EL GRAN LAGO

 

 

 

Unos intensos alaridos de soledad y pánico alcanzaron el otro extremo del lago hasta llegar a los oídos del viejo duende. Aún sin tiempo para cubrirse, salió de su escondrijo y se mantuvo alerta un largo rato, intentando averiguar la procedencia de aquel terrible lamento que hacía encoger el alma. Parecía que provenía de la zona norte, allí donde se localizaba el Gran Lago. Dudó entre volver a su guarida y seguir durmiendo o ataviarse adecuadamente e ir en busca de aquel desesperado.

Dado que tenía unas piernas excesivamente cortas y escasa envergadura, tardó una eternidad en llegar hasta las proximidades de las aguas. Una vez a unos pasos de la orilla, oteó el horizonte repetidas veces sin hallar intruso alguno. Los gritos habían disminuido en volumen pero no así en intensidad. Se estaban volviendo insoportables, de tal modo que se arriesgó y trepó por el robusto tronco de un tejo herido, la rugosidad de la superficie le ayudó en su ascenso. Como pudo y no sin temor a caer, subió a más de tres metros de altura. Quedó exhausto, agotado y sin fuerzas. Había valido la pena, acababa de localizar la fuente de aquella desesperación absoluta.

En el centro mismo del embalse se encontraba un joven que perdía fuerzas a cada nuevo berrido que daba. Tuvo el impulso de ayudarlo. Aprovechó la súbita afonía del muchacho para gritar a pleno pulmón de modo que percibiera su presencia.

 

 

 

Esther escuchó el tremendo portazo con el que su hijo había denotado su regreso a casa, claramente bebido como casi todos los días. Se burló cuando su madre le ofreció que se sentara en la mesa a cenar. No pensar tomar bocado, prefería conciliar el sueño rápido para así al día siguiente, comenzar una nueva jornada de holgazanería y vandalismo. Juan, no entendía que un hijo de sus entrañas estuviera tan carente de sentimientos, que nada ni nadie le preocupase y que ni siquiera fuese capaz de tener un comportamiento digno, al menos con sus propios padres. Se reía de todo aquel que adquiría conocimientos, se mofaba del trabajo, acechaba a las más jóvenes del pueblo con su soez vocabulario, un día tras otro, volvía embriagado, utilizaba a su madre de esclava, a quién además abochornaba con insultos, exhibicionismo y amenazas. Había cumplido ya los dieciocho años y no tenía ninguna intención de retomar los estudios que abandonó con sólo doce y mucho menos pensaba en buscarse alguna ocupación que le reportase unos ingresos para poner en orden su desorganizada vida.

Muchas tardes, cuando Juan regresaba del trabajo, se encontraba a su mujer llorando amargamente. Aunque Esther, intentaba por todos los medios que su esposo no conociera toda la verdad del día a día de aquella casa, intentando disimular su evidente tristeza, Juan era demasiado avispado como para que algo así le pasara por alto. No podía consentir ni un día más que la situación se prolongara y acabara destrozando su familia. Tenía que encontrar como fuera el modo de enderezar a su hijo Isaías.

Aquella misma mañana, se despertó antes de tiempo, se sentía algo inquieto. Había tenido un extraño sueño que decidió recordar con el fin de interpretar el mensaje que en él se ocultaba. Lo rememoró imagen por imagen. Sonrió y se dirigió rápido a la habitación de su hijo.

No lo pensó dos veces, llamó a su hijo y le hizo una clara sugerencia.

- Te propongo un reto, - sentenció, más serio que nunca.

- Te escucho, - le aseguró su hijo.

- Se trata de superar una jornada entera, solo, sin compañía alguna, ni alimento, únicamente con una reserva de agua. El reto se desarrollará en el centro del Gran Lago que se encuentra en las entrañas del Bosque Verde. Hijo, conozco tu valía y tu fuerza, quiero que sepas que tu abuelo me sometió a esta dura prueba, al igual que lo hiciera su padre y así hasta incontables generaciones, mintió con el fin de impresionar a su hijo. Todos y cada uno de nosotros hasta la fecha, hemos regresado inmensamente gratificados por la experiencia. Eres ya un hombre y en consecuencia ha llegado tu momento.

