Dios escribe recto sobre renglones torcidos.


María llevaba días sin apenas “pegar un ojo”. No podía dormir, la desesperación, la angustia, podía más que el sueño o el cansancio.

—Lo siento señora, pero nosotros no disponemos de mejores medios para tratar la enfermedad de su hija. Créame que lo siento de corazón… pero con los “recortes”

en sanidad, apenas podemos recetar aspirinas… vuelva a insistir en la inspección, al Ministerio… no sé, acuda a los medios… alguien le podrá ayudar.

Estas fueron las últimas palabras del médico que había estado atendiendo a Margarita, su pequeña hija de apenas 9 años, y que a María no dejaba de resonarle en su

cabeza, como un martillo que golpea sin cesar, como el aporrear a una puerta que no se abre.

Margarita era una niña alegre y, aunque su delicada salud, le impedía poder realizar todas las actividades como el resto de sus amigas, ella siempre se mostraba

dispuesta y complaciente, haciendo que casi nadie notase su dificultad para llevar una vida con normalidad.

Cuando apenas tenía 18 meses de edad, sus padres ya empezaron a sospechar que algo no iba bien, pues Margarita no era capaz de caminar por sí sola, como es normal

a esa edad en los niños. Dos años después, el diagnóstico realizado mediante estudio genético, confirmaba los temores sobre la enfermedad de Margarita: padecía el

“Síndrome de Prader Willi”.

Los años fueron pasando y, con ellos, diversos problemas se iban añadiendo y aquejando a Margarita como consecuencia de su padecimiento. Hacía apenas un año que

también se le diagnosticó una escoliosis, un problema adicional considerado como algo habitual en los niños que padecen su enfermedad.

Los padres de Margarita se volcaron en conocer a fondo todo lo concerniente a la rara enfermedad de su hija, pues aunque ésta estaba identificada entre las más de

7.000 enfermedades raras, apenas están incluidas poco más de 1.000 en la Clasificación Internacional de Enfermedades Raras, por lo que la información al respecto no

era toda la deseada. Sabían que una gran parte de dicha enfermedad era de origen genético y que mayoritariamente afectaba a niños pero, lo más preocupante, es que se

trataba de una grave enfermedad crónica, que provocaría una pérdida importante de autonomía, que iría afectando paulatinamente a diversas funciones y órganos, lo

que requeriría de diversas intervenciones de carácter multidisciplinar y, sobre todo: conllevaba una alta mortalidad.

Para completar el panorama, la falta de expertos y centros de referencia para tratar la enfermedad de Margarita, hacía que el tratamiento adecuado se hallase fuera del

alcance de sus padres o, cuando menos, suponía un gran esfuerzo por parte de éstos.

Esta situación provocaba que Pedro, el padre de Margarita, tuviese que buscar ayuda allí donde pudiese encontrarla, lo que le obligó a tener que desplazarse

habitualmente desde su lugar de residencia, en un pequeño pueblecito de la Sierra, a las grandes ciudades, donde existían mayores posibilidades de conseguir esa

ayuda vital para su hija.

Fue en uno de esos viajes cuando ocurrió la tragedia. Pedro había leído que en la capital, había un equipo de doctores que estaban consiguiendo grandes resultados en

el tratamiento de la enfermedad de su hija en otros niños; así que decidió ir en busca de dichos doctores, con la esperanza de que pudieran atender a su hija, pues el

tratamiento era muy caro y la Seguridad Social no cubría todos los gastos.

Apenas había salido de su casa cuando, al cruzar la carretera general que conduce a la estación del tren, desde donde Pedro se iba a desplazar hasta la capital, un

vehículo que marchaba a gran velocidad lo atropelló, causándole la muerte casi instantáneamente. Las últimas palabras de Pedro fueron para su hija Margarita. Decía

una y otra vez que, lo que más sentía, no era su propia muerte, sino el hecho de que ya no podría ayudar a su hija; que sin él, nadie iba a hacer nada para curarla o

ayudarla a llevar una mejor calidad de vida.

