Dios y el diablo

 

Estaba Dios y el diablo dialogando entre ellos. Dios le decía al diablo que confiaba en el Hombre, pues le había insuflado una parte de él en lo más profundo de su interior, y por tanto, cuando el Hombre sintiese la necesidad de conversar  o sentir a Dios, sólo tendría que dirigirse a su interior.

El diablo no hacía más que sonreír cada vez que escuchaba a Dios hablar tan benevolentemente del Hombre.

—Te apuesto el alma del Hombre a que consigo que no se acuerde de ti en apenas tres generaciones… —le dijo el diablo a Dios.
—Sabes que no me gusta apostar Satanás, pero aceptaré tu desafío si, a cambio, en el caso de que pierdas, dejas de tentar al Hombre.
—¡Trato hecho! —respondió el diablo, mientras se frotaba las manos.
—Bien, pues que empiece el combate con esta generación… —asintió Dios.

Nada más dar comienzo el reto, el diablo se las ingenió para que los hombres empezasen varias guerras y luchas entre ellos. Los hizo envidiosos, los cegó con la avaricia y los embriagó de egoísmo.

Se introdujo en las principales religiones, para engañar más fácilmente al hombre que buscase a Dios en los templos e iglesias; se alió con los más poderosos y avaros, para manipular a los políticos que deberían dirigir el país y hacerlos totalmente corruptos e insolidarios. Y en definitiva, buscó todas las formas posibles de distraer al Hombre; para lo que ayudó a crear unos aparatos llamados televisión, donde aparecían ciertos individuos carentes de toda moral, enfrascados en discusiones y debates estériles, mostrando mentiras como si fuesen verdades, confundiendo al Hombre para que prefiriese el error a la virtud y, en definitiva, para que la máxima aspiración del Hombre fuese acaparar dinero y poder.

Conforme pasaba el tiempo, el diablo sonreía más y más. Su carcajada de éxito se podía oír en los confines del Universo. A pesar de que aún no habían pasado más que dos de las tres generaciones, ya estaba seguro de su victoria. Sólo le faltaba acabar la última generación, y el alma del Hombre sería suya para toda la Eternidad.

En realidad, parecía que todo estaba a favor del diablo. El Hombre ya no sólo no se acordaba de Dios, sino que se alejaba de todo lo que supusiese bondad, solidaridad, respeto, tolerancia… Se había convertido en una especie de autómata, sin alma ni consciencia…

¡Consciencia… eso es! —se dijo Dios para sí. Haré que el Hombre despierte a su Consciencia…

Y empezó a insuflar el aire divino que despierta las consciencias… uno a uno, Dios fue insuflando ese aliento divino, pero cuanto más intentaba que el Hombre despertase su Consciencia, el diablo más se empeñaba en crear discusiones, en manipular la verdad y en confundir la mente del Hombre. Así que Dios decidió que, para despertar la Consciencia sin que el diablo pueda interceder en la mente humana, necesitaría hacerlo a través del corazón.

Así que fue buscando aquellos corazones que más habían sufrido en la vida, aquellos corazones rotos… aquellos que más sabían de amor, pues un corazón que ha sufrido por amor, sabe mejor que nadie lo que significa y, sobre todo, ha tomado Consciencia, ha despertado a su Consciencia.

Ahora Dios confiaba en el corazón consciente del Hombre, pues sabía que, a pesar de las artimañas del diablo, haciendo sufrir al más noble de los seres humanos, el Hombre sabría que el camino más corto para llegar a Dios no es el más cómodo, sino el más difícil.

Aún no se ha acabado esta tercera generación. Ahora tú puedes formar parte de los que han despertado su Consciencia. Esta es la misión de los que están del lado de Dios.


© 2015 José Luis Giménez

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