Isaías quedó perplejo por unos momentos, fue una gran sorpresa para él aquello que su padre le proponía, debía existir algún interés. Pensó en descubrirlo, no tenía ninguna intención de satisfacer los caprichos de su padre, su propuesta parecía una estupidez. Juan, advirtió al instante el efecto que la proposición había causado, sin darle tiempo a hablar, le insistió sabiamente con un argumento contundente.

- Olvidé decirte que la recompensa por superar la prueba es más que apetitosa, - dejó en suspenso la especificación de la gratificación a la espera de saber si aquello había despertado el interés en su terco hijo. Lo conocía demasiado bien y estaba convencido de que a Isaías solamente le motivaría el interés material.

- Padre, no entiendo muy bien lo que has querido decir con eso de la recompensa. Creí que se trataba de una absurda prueba para demostrar que soy digno hijo de ti. ¿Podrías aclararme en qué consiste esa compensación…? – preguntó, sin poder disimular su repentino interés.

- Es muy sencillo, tu cumples con tu parte del trato y a tu regreso te esperaré con un saco de cincuenta monedas de oro. – Se mantuvo expectante. Isaías no pudo amagar la transformación que se producía en su faz tras saber que todo aquello tenía forma de dinero.

Aquella parte de la propuesta era sin duda la más interesante, aquello lo cambiaba todo. Quizás no fuese tan estúpido pasarse un día entero sobre una barca, se tumbaría a dormir y esperaría a que pasaran las horas hasta el momento de regresar. Semejante estupidez no parecía en ningún caso una hazaña, pero si su padre, así como sus ascendientes, se empecinaban en creer que aquello era merecedor de una recompensa, mejor para él, no iba a estas alturas a cambiar las reglas de sus antepasados, aunque estuviera convencido de que eran unos auténticos estúpidos. Se trataba de un negocio redondo. Cincuenta monedas de oro por un paseo, no estaba mal. Hizo ver que se lo pensaba. Observó a su padre de reojo, se mostraba serio, más que de costumbre. Por un momento estuvo a punto a acceder sin más, pero algo le dijo que no se precipitase, fue sin duda la voz de su codicia la que habló en aquel momento.

- Está bien, sólo iré a cambio de cien monedas, - sentenció, sin dejar de pestañear un segundo.

- De acuerdo, - aceptó Juan para sorpresa de su hijo – pero en ese caso restaré una moneda de oro por cada jornada completa que te retrases.

Isaías rió de buena gana, si quisiera podría regresar en tan sólo unas horas. ¿Qué podría impedirle retrasarse una jornada?  Se estrecharon la mano como símbolo del pacto que acababan de sellar.

- Vamos, te acompañaré hasta el muelle y te daré las últimas instrucciones. Será ésta una jornada memorable. – Juan, intentaba ocultar la preocupación que aquello le provocaba, pero debía mostrarse fuerte, era el único camino que podría sacar a su hijo de la infamia en la que vivía.

            Se encaminaron por el sendero que conducía hasta el embarcadero. Por el camino Juan expuso a su hijo las condiciones inapelables que suponía la aceptación del trato. Dispondría de dos remos, un recipiente repleto de agua y un panecillo, su única indumentaria serían un pantalón y un sombrero de paja para resguardarse del sol. Alcanzaron el muelle, Isaías subió a la barca no sin antes haberse desprendido de todo lo que llevaba para quedarse únicamente con los pantalones, lanzó el sombrero al interior de la barca. Entonces se dio cuenta de que en un rincón ya estaba preparado el recipiente con el agua, su padre debió estar muy seguro de que aceptaría. Una vez subido en la embarcación, Juan le alargó un apetitoso panecillo recién horneado que acababa de preparar Esther con toda la congoja que una madre podría padecer en aquellos momentos, aunque la propuesta de Juan parecía tener sentido, no dejaba en temer por la suerte de su hijo, al que adoraba con todos sus defectos.