No pudo decir más… su voz se apagó para siempre cuando la ambulancia que lo recogió de la calzada lo trasladaba hacia el hospital. Sus ojos ya no volverían a ver

jamás a su querida hija Margarita.

El conductor del automóvil que lo atropelló se dio a la fuga. Apenas fue visto por nadie pues, en la oscuridad de la noche, escasamente se pudo visualizar por completo

el modelo y las tres primeras letras y números de la matrícula del vehículo. Sólo se contaba con la descripción que había dado un testigo que escuchó el golpe y el

posterior frenazo, sin que el vehículo llegase a parar por completo, retomando su marcha velozmente.

Ahora María se encontraba sola. Ni siquiera tenía a Pedro a su lado. No sabía de dónde iba a sacar las fuerzas necesarias para seguir adelante, pero sabía que si no lo

hacía ella, nadie iba a ayudar a su hija.

No se lo pensó dos veces, se incorporó y, con gesto resolutivo,  decidió que haría todo lo imposible para conseguir la ayuda que urgentemente necesitaba Margarita.

Acudió a la consulta de una doctora especialista en la enfermedad de su hija y le suplicó que hiciese todo lo que estuviese en sus manos, pues aunque no disponía de

medios económicos para sufragar el costoso tratamiento, iba a conseguirlo de alguna manera, aunque para ello tuviera que hipotecar o vender su casa, pues lo único

que ahora le importaba en el mundo era precisamente la vida de su hija.

La doctora asintió a dar el tratamiento a Margarita, advirtiéndole a María que no le podría garantizar una absoluta recuperación, además de que en dicho tratamiento,

estaban incluidos los servicios de un afamado hospital y que el coste de dichos servicios hospitalarios deberían ser costeados y atendidos puntualmente, ya que ella no

tenía atribuciones en dicho hospital para modificar las condiciones de atención a los pacientes y de no ser así, el hospital no se haría cargo del tratamiento y la estancia

de la niña.

—No se preocupe Dra. —aseveró María— yo le prometo que cumpliré escrupulosamente con todos los gastos; sólo le pido que empiece ya a tratar a Margarita, pues

su estado se ha agravado y si no es atendida rápidamente, se producirá el fatal desenlace en poco tiempo.

—Bien, ahora mismo me pongo en contacto con el hospital para que procedan a realizar el traslado. Siento parecerle un tanto insensible, pero créame que yo estoy tan

interesada como Ud. en que Margarita se cure o cuando menos obtenga una mejor calidad de vida. Pero como Ud. sabe, los hospitales privados no dejan de ser un

negocio, y en ese sentido, los médicos poco podemos hacer, a parte de entregarnos en cuerpo y alma al paciente.

—Lo sé Dra. García, lo sé. Por eso le he dicho, le juro, que pagaré hasta el último céntimo del tratamiento de mi hija, pero por Dios, no la dejen de tratar por falta de

medios económicos.

La Dra. García había pasado por esa situación en infinidad de ocasiones, pero nunca como hasta ahora, las palabras de aquella madre desesperada le habían llegado tan

hondo, le había arañado el alma. Se abrazaron, sin que pudiesen evitar derramar algunas gotas de lágrimas que ayudaron a rebajar la tensión acumulada.

Mientras la Dra. García se entregaba de lleno al traslado de Margarita, María, se dispuso a realizar la primera de las acciones que había decidido llevar a cabo para

conseguir el dinero necesario. A tal fin, acudió al banco de siempre, donde tenía los pocos ahorros que aún le quedaban y que fueron mermando desde que falleció su

esposo.

—Vengo a ver al director, al Sr. Rato…—indicó María a la Srta. que se encontraba atendiendo al público en la ventanilla.

—En estos momentos está con una visita… si quiere esperarse, en cuanto termine le digo que lo desea ver… ¿de parte de quién le digo, por favor…?

—María, María González, gracias.

—Bien Sra. González, tome asiento, ya le avisaré cuando el Sr. Rato le pueda atender.

