CUADERNO DE VIAJE DE UN INMORTAL. IPUWER, EL SABIO EGIPCIO.

Me llamo Sharkali-Sharri, rey de Acad e hijo de Naram Sim. En realidad lo fui un día, antes de caer asesinado por los “GUTI”, una insignificante tribu de bárbaros que, aliados con los sumerios y los elamitas, lograron apoderarse de mis dominios. Pero aunque fui asesinado, y así consta en los anales de la historia, algo sorprendente ocurrió tras mi muerte terrenal. Y no es sino ahora, cerca de 4200 años después, cuando siento que ha llegado el momento en que relate mi verdad, las andaduras del probablemente ser vivo más viejo del mundo. Pero solo mi parte humana carnal, y bajo múltiples personalidades, ha podido ser vista por el resto de los mortales. Porque mi alma, siempre eterna, ha permanecido oculta, enfundada entre tantos y tantos cuerpos, de los que ha ido apoderándose cuando la situación lo requería. Nunca tuve que hacerme pasar por otro, porque en el momento en que ocupaba un cuerpo, era siempre investido de todos sus recuerdos, todo su pasado, añadiéndolos a los que ya tenía de mortales anteriores. No ha sido fácil ocupar esas vidas, ni el caminar durante estos 42 siglos plagados de recuerdos, situaciones vividas, batallas, viajes, amores... Cuántas veces me he preguntado: ¿Porqué yo? Quizás ahora, al llegar el momento de sacar todo a la luz, pueda descifrar este misterio. ¿O es que en realidad no hay misterio alguno? He llegado al convencimiento de que se acercan tiempos nuevos, no me atrevería a decir si son para bien o para mal. Pero sin duda, hay una nueva era que dará comienzo en este nuevo milenio. Y me sobran razones para pensar que yo ya no estaré, que este es mi último cuerpo. Por eso debo esforzarme en relatar mi historia, dar a conocer al mundo la verdad de muchos sucesos, vividos de cerca, y así, tal vez, hacer comprender a los demás y por supuesto a mí mismo, de qué hacemos, para qué estamos y por lo qué somos. He conocido inmensidad de personajes célebres, recorrido el mundo entero a través de diversas épocas, testigo de guerras infames aunque por desgracia a menudo necesarias, dueño y señor de reinos ya desaparecidos, conquistador y descubridor de tierras... Y por supuesto conocí a Jesucristo y sus doce apóstoles, a Mahoma, César, Alejandro Magno, Colón, Napoleón, Hernán Cortés... Podría empezar a enumerar leyendas y nunca terminaría de nombrarlas. Pero trataré de no olvidar a ninguna de ellas en esta historia, la historia de Sharkali, viajero inmortal.

No tengo dudas de que formo parte de un pequeño experimento realizado por universos lejanos, aunque no creo que fuera con ningún fin mundano. Más bien todo lo contrario, fundamental. Nunca supe quiénes eran, bien es cierto, pero sí que no eran terrenales. Y tampoco dioses, aunque entonces así lo creí. He podido darme cuenta, a través del tiempo, de que la divinidad en sí no existe, como no sea la del mismo Dios, único e inviolable. Pero ni aún así el concepto de Dios tal y como el ser humano lo conoce me queda claro.
Cuando fui asesinado por los “Guti”, mi cuerpo fue raptado por unos seres que aún hoy en día nos parecerían extraños, no de este mundo. Pero el tiempo transcurrido no ha logrado borrar de mi mente el recuerdo de ellos, ni lo que hizo posible mi inmortalidad. Una luz cegadora envolvió mi cuerpo, levantándolo hacia una especie de nave triangular de espectaculares dimensiones, que poco probable pasaría inadvertida a cualquiera cercanamente presente en el lugar. Desconozco que pensarían mis súbditos, los acadios, al ver algo tan insólito, aunque ciertamente, nada hay escrito sobre este suceso, como no sea mi propio relato. De todas formas, al ser asesinado toda mi ciudad fue arrasada, totalmente destruida, saqueada, tanto es así que aún hoy en día se desconoce su emplazamiento, algo que yo siempre me he reservado. Y aunque lo diera a conocer al mundo, nadie me creería. No en vano, a pesar de todo, siempre he querido dejar la ciudad sepultada, inviolable, inalcanzable para el hombre actual, capaz de convertir algo tan sagrado en cuchufleta turística. Así que, es muy posible que aquel día aciago todos los acadios de la ciudad fueran exterminados, y si alguien pudo ver algo, tuvieron que ser los “guti”, civilización tan atrasada, que no creo ni siquiera pudieran entender que ocurría delante de sus narices.