Isaías se despidió de su padre con su peculiar bravuconería, actitud que lo convertía en un auténtico pedante de soberbia enfermiza. El único sentimiento que provocaba su actitud era verdadera compasión. Su padre, aún y así, le deseó toda la suerte del mundo, reiterando que lo esperaría en aquel mismo lugar al día siguiente a la misma hora.

- No te olvides de traer contigo la saca de monedas, que sean cien, tal y como hemos quedado, pienso contarlas una a una. – le exigió arrogante -.

Juan soltó el amarre al tiempo que Isaías se ayudó de uno de los remos para darse el impulso necesario para alejar la barca de la orilla. Sin más, partió decidido a cumplir su trato, adentrándose en las entrañas del Gran Lago.

 

Amanecía, se podía apreciar como el sol asomaba por el horizonte, dando la sensación de que su parte inferior permanecía sumergida en el agua. Los tenues rayos fregaban la superficie balanceándose entre las sutiles olas que el remar de Isaías provocaba. Juan observaba el paisaje desde la orilla, con un aire de pesadumbre, no por temor a lo que le pudiera ocurrir a su hijo, sabía que estaría arropado en todo momento, su pesadumbre se debía al haber tenido que recurrir a ese método para encauzarle. Podría parecer cruel, pero en el fondo sabía que era la única manera de salvar a Isaías de las garras que lo mantenían preso en la maldad. Dio media vuelta poco después de perder de vista la silueta de la barca y del barquero. Regresaría a casa y esperaría hasta la madrugada del día siguiente. Evidentemente, no disponía de tal saca de oro, ni mucho menos con cien monedas de oro, aquello no le preocupaba, pues cuando regresara al día siguiente, no la iba a precisar, aunque, por supuesto, eso su hijo no lo sabía. Su esposa no tenía ninguna sospecha de lo que estaba ocurriendo. Era mejor así.

 

 

 

Cesó de gritar al parecerle escuchar una voz lejana que le saludaba con demasiada insistencia. Quien podría ser, si en aquel lugar perdido y alejado de tierra firme nada ni nadie podría permanecer sin ser advertido.

- Ayudarme, quien sea, que se lance al agua y me saque de aquí de inmediato – exigió, pedante.

- ¿Quien eres…? ¿Qué haces en esta zona…? No deberías haber llegado hasta aquí. – Contestó el viejo duende – Regresa a tu casa. Vete, no eres bienvenido.

- No me iré. He perdido mis remos. No me quedan fuerzas. Se ha agotado la reserva de agua. Ven a buscarme y dame tu comida.

- ¿Estás de broma, no? Veo que estoy perdiendo el tiempo contigo. Ahora voy a marcharme, te doy mi último consejo, márchate antes de que anochezca, en caso contrario nadie responderá de lo que pueda ocurrirte. Buen viaje – concluyó el duende, comenzando a descender por el tejo.

- Ehhhhh! – gritó – no te vayas, no me dejes aquí, vuelve. Ehhhh! Te habló a ti. ¿Acaso no piensas compadecerte de un joven ignorante e inexperto como yo…? Eres un desalmado. Vuelve. Explícame como alcanzar la orilla, después ya me espabilaré solo. Te compensaré. – Isaías, utilizó el mismo tono arrogante que le caracterizaba, como si fuese aquella la manera de ser atendido.

 

Eriofont, contaba ya demasiados siglos de experiencia como para dejarse engatusar por aquel mendrugo. Por un momento pensó en si sería aquel un enviado que debiera pasar la prueba del Gran Lago. Todo encajaba, el desesperado barquero había mencionado una reserva de agua y la pérdida de sus remos. En ese caso, no podía dejarlo, debía velar por su supervivencia, debía mostrarle la grandeza de las aguas que lo transportaban, su sabor dulce, pero para ello debería conocer la amargura, la acidez y la salobridad de la que era la mayor fuente de vida. Las aguas del Gran Lago. La soberbia del enviado y sus bruscas demandas, confirmaban aquel presagio. Descendió hasta tocar tierra firme, se dirigió rápido a la orilla y retomó la conversación con el joven recién llegado.