María esperó pacientemente sentada en la butaca del hall del banco, mientras hacía cábalas pensando en cómo podría conseguir el dinero necesario. Después de

esperar más de cuarenta minutos, por fin el Director salió a recibir a María.

—Buenos días Sra. González… pase a mi despacho y tome asiento…

—Muchas gracias Sr. Rato…

—Pues Ud. dirá Sra. González, ¿en qué le puedo servir…?

María empezó a explicarle al Director toda la problemática  existente con la enfermedad de Margarita; la falta de medios y la dificultad en conseguir el tratamiento

adecuado, sobre todo si se carece de medios económicos.

—Y por ese motivo he venido Sr. Rato, para conseguir el dinero que necesito para poder darle a mi hija el tratamiento que precisa.

—Ya veo… —apuntilló el Director, mientras mostraba una cara de fingida preocupación— Déjeme ver cómo está su cuenta con nosotros…

El Director entró en el terminal informático y comprobó el estado de la cuenta de María.

—Veo que últimamente ha ido retirando cantidades de dinero superiores al ingreso que tiene por la pensión de viudedad… el mes pasado retiró más de la mitad de sus

ahorros, podríamos decir que ahora sólo tiene la pensión de viudedad como ingreso fijo, y por lo que parece, además, es insuficiente para cubrir sus gastos

mensuales…

—Es que como le dije, mi hija cada vez está peor, y he tenido que costear un nuevo tratamiento, por eso he tenido que hacer uso de los ahorros. Pero me puede

conceder un crédito… ¿verdad Sr. Rato…?

—Me temo que la Dirección General no me lo va a aprobar con estas condiciones…

—¡Pero se trata de la vida de mi hija! No me pueden negar el crédito… Tomen mi casa como garantía… mi pensión, lo que sea… pero por el amor de Dios, no me

nieguen la posibilidad de curar o darle una mejor calidad de vida a mi hija.

—Está bien… veré lo que puedo hacer… acaba de salir una nueva modalidad en la que el banco le pagaría una pensión vitalicia a cambio de su casa…

—Pero yo necesito ahora unos 180.000 euros… es el importe estimado al que asciende el tratamiento…

—¡Uff! Qué difícil lo veo así… sí se aprueba, tardarán aproximadamente un mes, y para empezar habrá que hacer una valoración de su vivienda y seguramente vamos a

necesitar algún aval adicional. Necesito las escrituras de la casa, tráigamelas lo antes posible y enviaremos a los peritos para que hagan un informe sobre el valor de su

casa.

—¡Pero lo necesito ya, se trata de la vida de mi hija…!

—Sra. González, créame que yo no puedo hacer más… tráigame las escrituras y así ganaremos tiempo.

María se marchó de la oficina del Director totalmente compungida, pero no se podía permitir rendirse, así que tomó aire y, decidida, se dirigió a su domicilio, en busca

de las escrituras y la documentación que el director del banco le había solicitado.

Empezó a buscar entre los cajones de la cómoda de su habitación. Pedro siempre había dejado allí los documentos más importantes y, desde que falleció, no había

vuelto a mirar, por lo que desconocía todo lo que allí se guardaba.

María había visto como Pedro en alguna ocasión guardaba los papeles en una carpeta azul. Él siempre decía que los documentos oficiales estaban archivados en la

carpeta azul. Así que fue directamente a por dicha carpeta.

Apartó las gomas que cerraban las solapas de la carpeta y la abrió tan rápido como le fue posible pero, debido a la angustiosa impaciencia que le afectaba, no se

percató que se había caído un sobre de la carpeta al suelo.

Rebuscó entre todos los documentos que había en la carpeta, hasta que por fin encontró las escrituras de la casa.

—¡Por fin…! ya tengo una cosa… —se dijo para sí.

