El aspirador

 

Había una vez una señora, ama de casa, que tenía un viejo aspirador. Ese aspirador había sido de su madre y le tenía mucho cariño, por eso, cuando el viejo aspirador dejó de funcionar, se lamentó mucho, por no haberse preocupado de su mantenimiento. Ahora tenía que repararlo, pero tampoco quería gastarse mucho dinero en la reparación, pues tal como pensó, al fin de cuentas, era un viejo aspirador. Pero algo dentro de ella le decía que, aunque no lo pudiera usar como cuando era nuevo, sería muy reconfortante seguir teniéndolo con ella, pues era el único recuerdo que le quedaba de su mamá. Así que decidió repararlo. Primero fue al servicio técnico de la marca del aspirador, a fin de que le hicieran un presupuesto de la reparación:
—Señora, —le dijo el técnico— este aparato ya es muy viejo, no tenemos piezas de recambios para este modelo… le saldría más caro la reparación que comprarse un nuevo último modelo.
—Pero es que es un recuerdo de mi mamá… le tengo mucho cariño y quisiera conservarlo como cuando funcionaba bien —insistía la señora.
—Lo siento señora, pero yo no puedo hacer nada más —sentenció el técnico.
—Bien, me lo pensaré, gracias por su atención —se despidió la señora.

Mientras salía del establecimiento, se cruzó con un anciano vecino que reconoció aquél viejo aspirador.
—¡Buenos días Sra. Gertrudis! —exclamó el anciano— ¿A dónde va tan acelerada…?
—¡Hay! Don José, buenos días… fíjese, que llevé este aspirador que era de mi mamá a reparar y me dicen que ya no hay piezas…
—A ver… —solicitó el anciano— Umm… ¡un viejo “ Hoover”! —exclamó— ¿sabe Sra. Gertrudis…? Yo fui vendedor de aspiradoras… y ¡éste era uno de los mejores!, hágame caso y no se desprenda de él, mire… al final de la calle, hay un viejo taller de pequeños electrodomésticos, vaya allí, seguro que se lo podrán reparar.
—¡Hay! Don José, ¡pues muchas gracias! Ahora mismo voy para allá.

La señora fue al taller que le había indicado el anciano, y le contó al amable señor que la atendió cuánto cariño le tenía a aquel aspirador.
—Así que ya ve señor… después de tantos años, es el único recuerdo que me queda de mi mamá… ¿Ud. cree que lo podrá reparar…?
—Bueno señora, no le puedo prometer que le quede como nuevo, porque los años no pasan en balde para nadie… pero si le prometo que lo trataré con mucho cariño…
—¿Y cuánto me va a costar la reparación…?
—Pues ahora mismo no le puedo decir con exactitud, pues tendré que desmontarlo todo para comprobar cuál ha sido la causa de la avería, después ver de encontrar una pieza del mismo modelo, y si no las hay ya, entonces tendré que hacer una nueva… pero casi le puedo asegurar de que va a quedar muy satisfecha con la reparación de su aspirador, y sobre todo, podrá seguir teniéndolo como recuerdo de su mamá, en perfectas condiciones.
—¿Pero cuánto me va a costar la reparación…? —insistía la señora.
—No lo sé con exactitud… —le volvió a repetir el técnico— dependerá de cómo encuentre su interior… las piezas que tenga que hacer, etc. pero siempre le resultará más barato que comprar uno nuevo.
—Bueno, ya me lo pensaré… —le respondió la señora, mientras recogió su aspirador y salió del establecimiento.

Mientras caminaba en dirección a su casa, con evidente mal humor, se cruzó con otra vecina, que al verla la saludó:
—¡Hola Gertrudis! Buenos días, ¿qué te pasa que te veo con esa cara tan malhumorada…?
—Hola Luisa, pues nada… que se me ha estropeado el aspirador y no encuentro donde repararlo sin que me cueste muy caro…
—¡Ah! Pues mira, ¡qué casualidad! Detrás de mi calle acaban de abrir un servicio técnico donde lo reparan casi todo y, como son nuevos en el barrio, lo hacen bastante bien de precio… ¿Por qué no vas a ver allí?
—Bien, gracias Luisa, voy a ver, porque ya no confío en nadie…

