¡ Estoy vivo !
Miré al frente y me dispuse a cruzar la calle, en ese momento, mis
nervios se pusieron de punta hasta enredarse en mi corazón como unas
vigorosas enredaderas que súbitamente tensan la razón y los
sentidos hasta dejarte inmóvil.
Un camión de dimensiones dantescas se abalanzaba sobre mí en
el momento en el que cruzaba. Lo último que pude recordar, respecto
a ese accidente, era cómo aquel monstruo mecánico se acercaba
a mí velozmente arrollándome y dejándome sin sentido
en medio de la calle. El siguiente cúmulo de visiones caóticas
y no tan caóticas me sumerge en un mundo extraño. Un limbo oscuro
del cual no era consciente. Pronto una luz destellante se fue abriendo camino
hasta mí. Cuando esa luz me invadió sentí una paz llena
de amor y seguridad que jamás podré expresar. Y ahora mismo
puedo ver la imagen de seres queridos con su mejor aspecto, que se acercan
a mí y me dicen que aún no es el momento, que he de vivir. De
repente la paz se fue diluyendo y la oscuridad volvió a cerrar mi mente.
Lo único que sentía era que caía y caía. No paraba
de oír voces extrañas y desconocidas: "venga chico, reacciona",
"lo perdemos, lo perdemos". No sentía dolor, mientras seguía
cayendo y cayendo a un ritmo suave. Me sentía como la pluma libre de
un búho en la noche. Hasta que de pronto me di cuenta de que estaba
flotando en una estancia aparentemente de hospital. Allí pude ver a
mi madre y a los médicos que trataban, desesperadamente, de reanimar
un cuerpo, pálido y contusionado. Me fijé en su rostro y pude
ver que era el mío. Estaba lleno de morados y tenía una pequeña
hemorragia en la frente. Mi madre no paraba de llorar. Un médico insistía
en que saliera de la sala y, tras acompañarla, mi madre permaneció
fuera. El electroencefalograma es la máquina que avisa a los vivos
de que la hora de reunirse con la paz de la muerte ha llegado. Yo no sentí
paz. En ese momento sólo pude sentir el vacío de la inexistencia.
Me encontraba en un mundo oscuro en el que mi cuerpo y mis sentidos comprendían
que estaba a la espera de algo. ¿Estaría en el limbo? ¿Quizás
me reencarnaré en el próximo ser humano que venga a esta vida?
Pero creo que no es así. Siento que por mi mente pasa toda mi vida,
mi infancia, hasta el periodo de mi adolescencia donde me encuentro ahora.
Siento que pasan cien años más a un ritmo vertiginoso y toda
estructura y espacio temporal pierden el sentido. Me encuentro perdido pero
extrañamente intranquilo.
A continuación un funesto dolor de cabeza azotó mi cuerpo. Puedo
notar el cantar de pajarillo y una voz condescendiente que desea mi acogimiento
por un ser en el cielo de los ángeles. De repente, noto un ligero descenso,
acompañados de sonidos ligeramente mecánicos, que se ciernen
alrededor de mi cuerpo. ¿Dónde estaré?
Creo que pasaron unos minutos, o unas horas, no lo sé exactamente.
El aberrante dolor de cabeza seguía aporreándome como un martillo
y seguidamente un ruido se abrió paso entre el dolor que casi me impedía
distinguir algo. Era como un leve ruido arenoso que se oía cada cuatro
segundos y que golpeaba algo duro encima de mí. Tras un tiempo de no
parar de oír ese ruido llegó una cierta tranquilidad. Mi cabeza
me seguía aún doliendo y comencé a notar que me costaba
respirar. Súbitamente se fue haciendo más costosa esta acción,
hasta que note que me asfixiaba. Hice movimiento en la negrura que me sumía,
intenté gritar pero no podía, era como estar en un sueño
en el que no puedes despertar. Tras un gran esfuerzo abrí los ojos,
o eso creí en un principio. No sabía dónde estaba pero,
en ese momento el dolor de cabeza fue tan fuerte que sentí la atroz
realidad en la que me encontraba. ¡Estoy vivo! ¡No puede ser!
Intenté levantarme, pero no pude. Mis pulmones cada vez se hacían
más pequeños y el tacto de la madera forrada con acolchado terciopelo
oprimía mi ser. ¡Es un ataúd! ¡He sido enterrado
vivo! Con el dolor de la cabeza como un pesado y horripilante inquilino traté
de serenarme y pensar, pero tras varios segundos de deducción, me di
cuenta de que no había nada que pensar. El impacto del camión,
la imagen de mis antepasados en la luz de la paz, los llantos de mi madre
por su hijo muerto, el timbre fijo del impreciso electroencefalograma, las
palabras del sacerdote que me deseaba el cielo, el ruido arenoso que no seria
otra cosa que un enterrador sepultándome y la contundente opresión
corporal que siento me lo dicen todo. ¡He sido enterrado vivo!
Tras asumir esta realidad lunática, un ataque de ansiedad sacudió
mi cuerpo. Notaba como mi mente y toda mi racionalidad se desprendía
de mi cerebro como una costra de una vieja herida. Mi cabeza, mi cabeza, un
martillo loco martilleaba mi cabeza. Comencé a darme cabezazos contra
la tapa del ataúd para que desapareciera el dolor pero no fue así,
solo lo empeoré. Me sentía histérico. Hice grandes esfuerzos
con mis brazos, imprimiendo presión a ambos lados del ataúd,
mientras mis pulmones seguían oprimiéndome al unísono.
Tenía que salir de ese lugar aberrante, continué luchando por
salir, pero era inútil. Daba puñetazos hasta donde me dejaba
la reducida cavidad y mi ataque de histeria. Seguí haciendo fuerzas.
Esta vez fueron mis rodillas las que intentaron abrir la tapa. Continué
con el esfuerzo más grande que había hecho en mi vida, hasta
que mis heces fueron expulsadas lentamente. Eso me hizo dar cuenta, de que
ese camino era inútil para liberarme de mi encierro. Grite y grite,
mientras arañaba la tapa de mi ataúd. Las uñas y la carne
se me corroyeron hasta los huesos y no tarde desquiciadamente en morderme
los huesos de mis dedos mientras el terror infinito hacía que me orinara
y se creciera en mí la locura más demencial jamás escrita
por la mano del hombre. Me contorsioné de mil formas dentro de la mortaja,
a la vez que respiraba para proferir grandes alaridos al exterior donde la
gente era libre, y podía respirar el aire puro que a mi se me había
arrebatado a cambio de la propia inmundicia. El dolor de cabeza se me metió
en el cerebro y se fue enterrando allí, como unas afiladas agujas.
De repente, y presa de mi pánico y mi demencia, me despedacé
la lengua con mis propios dientes y tras tragar los trozos de mí sanguinolenta
lengua me sobrevino un vómito de sangre. Ahora era presa del pánico
y del dolor. Sentí un dolor insufrible unido al miedo más indescriptible.
Todo ello se me formaba con grandilocuentes evos sólidos en el cerebro
y no pude evitar meter mis dedos en las cuencas de mis ojos y espachurrarme
mis propios globos oculares. La presión del dolor y la locura y el
reducido oxigeno del que disponía, hicieron mella en mi corazón,
que sufrió una gran compresión que se fue extendiendo por mis
brazos. Tras un minuto de intensos dolores que va más allá de
las explicaciones mortales, me encontré con la apreciada muerte que
tanto anhelaba. Mi cuerpo quedó sepultado en una posición corporal
distorsionada por los siglos de los siglos.
Fin
Escrito por: Cristo Marcelino Ortega