Cerró de nuevo la carpeta y fue a depositarla en el fondo del cajón, de donde la había extraído. Ya iba a cerrar el cajón cuando se da cuenta de que en el suelo hay un

sobre que antes no estaba. María tomó el sobre y leyó lo que allí decía: se trataba de un sobre del hospital donde hasta ahora había estado ingresada Margarita en

varias ocasiones.

—¿Qué raro… para qué habrá guardado aquí un sobre del hospital de Margarita…? —Se preguntó así misma María.

Creyendo que se trataba de algún informe más de los que el hospital donde había estado ingresada Margarita había entregado a Pedro, María hizo el ademán de

guardarlo de nuevo dentro de la carpeta, pero cuando ya iba a separar de nuevo las gomas de la solapa, algo le hizo cambiar de idea, y abrió el sobre para conocer su

contenido.

María vio que el membrete del hospital era el mismo en el que había estado Margarita pero, sorprendentemente, el nombre que aparecía… ¡era el de Pedro!

¿Qué estaba pasando… qué había ocurrido, por qué Pedro nunca le habló de ese informe…?

Siguió leyendo… y tras leer la fecha inicial del informe, su rostro cambió por completo el semblante.

“…Exploraciones practicadas a D. Pedro Gómez del Amo en fechas 21, 22 y 23 de mayo y 23 de junio del presente año en un hospital de Austria.

Impresión diagnóstica de la tomografía computarizada del cráneo. 

Se objetiva la existencia de un proceso expansivo afectando el hemisferio izquierdo. Teniendo en cuenta la imagen objetivada y que clásicamente se define como

metástasis cerebral, el primer diagnóstico es de Gliobastoma multiforme.

Dado el tamaño del tumor y el crecimiento del mismo, ante la inviabilidad de la extirpación en la situación actual, deberá comprobarse y confirmarse la realidad de

todas estas imágenes para valorar otras acciones a realizar.

Fdo.: Dr. J.C. Fernández”

A pesar de que su esposo ya hacía unos meses que había fallecido, para María esta nueva noticia supuso un duro golpe. ¿Por qué no le dijo nada de lo que le estaba

afectando? Siempre se habían dicho la verdad pero, en esta ocasión, Pedro ocultó su terrible enfermedad a su esposa y a su hija.

María necesitaba alguna explicación, así que llamó al teléfono que aparecía en el informe.

—¿Sí, Diga…?

—¿Dr. Fernández…?

—Sí, soy yo mismo, qué desea…

—Verá… soy la esposa de un paciente suyo: Pedro Gómez, mi esposo murió hace ya cuatro meses… y quería saber lo que tenía…

—Lo siento mucho Sra., pero en estos momentos no recuerdo ese nombre y, además, esa información no se la puedo facilitar por teléfono, ni siquiera sé si Ud. es su

esposa.

—Sí, sí, le comprendo… pero tengo un informe redactado por Ud. y necesito saber por qué mi esposo no me dijo nada de su enfermedad… aunque paradójicamente no

murió de dicha enfermedad, sino que fue atropellado… por eso necesito saber que tenía…

—Bueno, miraré a ver qué puedo hacer… traiga ese informe y algún documento que demuestre que Ud. era su esposa.

—Muchas gracias Dr. ¿a qué hora puedo ir a verle…?

—Venga mañana a las diez, mi secretaria ya me habrá entregado el historial.

—Muchas gracias, hasta mañana.

María volvió a abrir la carpeta azul para coger el libro de familia, ya que era el documento que, junto al de identidad, le serviría de prueba identificativa, volviendo a

guardar la carpeta en el cajón de la cómoda.

Al día siguiente y a la hora indicada,  María se presentaba ante el despacho del Dr. Fernández.

—Buenos días Dr. Fernández, soy María González, la esposa de Pedro Gómez…

—Ah bien, buenos días Sra. González… pase y siéntese, la estaba esperando… ¿Supongo que ha traído algún documento que demuestre que Ud. era su esposa…?

—Sí, aquí tiene, el libro de familia y mi D.N.I., como puede comprobar soy su esposa.