La señora acudió al nuevo taller de reparaciones, y una vez estuvo delante del técnico, le volvió a contar toda la historia del aspirador de su mamá y de cómo hasta ahora no había encontrado un taller que lo reparase sin que fuese muy cara la reparación…
—Pero me ha dicho Ud. que en ese último taller, el señor que la atendió le dijo que lo repararía, incluso le dijo que cambiaría y fabricaría él mismo las piezas que necesitase… ¿Por qué no se lo ha dejado a él…?
—¡Hay mire…! Ese señor no me decía exactamente lo que me iba a costar la reparación, le pregunté dos veces y las dos veces me dijo que antes tenía que abrirlo todo, ver la causa de la avería para evitar que volviese a suceder, fabricar él mismo las piezas… en fin, que me pareció que lo que quería era justificar que me iba a cobrar mucho…
—Pero… ¿no me dice Ud. que se comprometió a no cobrarle más que lo que vale uno nuevo…?
—Sí, por eso… —replicó la señora.
—Pues señora… le voy a decir que no va a encontrar a nadie que le haga todo lo que le dijo ese señor que haría en su viejo aspirador… nadie dedica todo ese tiempo a revisar, fabricar manualmente piezas nuevas y repararlo para dejarlo en perfectas condiciones. Ahora se cambian las piezas con el módulo completo, ya no se reparan las piezas de forma individual… pero es que además, ¿no dice Ud. que ese aspirador es un valioso recuerdo de su mamá…?
—Sí, señor, es lo único que me queda de ella…
—¿Y aun así no le ha dejado el aspirador a ese taller? Vera señora… yo no le puedo reparar su viejo aspirador, pero es que aunque pudiese hacerlo, nunca lo haría, pues me sentiría deshonesto con ese otro señor que se ha ofrecido a repararlo.

La señora, un tanto avergonzada, recogió su viejo aspirador y regresó sobre sus pasos. Mientras caminaba en dirección al taller anterior, pensó que le diría al técnico que lo ha pensado mejor y que al final se lo deja para que lo repare.
No había terminado de hacer sus cavilaciones cuando, de repente, se encontró delante del taller. La puerta estaba cerrada… pero, lo más extraño, es que parecía que hacía mucho tiempo que no se abría pues, se veía vieja y con los colores desgastados.
Aquella visión la dejó un tanto ensimismada, no entendía qué pasaba… hasta que la voz de un obrero de la construcción le llamó la atención para que se apartara.

—¡Cuidado señora, apártese a un lado, que vamos a colgar el cartel…

Cuando la señora Gertrudis vio lo que decía el cartel, no podía creérselo. ¡Era un cartel de derribos! Aquel inmueble iba a ser derribado por encontrarse en ruinas.

La señora no entendía lo que estaba sucediendo y con un tono de total incredulidad le preguntó al operario:
—¡Oiga señor…! ¿Cómo es que van a derribar este local, si yo hace menos de dos horas que he estado hablando con el técnico del taller?
—Señora, discúlpeme, yo sólo sé que este inmueble lleva deshabitado más de diez años…
La Sra. Gertrudis no salía de su asombro, incluso llegó a pensar que nada de aquello había ocurrido y que todo había sido producto de su imaginación. Pero recordó que fue precisamente su anciano vecino, Don José, quien le había recomendado ese taller, así que acudió a casa del anciano que se encontraba una calle detrás de la suya, para asegurarse de que le había informado correctamente.
Cuando llegó al lugar donde vivía el anciano, de nuevo, la Sra. Gertrudis, pensó que todo aquello no estaba sucediendo. La vieja casa de una planta donde desde siempre había vivido el anciano, ahora estaba siendo demolida por una empresa de derribos.
—¡Oiga, señor, espere… pare…! —Le gritaba la Sra. Gertrudis al operario de la grúa— ¡Aquí vive un anciano…!
—Lo siento señora, pero aquí no vive nadie desde hace diez años, y voy con retraso, tengo que derribar esta casa en menos de una hora.

Dicen las leyes holísticas que, cuando se nos presenta una afortunada ocasión, no se debe dejar pasar, pues puede que nunca más volvamos a tenerla.

 

© 2014 – José Luis Giménez
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