La extraña enfermedad.

Había una vez un hombre muy rico y poderoso, el cual contrajo una terrible enfermedad. A fin de curarse de dicha extraña enfermedad, que lo estaba dejando sin salud, hizo llamar a los mejores médicos del mundo. El dinero no importaba, pues aunque fuese la medicina más cara del mundo, él disponía del suficiente dinero para pagarla.

Los mejores y más prestigiosos médicos de todo el mundo fueron visitando al poderoso personaje, sin que ninguno de ellos encontrase la causa de su extraña enfermedad. Conforme pasaba el tiempo, su salud cada vez era más precaria, y ni siquiera los doctores más optimistas se atrevían a diagnosticarle el tiempo que le quedaba de vida.

La desesperación del hombre rico llegó hasta tal extremo, que ofreció la mitad de todo lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.

Como era de esperar, la noticia corrió rápidamente por todas partes; lo que hizo que varios charlatanes y embaucadores intentasen conseguir lo que había prometido el hombre rico, aplicándole infinidad de cataplasmas, así como realizar todo tipo de hechizos y conjuros, basados en sofisticadas supercherías encaminadas a conseguir la ansiada recompensa. Pero todo fue de mal en peor.

Ya estaba casi entregado a su inminente final cuando, un anciano, llamó a su puerta.

—Buenos días, —dijo el anciano— ¿es Usted el que ha dicho que entregará la mitad de lo que posee a quien le cure de su enfermedad?
—Sí, ¿acaso Usted puede hacerlo…? —preguntó el hombre rico.
—No, yo no lo puedo curar… pero sé quién sí le puede ayudar… aunque sólo es una pequeña posibilidad…
—Pues, si sólo es una pequeña posibilidad… ¿Para qué viene a decírmelo…?
—¿Acaso tiene alguna otra alternativa mejor…?

El hombre rico se quedó pensativo, ciertamente el anciano tenía razón, ya no tenía ninguna otra opción… nadie había sido capaz de curarlo, así que, poco podía perder ya por intentarlo.

—¡Está bien! Le escucho… pero antes dígame… ¿Quién es Usted…?
—Podría decirle que soy un ángel… un enviado de Dios o cualquier cosa que le resultase impactante, pero no. En realidad soy alguien que en su día fue como Usted: arrogante, incrédulo, vacío… Pero bueno, dejaremos esto para el final, si no le importa. Le ruego que por ahora confíe en mí y atienda lo que le tengo que decir… En primer lugar, tendrá que dar a los pobres todo lo que posee, absolutamente todo lo que no haya conseguido con su propio sudor y esfuerzo.
—¡Pero eso es un abuso! ¿Cómo voy a dar todo lo que poseo…? ¡Y encima a los pobres! Todo lo que poseo lo he conseguido gracias a mi gran capacidad para negociar…
—¿Negociar…? —preguntó el anciano.
—¡Pues claro! Sepa Usted que yo poseo la mayoría de las acciones de las mayores empresas multinacionales energéticas. ¡Un valor continuamente en alza! Por eso he llegado hasta donde estoy ahora…
—Ya veo, ya veo… —contestó en voz baja el anciano— Y claro… Usted prefiere morir a perder esas acciones…
—¿Pero a Usted qué le pasa… está loco o qué, no entiende que no puedo quedarme sin nada? ¿De qué viviré si lo doy todo a los pobres…?
—¿Y cuánto tiempo cree que va a poder seguir viviendo en su actual situación…? —respondió el anciano.
—Pero Usted dijo antes que sólo había una pequeña posibilidad, ni siquiera me lo aseguró…
—Cierto… sólo es una pequeña posibilidad… pero aún la tiene. Usted alardea de su gran capacidad para negociar… pero no es capaz de saber valorar su actual situación contra el riesgo de perder sus acciones… y es más… ni siquiera se ha parado a pensar de que lo que ahora le sucede es consecuencia de sus anteriores actos…
—¿Qué quiere decir…? —insistió el hombre rico.
—Pues que Usted sabe que sus “negociaciones” no siempre fueron lo limpias que debieron ser… no le importó que para que su empresa multinacional consiguiese el contrato del gas y el petróleo de Irak, por ejemplo, se tuviera que llevar a cabo una cruel guerra donde muriesen miles de niños, mujeres, ancianos, enfermos e inocentes… Si quiere le menciono otros “actos mercantiles” llevados a cabo en beneficio de sus empresas…
—Está bien… —respondió el hombre rico a regañadientes— daré todas mis acciones a los pobres, pero antes quiero saber de qué manera me va a ayudar el hecho de desprenderme de todo lo que poseo.
—Me parece justo, —replicó el anciano— le contaré lo que probablemente sucederá…