- Eh! amigo, ¿estás bien? Voy a escucharte. Tengo que saber algo. Dime ¿cómo has llegado hasta aquí? ¿Quién te prestó su barca y te indicó el camino?

- No me vengas con tonterías, que más da... Échame una cuerda y sujétala a un árbol, yo mismo me arrastraré hasta la orilla. Ya está bien de cháchara. No tengo ni idea de donde estás, no puedo verte. Haz el favor de salir que te conozca. Tu voz suena algo femenina. Espero que no seas uno de esos afeminados, famélicos, sin una pizca de fuerza. La vamos a necesitar. – Se escucharon unas fuertes carcajadas que hicieron eco y que sirvieron para alertar a otros seres del bosque que desde hacía rato presenciaban atónitos la conversación.

- Está bien, seré franco contigo, no quiero engañarte, pero lo cierto es que no dispongo de cuerda ni de nada parecido, deberás lanzarte al agua y nadar hasta la orilla, es lo único que te puedo decir – confesó.

- Estás loco o qué. No sé nadar, no pienso lanzarme al agua. Eres un estúpido. Ves al primer establecimiento del pueblo y compra una cuerda. Ves ahora mismo. Más te vale que me hagas caso. Te arrepentirás si no lo haces. Ves, rápido, - ordenó – ya no aguanto mucho más aquí encima, temo tambalearme y caer. Ayúdame de una vez – concluyó gritando desesperado.

Eriofont, se compadeció de aquel imberbe, pedante y mal educado. Era una lástima que su actitud fuera aquella. Como explicarle al joven que solamente con fe en no ahogarse podría cruzar el tramo que le separaba de la orilla. Oteó para observar con detenimiento al muchacho. Era un buen mozo, alto, fuerte y atractivo, una lástima que esa misma hermosura solamente fuera superficial. Podía intentar persuadirle, convencerle de que lo único que lo hundiría en las agua sería su actitud ante el problema. Sus temores eran fundados, aquel iba a ser un caso duro, no quedaba más remedio que ser aparentemente cruel para descubrir lo que se escondía tras aquel porte atlético.

- Dime tu nombre, muchacho.

- Soy Isaías, hijo de Juan y de Esther. No me vengas con interrogatorios. Veo que no me has obedecido. No quiero tener que repetírtelo. Sácame de aquí de una vez. – Cada minuto que pasaba, la voz de Isaías sonaba más atormentada. Un deje de amargura pudo dilucidarse entre la bravura de sus palabras. Finalmente dijo: Está bien, si lo que quieres es dinero, te ofrezco tres monedas de oro, ni una más.

- A ver Isaías, hijo de Juan y de Esther, en este Bosque no hay ni cuerdas ni nada que se le parezca. Aquí habitamos únicamente los espíritus de la Naturaleza, no tenemos negocios, ni compramos o vendemos, por lo que tampoco necesitamos dinero, puedes guardarte tus tres monedas de oro y todas las que tienes pensado robar a tu padre por el simple hecho de querer ayudarte. Mi opinión es que eres un desaprensivo, codicioso y egoísta.

Te lo repetiré una única vez. Solamente podrás alcanzar la orilla si saltas al agua y nadas hasta tierra firme. Tienes mi palabra y todas las garantías de que nada te ocurrirá, no es preciso que sepas nadar, mis amigos y yo mismo acudiremos en tu ayuda. Recuerda, estas son aguas dulces y pacíficas, nada puede ocurrirte.

Por un momento parecía que Isaías había escuchado las sabias palabras del viejo Eriofont, pues un silencio sepulcral invadió el aire, aunque pronto fue roto por nuevas exigencias y provocativos comentarios.

- Cómo quieres que confíe en ti, si ni tan siquiera puedo verte. Me tomas por un ignorante… No nos conocemos de nada y te atreves a insultarme duramente. Nunca tuve intención de robar a mi padre, lo que hicimos fue cerrar un trato – le advirtió.

