El susto del muerto

Por José Luis Giménez


Desde que me trasladaron como encargado de la morgue del hospital, apenas habían sucedido hechos significativos. Cada día llegaban nuevos cadáveres de todas las clases y condiciones, convirtiéndose en una auténtica monotonía.

Mi mente se trasladó diez años atrás, cuando ingresé por primera vez al hospital como camillero. Era un muchacho joven, inocente e ingenuo, si se prefiere y que, cuando el trabajo en urgencias era relajado, servía de objeto de diversión a los más veteranos.

Aquella tarde lluviosa y gris llegaron tres cadáveres, procedentes de un gran accidente de tránsito. El coordinador de celadores me llamó y me dio instrucciones para que llevara inmediatamente los tres cuerpos inertes a la morgue, tenía que darme prisa, pues según me indicó, se esperaba la llegada de varios cadáveres más, procedentes del accidente.

Llevé a los tres cadáveres uno tras otro a la morgue, dejándolos en las camillas, hasta que alguien más viniese a ayudarme a introducirlos en las cámaras frigoríficas. En vista que nadie aparecía, decidí empezar a trasladarlos yo solo, para lo cual, situé la camilla a la altura de la puerta de la cámara más próxima y que, supuestamente, se encontraría vacía.

Cuando ya estaba preparado para introducir el primer cadáver, al abrir la puerta e ir a sujetar al muerto, surgió un grito aterrador de su interior y, una figura fantasmal, se abalanzó sobre mí.

No pude evitar gritar aterrado: ¡Aaagghh… socorro!

Solté el cuerpo del muerto sin pensármelo dos veces, y salí despavorido escaleras arriba, dirigiéndome hacia la recepción de urgencias, donde se encontraban mis compañeros.

Mis compañeros, nada más verme llegar a toda prisa y casi sin aliento, empezaron todos a reír a carcajadas, hasta que, el más veterano, me dijo: tranquilo chico, no te alteres, estos gamberros te han hecho el "susto del muerto". Las carcajadas continuaron durante unos instantes, arreciando en el momento en que apareció tras de mí el "muerto", quien mostraba una abierta sonrisa, por el susto que poco antes me había causado en la morgue. Todos reían y se justificaban diciendo que, esa broma, era la novatada por la que tenían que pasar todos los novatos.

Trascurrieron varios días… y aún había quien seguía sonriendo al verme pasar delante de él. Me acostumbre a aceptar ese tipo de novatadas e incluso, llegué a desear hacérsela yo mismo a otro nuevo novato, pero no tuve la ocasión de llevarlo a cabo, ya que fui trasladado a otro centro del hospital donde no había morgue.

Ahora, diez años después, he vuelto a la morgue, aunque en esta ocasión como encargado, y no he podido evitar desear ver cumplido aquel deseo de la novatada del "susto del muerto", así que, a la primera oportunidad que se me presentó, llevé a cabo la inocentada con un nuevo camillero, joven e ingenuo, quien me recordaba a mí mismo en mis primeros años.

Tenía todo preparado, todo estaba planificado. Así que, en cuanto llegasen dos o tres cadáveres a la vez, le haría ir solo a la morgue, para que los metiese en la cámara frigorífica. Nada más ver su cara llena de ingenuidad me daban ganas de reír, al pensar en el susto que le iba a dar, pero intenté disimular y mantenerme serio ante su presencia.

Aquella tarde fue la escogida… llegaron tres cadáveres provenientes de un accidente y, tal como me habían hecho a mí hacía diez años, le hice al joven celador, provocándole tal "susto del muerto" que su corazón se paró en el acto.

De nada sirvieron los masajes, ni los electrodos. Su corazón no aguantó tanta impresión y dejó de latir.

Se hizo un silencio sepulcral entre todos los camilleros y celadores, era la primera vez que había sucedido algo así y, temiendo que la justicia encontrase culpable a los compañeros que participaron en el "susto del muerto", decidimos por unanimidad no hablar con nadie de lo sucedido.