—Pero eso llevará un tiempo… —replicó el hombre rico— y yo apenas dispongo de días… quizás semanas…
—No importa, —aclaró el anciano— sí acepta, su vida quedará en suspenso hasta que hayan transcurrido diez años en la Tierra. Mientras tanto, me acompañará a hacer un viaje por el mundo, hasta que llegue el momento de rendir cuentas. Entonces veremos si ha conseguido redimirse y merece ser curado.

El hombre rico hizo todo lo que le había indicado el anciano, dejando por escrito todas las instrucciones a su administrador y se dispuso a iniciar el largo viaje con el anciano.

—Bien, —dijo el hombre rico— ya está todo hecho tal como me ha indicado… ahora supongo que necesitaré varias maletas para realizar ese viaje tan largo…
—No, no va a necesitar ninguna maleta… simplemente tome mi mano y cierre los ojos…

El hombre rico tomó la mano del anciano y, nada más cerrar los ojos, notó como si un gran remolino de viento lo elevase hacia las nubes. Cuando los abrió de nuevo, ya no estaba en su casa. Todo el paisaje había cambiado, y ahora se encontraba en medio de un gran prado, lleno de colorido, entre el verde de la espiga del trigo y el rojo de la amapola.

—¡Esto es maravilloso! —exclamó el hombre— este paisaje me trae el recuerdo de mi niñez, cuando vivía con mis abuelos en Kentucky. Mi abuelo trabajaba la tierra con su viejo tractor John Deere, y cuando acababa la jornada, siempre me dejaba subir arriba con él… ¡Nunca podré olvidar esos años, fueron los más felices de mi vida!
—¿Qué fue de su abuelo…? —preguntó el anciano.
—Murió por culpa de no tener un seguro médico… —respondió entristecido y apesadumbrado— se puso enfermo antes de la cosecha, en casa apenas había dinero para las necesidades más básicas y mi abuelo se negó en redondo a que mi abuela hiciese uso de los pocos ahorros que tenían guardados para mis estudios…
—¿Y sus padres… no hicieron nada por él…?
—No tenía padres… murieron en un accidente cuando yo apenas tenía 2 años de edad… casi ni los recuerdo.
—Ya veo… Usted tuvo una infancia difícil… suerte que encontró en sus abuelos el cariño que le faltó de sus padres…
—Ahora me arrepiento de no haber obligado a mi abuela a gastar el dinero ahorrado para salvar a mi abuelo…
—No debe culparse, —repuso el anciano— Usted no sabía cuál iba a ser el desenlace…y aunque su abuelo fuese consciente de la situación, tampoco le habría dejado hacer uso de ese dinero. Ese dinero era la educación que no pudo tener su abuelo y que ahora le iba a servir a Usted…
—¿Pero de qué ha servido el sacrificio de mi abuelo…? —inquirió el hombre.
—Aún no lo sabemos… pero sigamos visitando lugares… —insistió el anciano, a la vez que le instó para que le volviese a tomar de la mano— tome mi mano y vuelva a cerrar los ojos…

De nuevo se repitió la experiencia del remolino de viento elevándolos hasta las nubes… y una vez más, cuando cesó el movimiento, el hombre volvió a abrir los ojos, esta vez ante un conmovedor y desalentador panorama.