- Puedes llamarlo como quieras, yo le llamo robo, hurto, usurpación… Ahora tengo que dejarte, tienes todo el tiempo que necesites para pensártelo. Mi nombre es Eriofont, solamente tienes que nombrarme y acudiré a ti. Espero que tomes una sabia decisión. Tu cuerpo no puede aguantar demasiado tiempo sin alimento ni bebida, tu piel se cuarteará por la incidencia del sol y la falta de hidratación. No te espera un futuro atrayente en caso de no creer en nosotros. Esto lo puedes solucionar cogiendo alimento de las entrañas del Lago, en él viven peces de todas las especies conocidas, crustáceos y algas. Sus aguas son potables, puedes beber cuanto quieras, pero para ello debes creer lo que te digo. Eso es todo. Hasta pronto Isaías, hijo de Juan y de Esther.

 

Tan pronto como el viejo duende concluyó su parlamento, Isaías se irguió sobre la tambaleante barcaza con a intención de localizar a su interlocutor. Creyó estar tan alejado de la orilla que le fue imposible distinguir nada ni nadie. Aquello le desmoralizó. Debía ser astuto, debía ser más listo que aquel sabiondo que pretendía engatusarle con absurdos argumentos. Quizás fuera un loco hambriento que pretendiera darse un festín a su costa. La cruda realidad era que estaba preso sobre aquellas cuatro maderas que le ayudaban a flotar sobre unas aguas sucias, turbulentas y pestilentes. No entendía como le quería hacer creer que las aguas del Gran Lago eran dulces y pacíficas. Eso le pareció al partir del muelle, pero tan pronto avanzó unos metros, cambió el aspecto del paisaje, apareció un brusco oleaje que incluso le causó mareo, para acto seguido arrancar de sus manos bruscamente sendos remos. Después se sintió arrastrado por una corriente que lo abandonó en el centro mismo del lago. No tenía forma de salir de allí. Solamente le quedaba ganarse la confianza del tal Eriofont. Le haría creer que estaba interesado en sus consejos, le diría tantas veces como fueran necesarias, lo sabio y elocuente que era, intentaría convencerle de lo rico que sería si aceptaba su dinero. Puede que aumentara en algunas monedas la oferta, no más de diez, por supuesto, con las noventa restantes aún podría subsistir unos años sin trabajar. Quizás así, el viejo se aviniera a obedecerle. Notó de repente el ruido de sus tripas.

Pasaban las horas y aquel estúpido no aparecía para sacarlo de allí, le empezó a atacar el pánico, no a la soledad sino a la noche que se avecinaba. Si la jornada había sido tan dura, como iba a sobrevivir hasta el amanecer. Lo dudó seriamente. Estaba demasiado agitado para pensar con coherencia, intentó pensar, debía estudiar un plan. Volvería a llamar a aquel viejo, Eriofont, creyó recordar. Comenzaba a hacer frío, el sol había caído ya y la espesura del Bosque que rodeaba el lago provocaba un ambiente sombrío y húmedo en exceso. Por fin se decidió a llamar a Eriofont.

- Por favor, dime que debo hacer, dime como salir de aquí – rogó.

- Ya te lo dije, salta y ven nadando, después te daré de comer, cobijo y calor, mañana podrás regresar tranquilamente a casa – sentenció.

-         Estas loco, no puedo hacerlo, me hundiré, esta agua está podrida, huele mal, me da asco.

-         Lo siento, Isaías, no puedo hacer nada más por ti. Debes resolverlo tu solo.

 

El joven desesperado por la impotencia que le causaba la situación, empezó a despotricar contra el viejo duende, blasfemando y amenazando su persona y su familia. Se fijó en que contra más crueles eran sus sentimientos y sus palabras, más bravura presentaban las aguas, más hedor y más asco producían. Llegó a tal extremo su desfachatez insultante e hiriente que de repente, centenares, quizás miles de pequeños seres alados emergieron del agua, rodeándole como una manada de moscas rodea algo que les atrae. Comenzó a hacer aspavientos para deshacerse de aquellos desaprensivos seres que le molestaban. Sus improperios alcanzaron cotas inimaginables.