—Bien, gracias. Siento haber tenido que pedirle que se identifique, pero como Ud. sabrá, esto es una información confidencial que sólo puede conocer el paciente y

en este caso Ud. como su familiar más allegado.

El Dr. Fernández tomó el historial de Pedro que se encontraba sobre la mesa y tras abrir la carpeta donde se encontraban las radiografías, cogió la mayor de ellas y se

la mostró a María.

—¿Ve esta mancha blanca en el cráneo…?

—Sí, sí… es casi como una pelota de golf…

—Exacto… es un tumor maligno, un cáncer cerebral de muy mal pronóstico… Es muy posible que si hubiese seguido creciendo a la velocidad que lo hacía, ahora

mismo su esposo ya hubiese muerto. Precisamente debido al tamaño y a la situación dentro del cerebro, su extirpación era tan peligrosa, que no podíamos asegurarle

más de 50% de éxito, es decir, era a cara o cruz, y nos arriesgábamos a que, en el caso de salir con vida de la operación, algunas de sus funciones pudieran quedar

afectadas. Este caso lo comentamos con el neurocirujano y todos estábamos de acuerdo en el gran riesgo que se corría, pero su esposo nos dijo que ahora, lo que más

le interesaba era conseguir la ayuda que su hija necesita para su costoso tratamiento y que no se podía arriesgar a morir o quedarse sin posibilidad de ayudar a su hija.

Nos pidió encarecidamente que no le dijéramos nada a Ud. dada la situación por la que estaban pasando, y a fin de evitarle más sufrimiento del necesario. Créame que

lo siento mucho Sra. González, nosotros hubiéramos hecho todo lo imposible si hubiese habido una mínima seguridad de éxito… pero su esposo no quería arriesgar el

futuro de su hija. Su vida era lo que menos le importaba, esas fueron sus palabras.

María agradeció al Dr. Fernández su delicadeza y amabilidad al atenderla y se marchó con los ojos humedecidos por las lágrimas que, una vez más, derramaría por el

hombre que más amó en su vida.

De regreso a su casa, reflexionó sobre todo lo acontecido, y se prometió a sí misma que iba a conseguir el dinero que necesitaba para el tratamiento de su hija costase

lo que costase. Ahora tenía más fuerza y motivos si cabe, para luchar por lo que su esposo tanto había luchado.

Cuando llegó al banco, algo le llamó su atención… parecía que había sucedido algo anormal, se notaba el nerviosismo en los empleados…

—Buenos días Srta. Vengo a ver al Director Sr. Rato…

La Srta. que le había atendido el día anterior, ahora no sabía cómo decirle que el Sr. Rato no la iba a poder atender… posiblemente en mucho tiempo.

—Verá Sra. González… el Sr. Rato ha tenido que ausentarse urgentemente y no sabemos cuándo regresará…

—Pero es que para mí es muy urgente hablar con él o con quien me pueda atender… ¿no hay nadie más que me pueda atender ahora?

—En estos momentos no, Sra. González, pero le avisaré por teléfono en cuanto venga alguien que pueda atenderla.

María frunció el cejo… parecía que todo le estaba saliendo mal, pero ella no estaba dispuesta a rendirse. Así que a la vez que se despedía con un “espero su llamada

Srta.” su mente ya estaba mirando de encontrar otras soluciones.

Lo que la señorita del banco no le dijo a María, es que el director Sr. Rato, había sido detenido hacía escasamente una hora por la Guardia Civil, sin conocer el motivo

de su detención.

Ahora María acababa de llegar a su casa, y aún no había dejado los documentos en la carpeta, cuando suena el timbre del teléfono.

—¿La Sra. María González…?

—Sí, soy yo, ¿quién es Ud.?

—Soy el teniente Ramírez de la Guardia Civil… le llamamos para informarle de que hemos localizado y detenido al conductor que atropelló a su esposo y se dio a la

fuga… ya sé que esto no va a reparar el daño, pero queríamos que lo supiera. Si quiere pasar por la Comandancia, tendré mucho gusto en ampliarle toda la

información.