De pronto me vi dentro de la nave, rodeado de esos seres, con sus manos llenas de dedos alargados, larguísimos brazos y piernas, y con una cabeza ligeramente mayor en tamaño a las nuestras, como escondiendo tal vez un cerebro a la par que de más amplias dimensiones, dotado también de unos niveles de inteligencia muy superiores al humano. Incluso el color de su piel estaba formado de una iridiscencia azul semitransparente, que dejaba entrever el interior de sus cuerpos, como si estuviesen hechos de gelatina. Y nada que decir de su altura, rebasando los dos metros con toda seguridad. No me cabe la menor duda de que ellos poseían la inmortalidad, y con el tiempo logré entender que lo que ellos pretendían era experimentar si un ser humano, un habitante del planeta tierra, podría ser capaz también de alcanzarla. Y sabiendo que con este cuerpo mortal, de poca estimación de vida, resultaba poco menos que imposible, su misión era perpetuar mi alma, arrebatándola de un cuerpo y pasándolo a otro, antes de su expiración, dios sabe con que fórmula o tratamiento. Muchas han sido las veces que han vuelto a cruzarse en mi camino, absorbiéndome de nuevo como si fuera un muñeco de trapo, sabiendo en cada momento que no era dueño de mí, sino una rata de laboratorio al fin y al cabo. Y aunque pudiera sentirme satisfecho de mi larga vida, y agradecido por ello, sigo sin entender, por qué yo, por qué fui el elegido...


II. YO, SHARKALI-SHARRI, VIAJERO INMORTAL, ESCRIBO:
Mientras ocupé el cuerpo de Ipuwer, tuve el suficiente tiempo para pensar en todo lo que me había sucedido desde el instante en que, tras la invasión de los “Guti”, fui asesinado por esta, llamémosla tribu salvaje. Entonces yo era Sharkali-Sharri, rey de los Acadios, y en realidad esa es mi verdadera identidad. Si tenemos en cuenta el calendario cristiano moderno, el año en que dejé de ser Sharkali-Sharri fue el 2193 antes de cristo. Así pues, 4197 años han pasado desde que los seres azules (así los llamaré a partir de ahora), irrumpieran en mi vida. Al principio para nada era consciente de lo que me sucedía. Al ser levitado por aquel extraño aparato, suspendido en el aire, pensé que iba hacia el encuentro de los dioses. Estaba convencido de que ellos eran los encargados de llevarme a mi morada final, a mi descanso eterno. Pero los seres azules me hicieron comprender de inmediato mi situación real, y de lo que pretendían hacer conmigo. Diré que ellos no hablaban, pero podía oírles y comprenderles perfectamente. A mi cerebro llegaban sus palabras, en perfecto acadio. Tampoco yo tenía necesidad de hablar, porque comprendí que podía comunicarme con ellos de la misma forma. Me hablaron de que yo había sido elegido para un experimento en la tierra, la posibilidad de un alargamiento de mi vida a perpetuidad. Pero iba a ser un procedimiento complicado, en el que yo no iba a estar exento de sufrimientos, tanto físicos como probablemente morales. No tenía que preocuparme por el daño físico, el cuál solo iba a producirse cada vez que mi alma fuese arrebatada de un cuerpo y trasplantada a otro. Sin embargo, cuál iba a ser mi respuesta moral o psíquica, era incluso desconocido para ellos. Si el experimento llegaba a controlarse tal y como ellos querían, asegurando mi inmortalidad terrenal, iban a ser muchos los cuerpos que iba a ocupar y memoria psíquica que también de sus mentes heredaría. En el momento del fallecimiento de un ser humano, aunque su alma se desprendía de su cuerpo físico, el cuerpo mortal conservaba una copia genética de la mente, que pasaba a ser la información que se añadía a la de mi propia alma, absorbiendo incluso todas sus emociones y experiencias vividas.