Eriofont se mantenía atento, hacía mucho que no presenciaba algo semejante. Debería someter a Isaías al tercer grado, el más duro y cruel, pero quizás la única manera de obligarlo a reaccionar.

Al tiempo que la furia y la fiereza del chico aumentaba, nuevos seres esta vez de mayor tamaño y peores instintos aparecieron ante sus ojos. Eran similares en volumen a un hipopótamo, pero tenían la piel rugosa y viscosa, como si fueran reptiles, de color oscuro, enfermizo, con cabeza pequeña coronada con un ojo central que acechaba cada movimiento del muchacho. Quedó petrificado. Miró a derecha e izquierda, estaba rodeado. Fue a articular una palabra cuando se abalanzaron sobre él, todos a un tiempo. Sintió como le quemaba la garganta, algo que no le permitió gritar para pedir auxilio. Aquellos terribles monstruos se lo comerían, parecían hambrientos. Notó los zarpazos que le arañaban su piel desnuda, le pareció que chorreaba sangre, entonces aún si cabe, se asustó más, recordó que la sangre atrae a las fieras. Intentó gritar de nuevo pero para su sorpresa no tenía voz, de su garganta no salía sonido alguno. Su cuerpo temblaba por el miedo esta vez más que nunca. Luchó con todas sus fuerzas por deshacerse de aquellas bestias inmundas, mientras se preguntaba donde estaría Eriofont, porque le había abandonado a su suerte, se preguntó que clase de persona era que dejaba solo a un pobre chico, maldijo su nombre una y mil veces. En ese momento no sólo notó las garras, ahora notaba también sus dientes. No podía ser, iba a morir de forma estúpida por culpa de su padre y de todos sus antepasados. Maldijo el nombre de todos ellos, nombrándolos para sus adentros uno a uno. Después creyó perder el sentido, aquellos monstruos eran más fuertes que él.

Eriofont, desde la orilla observaba con detenimiento al muchacho luchar contra el mismo aire, contra la suave brisa del mediodía como si de ella se desprendiera algo terrible. Luchaba con todas sus fuerzas contra sus propios fantasmas, aquellos que solamente existían en su mente perversa. Monstruos y fieras que sólo Isaías podía ver, pues eran producto de su interior. Esperaba y deseaba que saliera vencedor de su propio combate.

            Pasaron horas antes de que viera como Isaías dejaba de luchar, como se estaba dejando vencer poco a poco, pero esta vez no por sus fantasmas.

            Reaccionó, se percató de que contra más se enfurecía, consecuentemente, más se enfurecían esas fieras con él. Lo comprobó, si él se tranquilizaba, las fieras se apartaban, si insistía, ellas también lo hacían. Eran como un reflejo de su persona, de sus emociones y sentimientos. Aquello lo dejó trastornado. Podía dejar de luchar, si se calmaba, se calmarían. Era magnífico. Lo repitió una y otra vez, para asegurarse de lo que estaba experimentando. Quedó exhausto tumbado sobre la superficie de la barca estropeada por los golpes durante el combate. Todavía podía ver sus fauces, pero ahora se mantenían a unos metros de donde se hallaba. Quedó en éxtasis, pensativo, dándole vueltas a la situación. Su corazón captó la templanza, en ese preciso instante, aquellos símiles a feroces hipopótamos desaparecieron, como si se los hubiera tragado las aguas. Sonrió, se sintió feliz. Algo le provocó una leve emoción, era sincera, era gratitud hacia su persona, hacia su fortaleza. De repente le vino al pensamiento su padre. Se preguntó el motivo de aquella prueba. Algo le removió momentáneamente el estómago, duró unos segundos, los suficientes para volver a notar el hedor putrefacto que emanaba el agua. Recordó a su madre, supo ver su belleza, su preocupación por él y su dedicación. Algo le llamó la atención en aquel momento. Se incorporó. Quedó estupefacto. Al sentir un haz de gratitud por su madre le pareció ver la transformación que se producía en el Gran Lago, pudo apreciar durante unos segundos, sus dulces aguas transparente e impolutas, tranquilas, incluso pudo ver decenas de peces de colores, crustáceos y hasta un jardín acuático. Cerró los ojos, parecía que había sido un espejismo, pues al olvidar aquella emoción, regresó de nuevo el hedor y un dolor profundo lo abatió de nuevo.

