Apolo, el jorobado

 

Había estado lloviendo casi todo el día, y sus ropas raídas y desgastadas chorreaban sobre el suelo de la estancia.

Ni siquiera los harapos mojados y la persistente tos, le impedían aguardar con ilusión la llegada de su amor secreto.

Había sido un día muy duro, pues tuvo que soportar los acostumbrados insultos y vejaciones de los parroquianos, quienes veían en él la excusa perfecta para descargar sus frustraciones y fracasos personales.

––¡A ver si aprendes a caminar sobre dos patas! ––Le decían unos…

––¡Mi cerdo es más atractivo que tú, Apolo! Jajaja… ––Le recriminaban otros.

Lo cierto es que Apolo, ––nombre con el que los parroquianos se referían al pobre desgraciado, a quien el cura había recogido de niño cuando fue abandonado en la puerta del templo, permitiéndole vivir en la sacristía de la iglesia, a cambio de ocuparse del cuidado del templo y de tañer las campanas para la llamada a los oficios religiosos–– no era nada agraciado, es más, su aspecto llegaba a causar cierta repugnancia ya que, de pequeño, tuvo la desgracia de ser victima de un incendio provocado por el estado de embriaguez de su padrastro, que le dejó el rostro prácticamente desfigurado y sin apenas visión de un solo ojo, ya que el otro lo perdió por completo a causa del fuego. A todo ello, había que sumar que su columna vertebral sufriría graves daños provocados por el incendio, lo que le impediría poder caminar derecho, de ahí que fuese “bautizado” por sus conciudadanos como “Apolo, el jorobado”.

Ahora apenas faltaban unos minutos para que llegase Belinda, tal como venía siendo costumbre todos los martes a las siete de la tarde, a la vez que el nerviosismo de Apolo se hacía cada vez más evidente.

––¡Hola Apolo…! ––Se oyó la voz de Belinda que acababa de entrar por la puerta de la iglesia–– ya estoy aquí… ––dijo mientras mostraba una abierta sonrisa.

Apolo corrió a su encuentro y la tomó de la mano, acompañándola hasta el banco de la estancia donde solían permanecer juntos, mientras éste leía unos poemas a Belinda.

––¿Hoy que me vas a leer…? ––replicó Belinda.

Apolo tomó un misal que había sobre la repisa de un aparador, y le respondió:

––Hoy he seleccionado unos poemas muy románticos que espero que sean de tu agrado…

––¿Sí…? ¡Qué bien…! ––Repuso Belinda.

Apolo abrió el misal por una de las páginas, y comenzó a recitar un bello poema de amor. Con voz melodiosa y pausadamente, fue recitando uno a uno todos los poemas que fue capaz de declamar, hasta que la persistente tos le impidió continuar.

––¿Qué te ocurre Apolo…? ––le inquirió Belinda visiblemente consternada.

––Nada Belinda, nada… estoy un poco acatarrado, sólo es eso. No te preocupes, mañana ya estaré bien.

Allí se acabó la conversación. Se despidieron como siempre, y quedaron para encontrarse en el mismo lugar y a la misma hora el próximo martes.

Cuando llegó la fecha indicada, Belinda acudió como de costumbre a la iglesia para encontrarse con Apolo, pero para sorpresa de ella, él no se encontraba allí. Lo llamó varias veces, pensando que quizás se hallaba ocupado con alguna tarea de la iglesia y se le había olvidado la cita, pero no obtuvo respuesta.

Decidida, se dirigió al despacho del párroco D. Julián, quien posiblemente podría darle una respuesta sobre la ausencia de Apolo.

––D. Julián, ¿Sabe dónde puedo encontrar a Apolo, no está en la sacristía como siempre…?

––-Mi querida niña… ––dijo el párroco con voz visiblemente afectada–– Apolo se encuentra mal… muy mal, de hecho está muy grave, y si Dios no lo remedia, me temo que nos va a dejar muy pronto…

––¡Pero…! ¿qué dice Padre…?

––Sí, hija mía, hace tres días que lo encontramos tirado en el suelo, en el campanario. Al parecer llevaba varios días enfermo, con un fuerte catarro que no se curó y desembocó en una neumonía de la que el médico, D. Serafín, no cree que pueda salir.

––¡No puede ser Padre!... ¡él no! Por favor, ¿dónde está Padre?, déjeme verlo por lo que más quiera…

––Acompáñame Belinda…

D. Julián tomó de la mano a Belinda y la llevó consigo hasta la estancia donde se encontraba Apolo.

––Ahí lo tienes Belinda… en la cama, inconsciente. ––Le indicó el párroco mientras la acercaba hasta el lecho.

Belinda corrió a su lado, lo tomó de la mano y, con lágrimas en los ojos, empezó a decir:

––¡Apolo!, mi querido y amado Apolo… no te vayas… no te mueras por favor, por lo que más quieras… tú eres lo único que me alegra la vida y me da ganas de vivir cada día… Sé que soy un estorbo, porque soy ciega… pero yo te amo, ¡te amo más que a mi vida…! Apolo, mi querido Apolo… tú eres lo más hermoso y lo más bello que he conocido jamás, no hay un ser más puro que tú, y sin ti, mi vida no tiene sentido. Sé que me decías que leías los versos de un poemario… cuando en realidad los habías hecho tú para mí, y ni siquiera estaban escritos… los recitabas de memoria, lo sé mi querido Apolo, pero te dejaba hacer… esperando a que un día te atrevieses a pedirme ser tu esposa. Ahora seré yo quien te lo pida Apolo, deseo ser tu esposa… no me dejes ahora Apolo.

El párroco asistía atónito a lo que estaba viendo, sin poder evitar que las lágrimas resbalasen por sus mejillas. En lo más profundo de su ser, clamaba al cielo, para que aunque fuese por aquella vez, Dios se apiadase de aquella alma y le permitiese seguir con vida.

Belinda seguía abrazada a Apolo, mientras sus lágrimas se entremezclaban con las de éste… Sí, Apolo también lloraba… ¡el milagro se había producido! Y ahora, aquél pobre desgraciado, del que todos se burlaban, se sentía el hombre más afortunado del mundo.

Nadie sabe lo que ocurrió en realidad, si fueron las palabras sinceras y llenas de ternura y amor de Belinda, la chica ciega enamorada de Apolo, o fue la piadosa voluntad de Dios, que quiso que el amor triunfase una vez más sobre la muerte.

 

 

José Luis Giménez
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