Antes de que fuera a iniciarse el experimento, me dejaron claro que podía fallar o en cualquier momento verse obligados a abortar el proceso. Así que en realidad mi futura inmortalidad terrenal no estaba asegurada. Y digo terrenal, porque ante el hecho de haberles preguntado si ellos sabían algo sobre la inmortalidad del alma, me contestaron que precisamente por haber logrado controlarla podían manifestar sin ningún tipo de duda que el alma nunca desaparecía, que de no viajar hacia mundos superiores, vagaba en el espacio interestelar infinitamente, hasta bien no encontrar un nuevo cuerpo que ocupar en cualquiera de los millones de mundos existentes, en niveles superiores o inferiores, pero que aún yo no estaba preparado para obtener esa información. Tan solo pudieron adelantarme que el alma, en esta situación, en ese ámbito, carecía de espacio-tiempo, al contrario que ocurre con la dimensionalidad carnal. Ellos no quisieron hablarme más, pero cuando conocí a Jesucristo, muchas de estas preguntas logré planteárselas, pues él de alguna manera sabía quien era yo en realidad. No obstante, sus respuestas, aunque no ambiguas, nunca fueron del todo evidentes. Y, en cambio, si dejaban entrever muchas de las respuestas que yo necesitaba. Ya habrá tiempo de llegar a ese momento, puesto que ahora debo seguir hablando sobre mi estancia en Egipto bajo la personalidad de “Ipuwer”. Muchos historiadores piensan que este sabio existió en épocas posteriores, sobre la dinastía XIV. Nada más alejado de la realidad. Es normal que haya dudas al respecto de las cronologías faraónicas y de personajes claves del antiguo Egipto, dado que apenas se conservan los suficientes manuscritos como para situar la historia de forma correcta. Y mi memoria, aunque bien extensa, tampoco se puede permitir afinar demasiado, pero sí dotar un poco de mayor veracidad a lo ocurrido durante estos siglos. Sin embargo, no lo voy a ocultar, mi misión no es contar la historia del mundo civilizado, para eso ya están los analistas o cronistas. Sólo trataré de hacer hincapié en aquellos aspectos que me conciernen o tengan que ver con mi larga y extensa vida terrenal.

Cuando ocupé el cuerpo de Ipuwer, había ya dejado de reinar PEPI II, el último faraón de la VI Dinastía. Hay quien a partir de aquí mezcla las dinastías, no sabiendo como colocar a los faraones. PEPI II falleció en el año 2182 a.C., y el pueblo careció momentáneamente de faraón hasta ser ocupado el trono por NITOCRIS, faraón que solo reinó durante 3 años. A partir de aquí Egipto empezó a desmembrarse, cayendo en un fraccionamiento feudal, y los faraones, ahora príncipes feudales, se llamaban ellos mismos NEFERKARES. En principio fueron diez, y se les conocía también por los “DIEZ HOMBRES”. El faraón Senhotep fue uno de los usurpadores del trono de Memphis, que estaba en poder de uno de los “Neferkares”, y tanto les odiaba que jamás hubiera consentido en llamarse como ellos. Al convertirme en Ipuwer, como sabio al servicio de Senhotep, y comprobar el año en que me encontraba, pude darme cuenta de que mi inmortalidad no era continuada, sino que entre el paso de un cuerpo a otro, podían mediar algunos años, dependiendo de la rapidez o sutileza con que los seres azules trasplantaban mi alma. Hasta que no encontraban el cuerpo adecuado, no transferían mi mente, dejándola en suspenso. Sin embargo, yo nunca era consciente de ello. Al pronto de abandonar un cuerpo, y tras experimentar los inevitables espasmos que ya he relatado, sin transcurrir apenas unos segundos, me encontraba ya ocupando la mente de un nuevo ser humano.

