EL MÓVIL

Por José Luis Giménez

 

Hoy he vuelto de nuevo al banco del parque. Tenía la esperanza de que aquí pudiera encontrar la respuesta a todo lo sucedido hace unos días, cuando meditaba la manera de dejar este mundo. Y es que la vida es impredecible: tan pronto estás lleno de júbilo y alegría, como te sientes hundido en la más absoluta miseria.

Hacía más de dos años que no tenía trabajo… ¡trabajo! Sí, eso que se supone tenemos todos por derecho constitucional, pero que luego se convierte en un elemento de lujo, porque… ¡manda huevos! Que trabajar diez horas al día para poder malvivir sin llegar a final de mes, se considere un lujo, ¡es el colmo! Pero sí, ahí me encontraba; maldiciendo mi mala sombra. ¿Por qué no había nacido yo siendo un hijo de papá, con la vida resuelta, con dinero, con casa propia, con un coche deportivo último modelo y, ya puestos a pedir… rodeado de chicas guapas deseosas de que las lleve en mi automóvil?

Pero al parecer, según dicen los maestros espirituales, a la vida venimos a aprender, y sólo se aprende de los errores y de las experiencias complicadas… y a mí, esa máxima, no me acababa de convencer. Yo no quería aprender nada… sólo vivir tranquilo, sin problemas, con mi trabajo, mi dinero y una hermosa pareja con quien compartir mi vida ¿tan difícil es entenderlo? Pues al parecer, el encargado de repartir los “papeles” en este mundo no lo ha visto igual que yo, y me ha otorgado el rol del fracasado; al que todo le sale mal, el pobre paria…

Pues como decía… estando sentado en este banco, donde ahora me encuentro, meditaba sobre las ventajas de abandonar este mundo hipócrita y cruel, en el que, a algo tan absurdo como es un trozo de papel con la cara impresa de algún jerarca o institución nacional, al que llamamos dinero, se le otorga el máximo poder en la sociedad. Ya no tenía sentido seguir viviendo en las condiciones en las que me encontraba: sin empleo, desahuciado, con más deudas que pelos tengo en la barba… y para completar el panorama, mi novia, me había dejado por un banquero. ¡Malditos banqueros! No se conforman con desahuciarme, con quitarme el apartamento y la tarjeta de crédito… este, además, ¡se ha llevado a mi novia!

Ahora sólo me quedaba la vida, pero… ¡vaya clase de vida! Esto no es vida… así no se puede vivir… Esa era la idea que invadía mi mente en esos instantes. Por lo que decidí acabar de una vez por todas con este sufrimiento.

Quizás la mejor manera de acabar rápido sea tirarme a las vías del tren –me dije-, pero no, igual sólo me amputa los miembros y sigo vivo… con lo que aún será peor ¡Uff, vivir en una silla de ruedas o en una cama inmovilizado para toda la vida, no! Será mejor ahogarme en el estanque del parque… -pensé seguidamente- pero de inmediato recordé que el estanque llevaba varios días vacío, sin agua, por culpa de la dichosa crisis. ¡No, así tampoco puedo hacerlo! –volví a recriminarme. ¿Y si me voy al mar…? –volví a pensar. Pero no, me encontraba en el interior, y el viaje hasta el mar me suponía gastar un dinero que ahora no disponía. También pensé en tirarme desde una azotea, ¿pero desde cual? Ya no tenia piso, además de que era un primero y, desde ahí, como mucho me rompería una pierna… ¿y si me enveneno…? ¿Pero con qué…? No tenía dinero ni para comprar una aspirina, así que me imaginaba entrando en la farmacia pidiendo un bote de barbitúricos por caridad, que me quiero suicidar… Total, que allí me encontraba yo, dilucidando cual era la mejor manera y la más barata para suicidarme.

Ya casi me estaba convenciendo a mi mismo que la forma más barata de hacerlo era usando una bolsa de plástico del Mercadona, poniéndomela en la cabeza, cerrándola y esperar a que me asfixie por falta de aire. Así que ahora sólo me quedaba encontrar una bolsa que estuviese en buenas condiciones, ya que por propia experiencia, sabía que al estar hechas del nuevo material reciclable con el que obligaban a fabricar las bolsas, casi todas se rompían nada más ponerles algo de peso.