—¡Muchas gracias teniente, de corazón, muchas gracias…!

Después de aquella conversación con el teniente de la policía, María sintió por primera vez en mucho tiempo que había una justicia divina… que nada escapa a la

justicia de Dios. Pero las sorpresas no habían hecho más que empezar.

Apenas pasaron diez minutos cuando vuelve a sonar el timbre del teléfono, esta vez era la secretaria del director del banco.

—¿Sra. Gonzalez…?

—Sí ¿dígame…?

—Soy Pilar, la secretaria del director del banco… que le dije que le llamaría en cuanto tuviésemos a alguien que la pudiese atender…  y si le va bien mañana al medio

día, le reservamos la hora.

—Sí, sí, gracias… mañana estaré en el banco a las doce en punto, ya tengo toda la documentación que me pidió el director.

María colgó el auricular del teléfono con cierto aire de esperanza, parecía que por fin se empezaba a vislumbrar la luz del túnel. Al día siguiente, después de ir a

informarse con el teniente de la Guardia Civil, podría pasar por el banco para gestionar el crédito.

Aquella mañana María se levantó con más fuerzas que nunca, se sentía dinámica, animosa, llena de confianza en sí misma. Y su intuición no la iba a traicionar.

Nada más llegar a la Comandancia de la Guardia Civil, salió a recibirla el teniente Ramírez.

—Buenos días Sra. González… pase y tome asiento, por favor…

—Buenos días teniente Ramírez, gracias, es Ud. muy amable…

—Pues verá… Sra. González, no sé cómo decírselo, pero el conductor que atropelló a su esposo y se dio a la fuga es alguien que conoce… y él los conoce a ustedes…

María se intranquilizaba por momentos…

—Bien… ¿y quién es?

—Es el director del banco, el Sr. Rato…

—¡Qué dice!, ¡por Dios!, ¡ese hombre lo ha sabido todo el tiempo… ha visto nuestras penurias, de las que él es el máximo responsable y no ha sido capaz de asumir su

responsabilidad!, ¡que Dios lo perdone, porque yo no puedo…!

—Por eso hemos querido decírselo a Ud. en persona, no sabíamos cómo iba a responder… Ahora ya está en prisión sin fianza; y le aseguro que va a pagar por todo lo

que ha hecho…

—Muchas gracias teniente, sé que ya no se va a remediar nada, pero por lo menos sé que hay justicia divina, sólo espero que ahora también hagan justicia los

hombres…

María se marchó de la Comandancia de la Guardia Civil con calma, pero a la vez cargada de razones para exigir al banco un trato justo…

Cuando llegó al banco a la hora convenida, la secretaria ya estaba preparada para recibirla, parecía que sabían algo que, hasta entonces, nadie hubiese imaginado

jamás.

—Buenos días Sra. González, pase, el nuevo director le está esperando…

No hubo acabado la frase la secretaria, cuando el nuevo director sale de su despacho y se dirige directamente a María.

—Buenos días Sra. González, me llamo Javier Alonso, soy el nuevo director, pase y tome asiento, por favor…

—Sí, ya veo que se han dado prisa… —María no pudo acabar de decir la frase.

—Sí, Sra. González, nosotros estamos tan indignados como Ud. y aunque no sirva de mucho, le rogamos que acepte nuestras más sinceras disculpas. Como

comprenderá, aunque el culpable de todo lo sucedido ha sido el anterior  director Sr. Rato, la entidad no tiene culpa… pero aun así, la Dirección del banco quiere

ayudar en la medida de lo necesario para que su hija reciba el tratamiento que necesita sin coste alguno por su parte. Su hija podrá recibir el tratamiento que necesita

y… ¡ojalá que se cure!

María ya no aguantó más, la tensión contenida la superó, y echó a llorar compungidamente.

—Sabe una cosa Sr. Alonso… —le dijo María al director entre sollozos—

“Dios escribe recto sobre renglones torcidos”.

 

© 2015 José Luis Giménez

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