Había relatado de cómo la esposa de Senhotep I, llamada Ankhenses, estaba encaprichada conmigo desde el momento en que reparó en mí. Daba la casualidad de que, aunque el verdadero Ipuwer estuvo mucho tiempo al servicio de Senhotep antes de que yo me transformara en él, había pasado totalmente inadvertido para Ankhenses, y ahora yo, ante mi aparición como tal, quizá no tuve su misma suerte. Porque la esposa del faraón significaba un constante peligro, siendo acosado por ella en cada momento que tuviese ocasión. Por desgracia, tenía que ceder a sus caprichos, pues de lo contrario el resultado podría ser peor. La cólera de Ankhenses al sentirse despechada sería igualmente terrible o peor que ser sorprendido o delatados nuestros encuentros por el faraón. De una manera u otra acabaría decapitado, y aunque mi inmortalidad estuviese teóricamente asegurada, ya no podría sacar provecho ni de la sabiduría del verdadero Ipuwer ni, casi con toda seguridad, de todo lo acaecido en los años inmediatamente posteriores. Tuve que convivir en el palacio del faraón, siendo su más fiel servidor, y al mismo tiempo servir a la vez de juguete de feria a su intrigante esposa. Pero Senhotep estaba ciego, incapaz de ver más allá de sí mismo, obsesionado con un vulgar al fin y al cabo sarcófago, el de su amada Ankhensespepi. De todas formas, el faraón tenía, por otra parte, un extremado interés en combatir contra las ciudades vecinas. Existían faraones que deseaban la paz, sintiéndose cómodos con sus posesiones, pero Senhotep era, a la par que más ambicioso que ninguno, terriblemente cruel y despiadado. Desde el primer momento en que fui consultado como sabio de Memphis por el faraón, no dudé en manifestarle que obteniendo la plaza de Tebas conseguiría hacerse con suma facilidad con el control del imperio. Esta ciudad estaba ampliamente dominada por mercaderes y comerciantes, extendiendo éstos desde allí todas sus redes hacia las demás ciudades, ya fuesen más o menos importantes. Senhotep debía tener en cuenta que con el apoyo de estas capas sociales, ya fuese político o económico, el imperio podría rendirse a sus pies. Yo, rey de los acadios que había sido, y ahora unida a mis conocimientos como soberano la sabiduría de Ipuwer, me había convertido tal vez en el mejor estratega existente en la tierra, algo que Senhotep ni siquiera podía sospechar, y entonces aún poseía en mis entrañas una ambición, sino desmedida, si propia de un monarca de aquellos tiempos. Nunca fui un tirano, pero sí ardían en mis entrañas tanto los deseos de lucha como salvaguardar mis intereses y obtener todo el poder que fuese posible. Y al mismo tiempo, odiaba la situación que estaba viviendo el imperio. Era algo que había heredado del alma de Ipuwer. Ahora yo era él mismo, y mientras Senhotep solo quería adueñarse de algunos territorios, para extender aún más su crueldad y tiranía, mi intención era conquistar todo el imperio y mantener así el estado anterior, donde no existían los desmanes actuales; los almacenes de cereales estaban llenos, a rebosar; no existía el caos que ahora reinaba; las pirámides estaban intactas y sin sus múltiples saqueos, que ahora imperaban. Aún así, esta vez no sería para mí el poder, pero como sabio del imperio y brazo derecho del faraón, podrían estar aseguradas al menos mis necesidades, y siempre habría tiempo de hacer comprender a Senhotep la importancia del reestablecimiento del imperio en su anterior estado.

