CARTA DE UN SUICIDA

Por José Luis Giménez

Hacía tan sólo seis horas que acababa de hablar con él. Parecía tranquilo, el tono de su voz no hacía presagiar el fatal desenlace que poco después iba a producirse. Ahora, acabo de recibir la llamada de un amigo: ¡José a muerto...! me decía visiblemente alterado Alberto, nuestro amigo común.

- ¿Pero… qué ha pasado? -pregunté inquieto y expectante.
- Ha muerto… ¡José se ha suicidado! -respondió Alberto al otro lado del teléfono con la voz entrecortada.
- ¡No puede ser…! tan sólo hace unas horas que hablé con él y no parecía afectado, ni siquiera me habló de ella… aunque, ahora que lo pienso… me extrañó que me dijera que me estaba muy agradecido por la amistad que le había entregado...¡no me podía imaginar que estuviera despidiéndose de mí!
- Pues parece ser que lo hizo… -intercedió Alberto con voz compungida.
- ¿Cómo ha ocurrido...? ¿Se sabe con seguridad que se trata de un suicidio? -pregunté esperando una respuesta negativa, aunque fuera como fuese, no iba a devolverle la vida a mi amigo.
- Sí, lamentablemente no hay duda. Se ha suicidado lanzándose al vacío desde la azotea, y ha dejado dos cartas: una para el juez y otra para nosotros, sus amigos. Te llamé antes, pero estabas fuera, así que me permití leer la carta que iba dirigida a nosotros dos. La verdad, estoy demasiado emocionado como para poder leértela por teléfono, ven por favor, léela tú mismo. La policía me la entregó después de que el juez la leyese, ya que me había desplazado hasta su domicilio para devolverle la cámara fotográfica digital que me había prestado, y me encontré con todo el panorama que se había formado delante de su domicilio. ¡Ha sido terrible, terrible…! aún no puedo asimilar la visión del suelo manchado de sangre.
- Bien, voy para allá… tranquilízate, no tardaré más de 20 minutos en llegar.

Mientras me cambiaba de ropa, buscando un tono más oscuro de chaqueta y camisa, mi mente viajó en el tiempo, recordando aquellos momentos que compartimos juntos, llenos de felicidad, cuando solíamos salir de excursión en busca de parajes y lugares cargados de misterio.

Fue en una de esas excursiones donde la conoció. Coincidimos con otro grupo de excursionistas, compuesto por cuatro amigas que se divertían cantando y tocando la guitarra. José se quedó embelesado nada más ver y oír cantar a Lucía. Recuerdo que Alberto y yo nos miramos sonriendo, al observar la cara de memo que se le quedó a José. ¡Aquello si era amor a primera vista!

A partir de aquel día, José ya no se separaría de Lucía. ¡Había encontrado por fin su media naranja! su alma gemela, como él mismo repetía una y otra vez. La felicidad era una constante en sus vidas, ¡nunca había visto a nadie tan enamorado!

Ahora tenía que ir a casa de Alberto, leer la carta que nos había escrito y ver en que manera podía ayudar a mi amigo por última vez.

Cuando llegué a la casa de mi amigo Alberto, éste ya estaba esperándome en la puerta. Nos abrazamos y no pudimos evitar derramar lágrimas de dolor.

- Gracias por venir Luis, -fueron las primeras palabras de Alberto- creo que ahora no podría permanecer solo en casa. Ven, siéntate y lee la carta de José, por favor.

Tomé la misiva en mis manos, extrañamente temblorosas, mientras llenaba mis pulmones de aire, inspirando profundamente, con la idea de tomar fuerzas y mantenerme sereno.

La carta estaba manuscrita, como era su costumbre, ya que José solía decir que en la escritura siempre quedaba parte de la energía de la persona que escribe.

Queridos amigos Alberto y Luis:

Cuando estéis leyendo estas líneas, ya no estaré con vosotros. Siento en el alma causaros dolor y bien sabe Dios, que esta situación por la que ahora estaréis pasando, ha sido la causa por la que no lo había llevado a cabo anteriormente, pero ahora, ya se ha hecho insoportable y mi vida no tiene sentido.

Cuando ella se marchó, sentí un total vacío. Mi cuerpo ya no me importaba y mi casa estaba llena de soledad.

Era incapaz de permanecer solo en mi habitación, donde las pesadillas castigaban mi mente noche tras noche, recordándome que no fui capaz de hacer nada por evitarlo.

La cama era como un inmenso desierto, donde mi sed nunca podía ser saciada por oasis alguno.

Nadie podría llenar ese enorme vacío que, a modo de un agujero negro, iría tragándose las pocas esperanzas que aún pudiesen quedar.

Hubiese dado mi corazón, mi vida entera, sólo porque hubiera permanecido junto a mí unas horas más, el tiempo suficiente para poder decirle una vez más cuanto la amo. Para convencerla de que no se marchara sola. Pero ella no quiso escucharme.

Se marchó… me dejó solo, con el corazón partido, roto por el dolor. ¡Maldije al que se la llevó!

Antes de marcharse, ella, me miraba con sus dulces ojos. Me hablaba sólo con la mirada. Sus manos se aferraron con todas sus fuerzas a las mías, mientras aún pude oír de sus labios un "te amo".

Me había hecho prometer que después de su marcha, yo seguiría disfrutando de la vida, que viviría feliz hasta el último de mis días. Se lo prometí, sí. Porque no quería verla sufrir más. No soportaba escuchar las carcajadas irónicas del Cáncer. Ese ser monstruoso que siempre se hace acompañar de la muerte. Lucía no me dejó acompañarla y yo no pude hacer nada por evitar que la muerte se la llevara. ¡maldito seas Cáncer... por robarme lo que más amaba!.

Intenté cumplir mi promesa, mostrarme feliz ante los amigos, vivir la vida… ¿pero… qué clase de vida voy a vivir? si la única razón de mi vida era Lucía.

Sé que posiblemente habrá otras mujeres llenas de méritos, que podrían hacer feliz a cualquier hombre. Pero yo no necesito que ninguna otra mujer me haga feliz. Yo sólo necesito volver a estar junto a Lucía.
Perdóname Lucia, por incumplir mi palabra, por no poder ser feliz. Pero ya no hay nada en este mundo por lo que valga la pena seguir.

Perdonadme vosotros, mis queridos amigos, por marcharme así, pero sé que vosotros queréis lo mejor para mí, y ahora, lo mejor para mí es estar junto a mi amada. Sé que lo entenderéis, por eso os quiero pedir un último favor:

Haced que me entierren junto a Lucia, y vigilad que las petunias de su tumba estén siempre bien cuidadas. Os he transferido a vuestras cuentas todo lo que tenía en el banco, ya que vosotros dos sois mi única familia, además de que así, se cubren los gastos y molestias que os ocasiono.

Si existe la vida después de la vida, voy a volver a ser el hombre más feliz del Universo junto a mi amada, pero... si todo se acaba en esta vida, habré terminado con una agonía que no me dejaba vivir.

Espero poder abrazaros en el más allá.

Vuestro amigo José.


Cuando acabé de leer, tenía los ojos llenos de lágrimas, pero también sabía que ahora mi querido amigo José era feliz. Alberto y yo nos cruzamos las miradas, no hizo falta decirnos nada más. Cumpliríamos la última voluntad de nuestro amigo, deseando con todo nuestro ser que ahora se encontrase junto a su amada Lucía, esperando el momento en que nos llegase nuestra hora, para volver a abrazarnos.


José Luis Giménez
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