Pero… apenas habían pasado unos días del suceso cuando, los camilleros y celadores empezaron a negarse a bajar a la morgue. Todos decían lo mismo: "cuando estamos en la morgue, de repente, se apagan todas las luces, y sentimos como una mano nos toca en el hombro, después vuelve a encenderse la luz igual como se fue y allí no hay nadie".

- Eso es porque alguno de vosotros os quiere gastar una broma… -les dije, con el ánimo de tranquilizarlos.
- No, no… -respondieron a coro- a cada uno de nosotros nos ha ocurrido estando completamente solos.
- Os demostraré que no pasa nada y que son imaginaciones vuestras -sentencié.

Aquella noche, antes de terminar mi turno, bajé solo a la morgue, a fin de comprobar qué había de cierto en todo lo acontecido. Apenas transcurrieron cinco minutos cuando ya me iba a marchar de allí, convencido de que no se producía ningún fenómeno como el que me habían comentado los celadores, pero… de pronto, se apagaron todas las luces, a la vez que sentí un escalofrío terrorífico que me recorría por toda la espalda y, por primera vez en mi vida, me arrepentí de no ser más miedoso y haber evitado bajar solo a la morgue. Pero una vez más, me dije a mi mismo: "esto es una broma de los veteranos, así que no voy a huir".

La oscuridad era total, y mi sentido de la orientación se volvió inútil para discernir en qué parte de la sala me hallaba. Extendí mis manos hacia adelante, en busca de algún objeto que me fuese familiar y me ayudase a situarme en la salida de la sala. Conforme movía mis dedos a la vez que intentaba asirme a una especie de tela, me aproxime a lo que creí sería una estantería o camilla vacía. Fui palpando poco a poco, hasta notar algo abultado que sobresalía de la camilla. Apenas lo hube sujetado con la mano cuando, en el mismo instante, una mano fría como el hielo, se posa sobre mi muñeca, sujetándome con fuerza y presionando hacía abajo; lo que me obliga a inclinar el cuerpo hacía la camilla, a la vez que no puedo evitar soltar un grito desgarrador, como si se me fuese el alma en ello.

Había tenido la precaución de traer conmigo una linterna, que llevaba en el bolsillo izquierdo de la bata, por lo que instintivamente la busque con la mano izquierda que tenía libre, dirigiendo el haz de luz hacía el lugar donde se suponía se encontraba la persona que estaba gastándome la broma.

- ¡Dios, no es posible! -exclamé totalmente incrédulo por lo que estaban viendo mis ojos.

Delante de mí, se encontraba el joven camillero que hacía tan sólo unos días había fallecido en el "susto del muerto".

- ¡No es posible… no, no puede ser!, ¡estás muerto...!

El fantasma, o lo que fuese aquella aparición, se acercó hasta casi llegar a rozar su boca con la mía y, después de echarme una bocanada de aire gélido en la cara, soltó varias carcajadas.

Eso era lo último que recordaba… hasta ayer. Llevo más de dos días aquí, en esta mesa de autopsias; me han estado haciendo cosas que no he entendido por qué las hacían y por más que he gritado y les he dicho que estoy vivo, no me oyen… ¡nadie me oye!

Ahora vendrán a por mí… eso oí, sí, pero… ¿qué van a hacer…?

Ya llegan… traen algo… sí, es… ¡un ataúd!

Pero… ¿Que hacen...? ¿Por qué me meten dentro del ataúd?

¡Estoy vivo... estoy vivo…!


Llevo todo el día dentro de este ataúd, ya no sé que hacer para que me oigan. Quizá cuando vayan a meterme en el nicho, alguien se dé cuenta de que respiro… no sé, ¡tienen que darse cuenta… estoy vivo!

Pero… ¿qué hacen…? ¿Por qué me meten aquí dentro…?

¡¡¡Noooo… el fuego noooo… el fuego noooo!!! ¡¡¡No me incineren!!!!


Dicen los viejos entendidos en asuntos kármicos, que nunca se debe pensar en lo que más tememos, pues puede hacerse realidad.


José Luis Giménez
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