Me rebusqué entre los bolsillos, con la esperanza de encontrar los dos céntimos que costaba la bolsa, pues yo siempre he sido muy pulcro y no me hacía ninguna gracia tener que morir asfixiado oliendo a pechugas de pollo. Pero no, ¡otra vez mi destino! Estaba escrito que yo era un gafe, un negado, un paria… Ni siquiera pude encontrar esos dos malditos céntimos que necesitaba para comprar una bolsa de plástico del Mercadona.

Decidido a rebuscar entre los containers de basura reciclable, me levanté del banco, con la intención de otear el entorno en busca de algún container de plásticos reciclados. No hice más que levantarme y dar un paso cuando, de repente, sonó esa musiquita tan famosa que utiliza la marca Nokia como tono de llamada en sus dispositivos móviles. Giré la cabeza hacia el lugar de donde procedía la musiquita y, sorpresivamente, observé que salía de un teléfono móvil que alguien había olvidado en un extremo del banco. Me acerqué y lo tomé en mis manos. Alguien había enviado un mensaje de texto e imaginé que su dueño lo estaba buscando. Abrí el mensaje y apareció el texto siguiente:

“Te espero a las 12 h. en la Gran Vía , esquina calle Mayor. No faltes, es cuestión de vida o muerte. Laura”

Aquel mensaje me dejó un tanto descolocado. Quien fuese aquella tal Laura, parecía tener un grave problema, y acudía al propietario del móvil solicitándole ayuda. En un instante, por mi mente pasaron diversas situaciones; si yo hubiese tenido a quien acudir ante mis problemas… -me dije- quizá no habría acabado así. Lo malo es que esta chica no sabe que su mensaje no va a llegar a quien está llamando y por tanto no recibirá la ayuda que espera…

Tras meditarlo por unos segundos, no lo dudé un instante más, y decidí acudir a la cita del mensaje. Tal vez pudiese servirle de ayuda a esa chica, y si no, en todo caso, ella conocería al propietario del móvil y podría devolvérselo.

Me dirigí hacia el lugar especificado en el mensaje, pues no distaba a mucha distancia de donde yo me encontraba en esos momentos y, además, tenía el tiempo justo para llegar a la hora indicada.

Después de caminar durante unos veinte minutos, llegué hasta el lugar indicado. Ahora tenía que encontrar a Laura. Miré a mi alrededor, esperando encontrar a alguna chica que pudiese encajar en la idea que me había formado de ella, pero allí no había nadie esperando. Decidí concederle unos minutos más, quizás aún no le había dado tiempo a llegar y seguramente apareciera como alguien que mostrase cierto nerviosismo, lo que sin duda me ayudaría a reconocerla.

Una vez hubieron pasado los cinco minutos de cortesía, sopesé la posibilidad de que Laura no hubiese quedado precisamente en la calle, por lo que era muy probable que se encontrase en el interior de alguno de los establecimientos que estaban ubicados en la zona, lo que me llevo a decidirme a acceder al interior del que me pareció se encontraba más cercano al lugar indicado: una agencia de viajes.

––Buenos días Srta.

––Buenos días caballero, en que puedo servirle…

––Pues vera… es un tanto extraño lo que le voy a decir, pero… ¿por casualidad hay aquí alguna mujer que se llame Laura?

La muchacha cambió el semblante y, sin disimular su sorpresa, respondió:

––Sí, sí… yo me llamo Laura… ¿por qué…?

––Bueno, entonces sabes a qué me refiero con este mensaje… -le dije mientras le mostraba el mensaje del móvil.

Laura me miró con asombro, no entendía a que venía aquella escena, no me conocía de nada y no concebía que era lo que hacía yo allí.

––Disculpe Señor, pero no le conozco de nada ni sé que me quiere decir mostrándome ese mensaje…

––¿Quieres decir que tú no has escrito ese mensaje a nadie, no solicitabas ayuda…?

––Mire Señor, la única persona que me podría solucionar el grave problema que tengo ahora, posiblemente esté ilocalizable, y no creo que Ud. venga de su parte ¿verdad?

––No sé a quien te refieres, pero… ¿Por qué no pruebas a contarme cual es ese problema, Laura?

Tras unos instantes de silencio, y previa reflexión por parte de Laura, ésta respondió:

––Bien, no creo que tenga más que perder… y a fin de cuentas, estaba decidida a poner un anuncio en la prensa esta misma mañana.

––Te escucho Laura, y por favor, tutéame… me llamo Alex.

