El cigarrillo

 

Llevaba días sin apenas poder dormir. Los profundos ronquidos de su compañero de cama, hacían insoportable el permanecer sosegada junto a su cabecera.

El bronco ronquido, intentaba ser interrumpido por una onomatopeya que sonaba como un chasquido realizado con la lengua, y emitido por la sufrida compañera que intentaba conciliar el sueño.

Cuando la onomatopeya del chasquido con la lengua resultaba totalmente ineficaz, la sufrida compañera, intentaba interrumpir el bronco ronquido mediante unas ligeras palmaditas en el cuerpo de su compañero, quien al despertarse de improviso, le devolvía con cierta saña y algún que otro exabrupto.

Como era de esperar, por la mañana, al llegar la hora de levantarse de la cama, la incisiva mirada que le dirigía el roncador a su compañera, así como los gestos de repudio de éste, resultaban el pan de cada día.

--¿Es que no piensas hacer nada por ver si puedes solucionar lo de los ronquidos? --le infirió la mujer.
--¡Si no te gusta te fastidias, y vete a dormir al sofá! que al fin y al cabo yo me voy a trabajar y tú te quedas en casa…

La sufrida esposa no dijo nada. No era la primera vez que le había propuesto acudir al médico en busca de alguna posible solución, pero el orgullo de su esposo, no le permitía acudir al médico para admitir que roncaba en extremo.

Los días fueron pasando y la situación agravándose. Ahora ya no se trataba únicamente de los molestos ronquidos de la noche, durante el tiempo que permanecía en el hogar, el esposo lo convertía en una especie de fumadero, donde el olor a tabaco invadía todos los rincones de la casa.

Pero el problema principal no estribaba en el mal olor a tabaco que se quedaba impregnado en todo el hogar y en las prendas de vestir, sino en que la esposa era alérgica al humo del tabaco, lo que le producía una especie de sinusitis y ahogos que apenas le dejaban respirar.

El esposo lo sabía, puesto que llevaban muchos años juntos y conocía de la dolencia de su esposa, pero a pesar de que ella le pidiese repetidamente que no fumase en casa, no sólo hizo caso omiso, sino que animó a sus hijos a que también fumaran, o cuando menos, no les prohibió hacerlo, facilitándoles además el tabaco que ellos no podían adquirir.

La esposa ya estaba desquiciada… parecía que en la casa a nadie le importase su salud, hasta las contestaciones de los hijos se realizaban siempre fuera de tono y faltas de respeto, gracias sobre todo a la permisividad del esposo.

Con total prudencia, la esposa, intentaba conseguir consejos de sus amistades más íntimas, sin desvelar las identidades, y comentándolo en tercera persona, a fin de evitar un mal mayor al conocerse que se trataba de su situación personal. Las respuestas siempre eran las mismas: "pues esa mujer debería separarse ya, no sé como ha aguantado tanto tiempo". Ella callaba ante las respuestas recibidas, sabía más cosas que no contaba, ya que en el fondo, le preocupaba la situación en que quedaría su familia si ella ya no estaba allí para protegerlos.

Pero he aquí que el destino vino a mediar en el asunto, y un buen día, al abrir el buzón del correo, la esposa, se encontró con una papeleta publicitaria de un brujo africano que decía solucionar todos los problemas.

Al contrario de lo que este tipo de publicidad de brujos, videntes y curanderos suelen decir, en esta papeleta se hacía especial mención en que no se cobraba nada si el problema no era solucionado, aspecto que interesó a la mujer.

Inmediatamente llamó al número de teléfono que allí aparecía y concertó una entrevista. Tomó nota de la dirección que el brujo le facilitó, así de todo cuanto debía llevar consigo.

Cuando la mujer tuvo todo preparado, se dirigió al lugar indicado por el brujo. La consulta se encontraba en una calle para ella desconocida, --a pesar de haber nacido en esa ciudad-- situada en un barrio periférico, donde la mayoría de sus vecinos eran inmigrantes de diversas etnias.

Antes de llamar a la puerta estuvo pensativa durante unos segundos, "quizás no sea el lugar ni el modo adecuado" pensó para sí. Pero ya estaba allí, y a fin de cuentas, si aquél brujo no solucionaba el problema, tampoco le iba a suponer coste alguno, por lo que se decidió a tocar el timbre.

Tras unos segundos que se hicieron eternos, apareció tras la puerta un hombre alto, de piel negra, ataviado con una larga túnica de vivos colores, así como tocado con un gorro marroquí del tipo "rif".

---Soy la señora que le llamé ayer… por lo de mi esposo… --dijo la mujer a modo de presentación.
---Sí, ya la esperaba… pase, pase… ---le contestó aquel hombre con cierto acento árabe.

La estancia se encontraba casi en penumbras, iluminada únicamente por la luz de una vela que se encontraba en el centro de una mesita camilla.

Indecisa aún, por si había hecho bien al acudir a aquel lugar, no tuvo tiempo de seguir reflexionando.

