La caverna del tesoro

Hace ya algunos años, en una ocasión en que me encontraba caminando por el monte, empecé a pensar en lo fantástico que sería encontrar un tesoro. La idea se fue fraguando cada vez más en mi mente, hasta que, sin darme cuenta, delante de mí, apareció la entrada a una cueva. Pensé que quizás, los Dioses, habían escuchado mi petición y, por caridad, o tal vez por divertimento, aún no lo sé, me estaban proporcionando la oportunidad de encontrar allí mismo ese tesoro, en el interior de aquella caverna que, a pesar de haber pasado en repetidas ocasiones por aquel lugar, nunca me había percatado de su existencia.

Decidido y esperanzado por encontrar el deseado tesoro, penetré en el interior de la cueva, hasta que la luz del exterior ya no era capaz de iluminar la estancia. Allí me detuve. No sabía qué hacer, si seguir caminando a ciegas, o sentarme en una piedra que sobresalía y la cual me podría servir de asiento. Me senté, pues en esos instantes era la mejor opción que tenía, a menos que diese media vuelta y regresase de nuevo al exterior. Pero… ¿acaso no había entrado allí en busca de un tesoro?

Mientras permanecía allí sentado, en medio de la oscuridad, mis ojos se fueron acostumbrando a la falta de luz y, como es lógico, mis pupilas se agrandaron por momentos, intentando adaptarse a aquella oscuridad que invadía el lugar.

Era curioso, pero no sentía frío ni calor, ni siquiera tenía noción del tiempo que había transcurrido desde que accediese al interior de la caverna. Nada parecía importarme, pero aun así, sentía la necesidad de permanecer en aquel lugar; en completo silencio, en medio de la oscuridad y sintiendo una inusual calma y estado de paz interior, como nunca antes había experimentado.

No sé cuánto tiempo permanecí en dicho estado, pero lo cierto es que tampoco me pareció importarme. Hasta aquel momento, nunca había tenido la oportunidad de escuchar el sonido del silencio. Sí, sé que puede parecer una incongruencia decir, “el sonido del silencio”, cuando todo el mundo sabe que el silencio no produce sonido alguno… ¿o sí?

Quizás seamos nosotros, quienes no estemos acostumbrados ni preparados para escuchar el sonido del silencio, y no en sí el mismo silencio, que sí posee su propio sonido, su propia voz.

Y fue mientras seguía ensimismado en esta especie de cábala, que empecé a escuchar la Voz, sí, esa voz del silencio, que únicamente puede ser escuchada si se dejan atrás los apegos, las inquietudes y las emociones.

—¡Bienvenido a la caverna de la sabiduría! —me dijo la Voz.

Yo no sabía qué decir o qué hacer… además, ¿a quién le iba a responder? Aquella voz resonaba en mi cabeza, pero no era captada por mis oídos, así que continué en silencio, expectante, y por qué no decirlo… cargado de curiosidad.

—¿Has venido en busca de un tesoro… no es así? —continuó la Voz, dentro de mi cabeza.

Decidí responder mentalmente a la Voz, puesto que era así como yo la escuchaba.

—Sí, desde siempre he deseado encontrar un tesoro… ¡un gran tesoro!
—Bien, pero al tratarse de un gran tesoro, no te lo podrás llevar de una sola vez —respondió la Voz—, deberás acudir a este mismo lugar cada vez que hayas hecho uso de la parte que te lleves, y vuelvas a necesitar otra parte del tesoro.
—Me parece bien —respondí.
—Pero hay otra condición… —insistió la Voz— Este tesoro, sólo servirá si lo compartes con los demás. Si únicamente lo quieres para ti, dejará de tener valor.
—Me parece bien —volví a responder—, y ¿dónde está la parte que me puedo llevar ahora…?
—Enseguida te la entrego… —respondió la Voz— pero antes deberás dormir un plácido sueño, después, cuando despiertes, notarás que habrás dejado aquí algunas de las cosas que llevabas contigo y, en su lugar, obtendrás el valioso tesoro.

Y así fue, después de un plácido sueño, al despertar, sentí que me había vaciado de muchas cosas que no me beneficiaban; ya no sentía el ego conmigo, tampoco notaba los apegos materiales, ni siquiera el miedo a lo desconocido, que desde siempre me había acompañado, impidiéndome conocer la libertad. Ahora me sentía libre y mucho más ligero pero, a la vez, llevaba conmigo muchas más cosas que las que tenía al entrar en la caverna: maravillosos y valiosos tesoros, realizados con las reflexiones y los consejos del alma, que me transmitiese la Voz del silencio.

Cumpliendo con la condición de la Voz, decidí compartir dichos tesoros con todos aquellos que los quisieran aceptar; tan valiosos si son compartidos y aceptados pero, en cambio, carentes de valor si se quedan ocultos en el egoísmo y la mezquindad de quien los posee.
 

© 2014 - José Luis Giménez
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