––Gracias Alex. Pues verás, resulta que ayer se despidió mi socio, sin más… dijo que se iba a un lugar donde nadie lo hallaría, que necesitaba encontrar respuestas… y se marchó, así, ¡sin más! Le he llamado a su móvil, pero no me responde, y lo malo es que mañana tenía que ir como guía y experto arqueólogo que es, a un viaje muy especial que nos costó mucho esfuerzo conseguir… y ahora, si no consigo encontrar a alguien con similares aptitudes, puede producirse un fracaso tal que me obligue a cerrar la agencia. ¿Entiendes ahora mi preocupación?

––Bien, visto así, puede parecer un grave problema…

––¿Cómo que puede parecer…? ¡Lo es Alex, es un grave problema! ¿No me has oído decir que si no se hace el viaje tal como estaba previsto posiblemente tenga que cerrar la agencia…?

––¿Y dices que tu socio era un experto arqueólogo…?

––Sí, ¿por…?

––Je, je, je… -era la primera vez que sonreía en mucho tiempo- ¡Es que yo también soy arqueólogo, me fascinan los viajes de investigación y, además… estoy en paro!

Laura no daba crédito a lo que le acababa de oír.

––¿Quieres decir que a ti te gustaría aceptar este trabajo…?

––Te aseguro que mis planes antes de conocerte eran muy diferentes Laura, pero… no sé como, esta situación me puede salvar la vida…

––No exageres Alex… como mucho te puedo ofrecer el trabajo para este viaje, pero te adelanto que el sueldo no es muy atractivo… De hecho, yo misma tendré que asistir a esta especie de expedición, pues hay varios temas que, a parte de mi socio, nadie más que yo sabemos como han de presentarse. Así que si te parece bien, podemos quedar para comer y, durante la comida, te iré exponiendo todas las condiciones…

––Sí, sí, de acuerdo, ¡acepto todo! –dije sin dejarla acabar de exponer sus condiciones.

––Pero aún no conoces las condiciones Alex… espera a que te lo explique todo…

––¿No te he dicho antes que me has salvado la vida…?

––Sí, pero lo he entendido como una frase hecha…

––No, para nada Laura… pero bueno, eso ya es historia… Eso sí, tendrás que hacerme un adelanto para comprarme ropa apropiada y para invitarte a la comida, si me lo permites…

––Por el adelanto no hay problema… pero la comida la pago yo Alex, hasta hace una hora no creía en los milagros… Así que… vamos, ayúdame a cerrar la tienda, que nos vamos a comer.

Ni que decir tiene que aquella comida fue para mí como un segundo salvavidas, pues hacia más de tres días que apenas había probado bocado. Las prestaciones laborales me parecieron muy justas y correctas, pues estaban condicionadas a los resultados que se obtuviesen y se derivasen de aquel viaje especial. Y sobre todo, algo que no creí volver a encontrar: el amor. Sí, tanto Laura como yo sentimos como la flecha de Cupido se clavaba en nuestros corazones. ¡Volvía a sentir de nuevo el amor! Y esta vez estaba seguro de que sería para siempre.

Hace tres días que regresamos del viaje o expedición, y no hace falta decir que fue todo un éxito. Ahora, Laura y yo vivimos juntos en su apartamento, compartimos la vida y el trabajo, y el éxito nos sonríe.

Esta mañana he vuelto a escuchar la musiquita del tono de llamada del teléfono móvil que encontré en el banco del parque, y he abierto el mensaje que acababa de llegar. El texto decía así:

“Vuelve al lugar donde me encontraste”

Así que, como he dicho antes, aquí estoy, sentado en el banco del parque, esperando la respuesta… Aunque creo que ya sé cual es ésta.

Acaba de sentarse un hombre con aspecto desaliñado al otro extremo del banco, parece muy serio y preocupado… No sé porqué, pero creo que tengo que dejar el móvil donde lo encontré y regresar con Laura.

He dejado el móvil en el banco y me dirijo hacia la agencia de viajes, apenas he recorrido veinte metros cuando me ha parecido escuchar la musiquita del tono de llamada… he vuelto la cabeza y he visto al hombre que estaba sentado en el banco coger el teléfono…

Ahora estoy en la agencia con Laura, y le doy un beso en la mejilla, mientras le digo que nuestra felicidad se la debemos a un móvil mágico.

 

© 2011 José Luis Giménez

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