---¿Ha traído todo cuanto le pedí…? ---interrumpió su reflexión el brujo.
---Sí…, aquí lo tengo todo: la fotografía, unos calzoncillos, el mechón de pelo y un paquete de tabaco del que fuma mi esposo… ¿eso era todo, verdad?
---Sí, por ahora será suficiente… ---respondió el brujo--- siéntese en esa silla y cuénteme todo lo que le ocurre, no se deje nada, por nimio que le parezca.

La mujer tomó aire, y empezó a contarle a aquél desconocido todo cuanto le estaba atormentando en su hogar.

---¿Así que su esposo no quiere dejar de fumar, a pesar de saber que usted sufre de alergia al tabaco…? ---le interrogó el brujo.
---Exacto… ---repuso la mujer tímidamente.
---¿Y tampoco quiere hacer nada por evitar despertarla con sus ronquidos…?
---Así es… ---volvió a confirmar la mujer.
---Bien, tendremos que hacer un ritual para que deje de causarle daño… ---respondió el brujo.
---¿Pero eso no será malo, verdad…? le preguntó la mujer.
---Lo malo es lo que hace su marido con usted, señora… pero no se preocupe, siempre que haga todo tal como le indique, no pasará nada malo.
---¿Puedo saber que le ocurrirá a mi esposo si hago lo que usted me dice?
---Bueno, antes tengo que ver cual es su fuerza vital y hasta donde puedo llegar para no causar más daño que el necesario, pero todo tiene un coste señora. No podemos solucionar un problema como el suyo sin que exista una reacción que obligue a su esposo a dejar de actuar como lo hace… ¿comprende?
---Pero yo no quiero hacerle daño… sólo quiero que deje de causármelo él a mí.
---Mire señora… lo más que le pasará a su esposo, una vez yo haya ritualizado el paquete de cigarrillos que me ha traído, y comprobado hasta donde puede aguantar, es que sienta un miedo horrible a fumar… ese miedo, le impedirá seguir fumando por el resto de su vida, y así de paso, mataremos dos pájaros de un tiro: usted se sentirá bien y el evitará enfermar a causa del tabaco, además, los ronquidos le irán desapareciendo al dejar de fumar.
---Está bien, si es así, no me parece mal… ---se resignó la mujer.
---Vuelva mañana a esta hora, ya tendré preparado el paquete de cigarrillos que le deberá dejar en el lugar donde suele tenerlo su marido, así, sin que él se dé cuenta, al fumar uno de estos cigarrillos, sufrirá la visión que le impedirá volver a fumar ---sentenció el brujo.

Al día siguiente, la mujer volvió a la consulta del brujo y recogió el paquete de cigarrillos, regresando a su domicilio y dejando el paquete en el lugar donde habitualmente lo tenía su marido.

Aquella noche, la mujer se sentía un tanto culpable por lo que intuía que iba a suceder, pero mantuvo la calma e intentó no volver a pensar en ello hasta la mañana siguiente, por lo que se marchó a dormir, antes de lo habitual en ella.

Mientras tanto, como de costumbre, el marido se sentó en el sofá, fumándose un cigarrillo, mientras miraba un programa de la televisión. También como de costumbre, el hijo menor, le cogió algún cigarrillo del paquete de tabaco de su padre, para fumarlo en su habitación a espaldas de su madre.

Apenas el marido terminó de fumar su cigarrillo se marchó también a la cama, junto a su esposa. No pasó más que una hora cuando el marido comenzó a dar gritos y alaridos… ¡parecía como si se lo llevasen los demonios! No dejaba de gritar: ¡No, a mí no, no quiero morir… no quiero morir…!

La esposa asustada y alarmada, lo despertó e intento tranquilizarlo, diciéndole que todo aquello no era más que una pesadilla… que por la mañana ya ni se acordaría de nada. Pero el esposo ya no pudo volver a dormir, sentía miedo, más que miedo era pánico a quedarse dormido y que en la oscuridad aquél monstruo volviese a por el. Un monstruo que vivía en la oscuridad y se alimentaba del humo del cigarrillo… de ahí el temor del marido a no querer volverse a quedarse dormido.

Llegó el amanecer y, con la luz del día, parecía que el esposo se había tranquilizado algo más, ya no había oscuridad, por lo que seguramente el monstruo no volvería a aparecérsele.

Pero cuando la madre fue a la habitación de su hijo pequeño para que se levantase, lo que vio la dejó sin habla. El joven se encontraba colgando medio cuerpo de la cama, sus ojos parecían totalmente desorbitados y sus manos estaban aferradas a las sábanas como si quisiera protegerse de algo o de alguien…

Los gritos de la madre alertaron al esposo que acudió de inmediato. Nada se pudo hacer por la vida del joven… había ¡muerto de miedo!, sufrió un tremendo ataque de pánico. Ese fue el diagnóstico del médico forense.

Nadie se explicaba lo que había sucedido aquella fatídica noche… nadie excepto la madre, quien a partir de entonces, tuvo que ser internada en un sanatorio psiquiátrico, aquejada de alucinaciones: monstruos que en la oscuridad se le aparecían para llevársela con ellos.

 

Moraleja:

Es sabido que el tabaco siempre mata... a veces lentamente.

 


José Luis Giménez
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