En Tebas, reinaba NEFERKARE NEBY, uno de los siete príncipes que aún quedaban. Los otros tres habían sido derrocados paulatinamente por oportunistas como Senhotep. Además, el imperio continuaba desmembrándose y eran ya más de 15 los faraones que reinaban simultáneamente. Necesitábamos un poderoso ejército para combatir a los “Neferkares”, y en el momento actual eso era poco menos que imposible. El ejército de Senhotep, aunque nada despreciable, era insuficiente para acometer el más mínimo asedio ni siquiera a la ciudad vecina, Heliópolis. Tampoco a Saqqara, que en aquel momento se encontraba sumida casi en el caos. La ciudad estaba sin cabeza e inmersa en una lucha interna por el poder. Pero si alguien osaba retarles, sus habitantes tenían una capacidad envidiable para reagruparse y hacer frente a cualquier conato de conquista. La solución estaba en formar un poderoso ejército NUBIO. Los nubios habían llegado desde África, emigrando hacia zonas cultivables, como eran las tierras de Egipto. El cambio climático en sus tierras de origen había propiciado este hecho y llegando en son de paz, entraron a formar parte de Egipto como mano de obra. Ahora se encontraban desperdigados por el también fragmentado imperio, pero yo sabía como reunirlos y ofrecerles el poder, asentando sus dominios en Tebas mediante coalición con Senhotep...


III. YO, SHARKALI-SHARRI, VIAJERO INMORTAL, ESCRIBO:
Renací de nuevo en Egipto, bajo la VII Dinastía. De repente, tras desaparecer de mi vista el interior de la nave de los extraños seres que me levitaron, mi cuerpo fue invadido de una serie de espasmos eléctricos, imposibles de explicar, a pesar de las innumerables veces que he podido experimentar esta situación, cada instante en que llegaba la hora de abandonar un cuerpo, pasando a otro y absorbiendo toda su memoria, su yo interno, filtrándose con el mío, dando lugar a un nuevo ser plagado de mayor sabiduría, y por lo tanto, dotado de mayor ventaja en este mundo terrenal sobre el resto de los mortales. Mi cabeza era pronta a estallar, y no podía hacer otra cosa que enrollar mi cuerpo como una lombriz, totalmente encogido, esperando a que aquella tormenta en mi cerebro desapareciese. Aunque con los ojos cerrados, podía ver como todo viajaba a mi alrededor, mutando de forma constante el paisaje, demasiado abstracto para poder comprender o detallar, solo ínfimamente comparable a las autopistas de hoy en día, en plena noche, pero recorridas a una velocidad insuperable con los medios actuales. Probablemente solo transcurrían algunos segundos, pero parecía interminable, como mi propia inmortalidad.
En el momento que el viaje se detenía, un torrente de información llegaba a mi cerebro, saturándolo, mezclándola con mis recuerdos, mi vida anterior, y desde ese mismo instante, antes de levantarme y tomar conciencia de donde me hallaba, tenía pleno conocimiento del nuevo cuerpo del que ya era dueño.
En el momento de mi primera experiencia transmutadora del cuerpo, supe que me llamaba Ipuwer, sabio egipcio y consejero del faraón de Memphis. Jamás había llegado a tener contacto con los egipcios durante mi reinado con los acadios. Hubo intercambios comerciales a través de mis súbditos, cierto es, pero viví en paz con respecto a ellos. No podría decir lo mismo de los sumerios, siempre intentando consumar su venganza, que lograron a través de los “Guti”. No en vano, nosotros fuimos sus invasores, y nunca asumieron su derrota.