            Eriofont, sonreía satisfecho, había llegado el mejor momento de la jornada, la culminación de la prueba a la que se había sometido a Isaías. El tener que descubrirse a sí mismo.

Algunos de sus compañeros, que todavía observaban el proceso, se divertían a lo grande cada vez que llegaba un enviado. Les gustaba jugar a proyectarse en forma de miedo, temor y maldad, en terribles seres que ni siquiera existían. Disfrutaban comprobando la imaginación de la mente humana, que parecía no tener límites. Mentes incapaces de ver lo que realmente eran, pequeños seres avispados de la naturaleza, visibles solamente a aquellos que saben observar la verdadera esencia.

 

 

 

El día se presentaba soleado y tranquilo, se sentía agotado pero también relajado y agradecido, dejó que la suavidad de la luz solar surcara su piel algo envejecida por el trabajo. Su pequeña barca flotaba sobre las pacíficas aguas del inmenso lago, la misma que hacía años había usado su abuelo. Pensó en cuantas horas de trabajo debía haber soportado aquel viejo trasto medio destartalado, corroído por el trajín y la humedad. Estaba convencido de que aquella, su barca, ahora, había sido testigo de infinidad de anécdotas y sucesos, tal y como primero su abuelo y después su padre le habían narrado desde la infancia. Respiró ufano no sin antes pensar en tomar un bocado. Sacó su cesta de paja, la que cuidadosamente su madre un día le regalara y extrajo las viandas que su esposa Ruth había dispuesto para aquella jornada. Todo estaba exquisito, se sintió pleno y al tiempo exhausto.

Revisó la red, mientras navegaba ayudado por el fluir de las aguas, usando también los remos de antigua madera. Todo estaba en absoluta calma. Era usual encontrarse con un día tan relajante, donde el único movimiento apreciable era el ligero vaivén que la brisa provocaba en la embarcación. Apretaba el sol, después de la comida, apetecía completar la tarde con una buena siesta. Aseguró los amarres de la red, recogió remos y se acomodó en la base de la barcaza utilizando una manta a modo de cojín después que hubo apartado los enseres que le estorbaban.

Sonrió satisfecho, aquel estaba siendo un día memorable, se sentía feliz. El indefinible paisaje, le transmitía serenidad y armonía, algo que anhelaba. Comenzó a pensar en que nunca hubiera podido ser otra cosa que no fuese pescador. No se imaginaba en un comercio, conduciendo un camión, ni siquiera haciendo las tareas del campo. Le resultaba imposible pensar que algún día tuviera que marchar y cambiar su vida, en aquel lugar tenía echadas sus raíces. Su apreciada mujer, a quien amaba con locura, le apoyaba en continuar con el estilo de vida que habían escogido en consenso. Cada día quedaban menos vecinos con los que reunirse, la gente huía a la ciudad como presos por una atracción irresistible que ellos no entendían. No tenía nada claro que existiesen tantas posibilidades en la urbe como se decía. Con un poco de suerte su hijo pequeño seguiría sus pasos, era el único que denotaba algún interés por imitarle.

Con un deje de añoranza y de nostalgia a un tiempo, recordó la época en que su padre, un hombre tozudo donde los haya, le propuso una dura prueba. Algo que provocó un drástico cambio en su vida. La experiencia que le enseñó a captar la belleza en las cosas más ínfimas y le mostró la sabiduría del ser humano. Había estimado tanto a su padre, que cuando lo evocaba, podía notar su presencia. Casi podía hablar con él, pues en algunas ocasiones creyó escucharle. Todos los días del resto de su vida, supo pedirle perdón.

 

Joanna Escuder

24 de Abril de 2006