Por limpiar nuestro camino de piedras, espinas y ultrajes,
la madre no se cuestiona si debe de sacrificarse,
que por su hijo, siempre, la madre se sacrificare.
Y si por salvar al hijo dando su vida valiera,
mil veces la daría, si mil veces ella pudiera.
Amor de madre, amor desinteresado.
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