Comprendí que me encontraba en mis aposentos, rodeado de papiros, cientos de papiros. Todos eran míos, y en ellos relataba los desastres últimamente acaecidos, con Egipto lleno de lamentos, los habitantes entregados a la desesperación, el alimento escaso, y el poco que quedaba era continuamente pasto de ladrones y sabandijas. La situación no podía ser más alarmante. Hacía poco que PEPI II, último faraón de la VI Dinastía había fallecido, y después de NITOCRIS, un faraón de transición, el imperio se desmembró en pequeños reinos, multiplicándose los faraones en una misma dinastía, la VII. Yo, Ipuwer, estaba al servicio del Faraón de Memphis, Senhotep I. Nadie conoce su existencia en la actualidad, porque su reinado, a la par que efímero, nunca fue digno de recuerdo. Los papiros que durante mucho tiempo conservé sobre Senhotep me fueron arrebatados y quemados a su muerte, y aunque hubiese podido conservarlos, al dejar su cuerpo tampoco habría podido hacer nada por recuperarlos. Son muchas posesiones las que dejé en el camino a través de mis sucesivos cuerpos, y salvo excepciones, jamás pude recuperarlas. Ahora, en el presente, cuando corre el año 2004 después del nacimiento de Jesucristo, suceso por cierto totalmente erróneo, puesto que Jesús ya había nacido en el año 0 de esta era, poseo un castillo oculto a los ojos del mundo, en un lugar que tuve tiempo de haber rebuscado, e imposible de hallar. Desde aquí escribo mi historia, solo, alejado de todo y de todos, oculto tras este mundo cada vez más podrido y más desamparado, aunque sé que se acerca el fin de esta era, algo que muchos ni siquiera se molestan en intentar reconocer, a pesar de tener casi los mismos conocimientos que yo. Temen el caos, el desorden mundial, cuando en realidad, este ya existe desde tiempos ha.
Pero mi castillo está cuidado. Los extraterrestres se encargan de ello, de que no me falte de nada. Siempre que vuelvo a él, paso largas temporadas sin tener que molestarme en reparar en cosas fundamentales, como por ejemplo la comida. Pero eso no es todo. Dispongo de los últimos avances tecnológicos, algunos de ellos yo me encargué de lanzarlos al mundo, camuflados bajo la patente de investigadores inexistentes. Con esa medida, los seres azules tratan de nivelar el atraso evidente de unas zonas del mundo con otras, algo que saben es totalmente imposible. Y si alguna vez he intentado deslizar algún avance en la ciencia médica, he sido disuadido y obligado a detener el proceso, salvo que se tratase de alguna vacuna o medicamento logrado a través de sustancias terrenales. Nada que pudiera hacer sospechar en circunstancias sobrenaturales. Todo lo contrario que ocurre con el material tecnológico utilizado para la medicina, como el que se pueda encontrar en un quirófano. Y me lamento, porque soy consciente de que muchas enfermedades desaparecerían con solo un chasquido, siendo incluso probable que el ser humano tuviese al menos grandes esperanzas de vida superior a los 120 años, y que en el tercer mundo los habitantes disfrutaran de una mayor calidad de vida, al ser atajadas prácticamente la totalidad de las enfermedades que les azotan con mucha más intensidad que a los países más avanzados.
Pero regresemos a la historia. Senhotep I era un faraón despiadado, cruel con su pueblo y un ser totalmente depravado. Aunque a su servicio, cosa que yo despreciaba, pero sin posibilidad alguna de paliar la situación, a menudo trataba de frenar los desmanes de Senhotep, incluso a pesar de jugarme el cuello en múltiples ocasiones. Aún no tenía plena conciencia de la inmortalidad que había adquirido, algo que fui comprendiendo con el paso del tiempo. Sí sabía que había renacido de nuevo, que ocupaba el cuerpo de un extraño, pero en aquel momento desconocía si esto solo había sido accidentalmente por una única vez, o iba a ser siempre una constante. De todas formas, algo me decía que debía conservar aquel cuerpo cuánto me fuera posible, tener conocimiento pleno de aquel tiempo, intentando no perder detalle alguno. Recuerdo una época parecida a ésta, durante la reconquista en la península ibérica. Los árabes, tras su asentamiento en la zona, y tres siglos bajo un único poder, se desmembraron dando lugar así a los reinos de Taifas. En Egipto, durante esta dinastía ocurrió exactamente lo mismo, donde los tiranos de cada ciudad pugnaban por derrotarse entre sí, dando lugar a incontables guerras civiles. Fueron saqueadas la mayor parte de las tumbas de las pirámides de las primeras dinastías, algunas de ellas quedando totalmente destruidas, una de ellas incluso superior en tamaño a las de KEOPS, KEFREN y MICERINOS, de dinastías posteriores.
Senhotep tenía esposa, la reina ANKHENSES. En realidad no era su verdadero nombre, pero Senhotep se lo dio en honor a una reina anterior, esposa de los faraones de la VI Dinastía, la reina Ankhensespepi. Senhotep adoraba su sarcófago, al que mantenía siempre vigilado, libre del posible hurto de ladrones o saqueadores. Era niño cuando conoció a Ankhensespepi, y desde entonces siempre se había sentido fascinado por ella. Ankhenses solo era un muchacha plebeya, pero dado su gran parecido físico con su idolatrada, decidió convertirla en su esposa, pasando a formar parte de la estirpe de los faraones, aunque ahora estuviesen devaluados en esta dinastía, repleta de reinantes simultáneos. El significado de su nombre era “Ella vive”, algo que satisfacía al faraón Senhotep, como si esperase que ella viviese eternamente, y fuese la encarnación de Ankhensespepi. Cuando Senhotep hacía hincapié en ello, yo no podía dejar de sonreír socarronamente, al saber que tal vez la inmortalidad estaba en mi mano, pero de ninguna de las maneras en la reina.
Dado que como sabio del reino, además de ello estaba al servicio de Senhotep, me encontraba estrechamente ligado al palacio de los faraones. Quiso la fatalidad que, al salir de mis aposentos al producirse la transmutación, recorriendo el palacio, tropezase con la reina. Debo reconocer que Ankhenses era realmente bella, pero en ningún momento me sentí atraído por su hermosura. No ocurrió lo mismo con la propia reina, que desde aquel instante no dejaría de sentirse atraída hacia mí, algo que no haría sino peligrar aún más mi cabeza, debiendo constantemente evitar su acoso, y no hacer entrar en sospechas infundadas al faraón.
Senhotep confiaba plenamente en mí, y por ello habitualmente me pedía consejo sobre como intentar una conquista sobre cualquier reyezuelo vecino, algún faraón dueño de una pequeña ciudad cercana. Pero yo había sido rey, dueño de un imperio en aquel momento superior al suyo, cierto es que tan solo una ciudad, Memphis, aunque eso sí, poderosa. Y no tuve dudas al respecto de que si quería ser el dueño único del imperio egipcio, debía centrar toda su atención hacía la ciudad a mi juicio más importante en aquel momento, la ciudad de TEBAS…


© FRANCISCO ARSIS CAEROLS

RESEÑA AUTOBIOGRÁFICA

En 1998 logró ser finalista en el VI Certamen Literario de poemas y relatos breves “Milagros García Blanco”, organizado por “Libros Diez” en la propia ciudad de Almansa, con el relato “Claro de Luna”, lo que definitivamente le animó a seguir escribiendo con asiduidad.
Ha publicado sus relatos en prensa y medios digitales, con gran éxito de público.

Posee una página en Internet titulada “La web personal de Francisco Arsis”, donde se puede encontrar una gran parte de sus trabajos, cuya dirección es http://www.galeón.com/franciscoarsis. También un blog, “A solas con mi cuaderno”, en el portal de ya.com, con cerca de un año y medio de antigüedad, y con la siguiente dirección:
http://blogs.ya.com/asolasconmicuaderno

Con la reciente publicación de su libro “Aventura en el pasado” (Editorial Slovento – 2006, 588 pág.), novela de corte histórico y fantástico, este autor inicia así su incursión en un género que siempre le resultó especialmente atractivo y que por fin ha decidido abordar. En estos momentos se halla en proceso de creación de una nueva novela, que espera salga a la luz el próximo año 2007.