Miles de cadáveres de personas, niños, mujeres, ancianos… todos aparecían muertos por las calles, en sus casas, en cualquier lugar donde fueron encontrados después de que el mortal gas compuesto por isocianato de metilo, dejara sin vida a una gran parte de los habitantes de la ciudad india de Bhopal. Después de sufrir una fuga tóxica de dicho pesticida, debido a la negligencia en materia de seguridad de la compañía Unión Carbide, que provocó la muerte de más de 6.000 personas en la semana del 3 al 10 de diciembre de 1984, y más de 12.000 en las semanas posteriores como consecuencia directa de la catástrofe que se saldó con un total de más de 600.000 personas afectadas, sin contar las miles de cabezas de ganado y de animales domésticos que también fueron afectados, dejando la zona seriamente contaminada por sustancias tóxicas y metales pesados que tardarían decenas de años en desaparecer. La planta química de Unión Carbide fue abandonada por dicha empresa, sin responder por todos los daños causados.

—¡Esto es espantoso…! —Exclamó el hombre— ¿quién ha podido hacer una cosa así…?
—Una de las empresas con las que Usted hacía buenos negocios... —respondió el anciano.
—¡Pero yo no soy responsable de esta catástrofe…! —insistió el hombre.
—De esa catástrofe no, pero de que apenas se “reparasen” los daños sí. ¿Recuerda cuanto pagaron sus compañeros directivos en concepto de indemnización según la sentencia del tribunal indio que los juzgó?
—No, no sé… lo que ocurrió…
—Pues bien, se lo voy a recordar… “El 7 de junio de 2010, el tribunal indio que juzgaba este desastre condenó a ocho directivos de la empresa a dos años de prisión y a abonar 500.000 rupias (10.600 dólares / 8.900 euros) a la delegación de la empresa en India”.
—¡Pero eso es una infamia…! —Replicó el hombre.
—Sí, evidentemente eso parece. Como ve, nuestras acciones, aunque no seamos conscientes de ellas, si tienen gran repercusión en los demás.
—Entiendo… —asintió el hombre, cabizbajo.
—Está bien… —Interrumpió el anciano— sigamos con el viaje…

Una vez más, el remolino de viento hizo su aparición, y ambos iniciaron su ascenso hacia las nubes.

—¿Dónde estamos ahora…? —Inquirió el hombre.
—Podríamos decir que estamos en el Limbo… aunque lo más apropiado es decir que estamos a la espera de lo que suceda en el futuro…
—¿Lo que suceda en el futuro…? No lo entiendo, ¿qué quiere decir…?
—¿Recuerda lo que le dije al principio… sobre lo de “rendir cuentas”?
—Sí, pero me dijo que eso sucedería transcurridos diez años…
—Exacto, diez años en la Tierra…
—Pero si apenas han transcurrido unas horas, quizás un par de días…
—Aquí sí, pero en la Tierra ya han transcurrido diez años…
—¿Cómo…?
—Nosotros no estamos en la Tierra… ¿No recuerda como hemos llegado hasta aquí…?
—No lo entiendo… Usted me quiere volver loco…
—Ja,ja,ja… tranquilícese amigo… ahora lo entenderá todo… Venga, acérquese a este monitor… ¿Ve esa escuela…?
—Sí,…
—Bien, a día de hoy en la Tierra, han superado los exámenes para ingresar en la universidad más 500 niños…  y ¿sabe lo mejor? Todos son alumnos que han conseguido tener unos estudios gracias a su “desinteresada” donación…
—¡Estupendo! Eso significa que me pueden curar, ¿verdad…?
—¡No tan deprisa amigo!, ¿recuerda lo de los diez niños salvados de morir por falta de medicinas u hospital?
—Sí, claro… pero después de diez años seguro que se han salvado más de diez… ¿no…?
—Pues no, aún no… precisamente faltan dos… hasta ahora se han salvado a ocho niños que hubiesen muerto con total seguridad si no se hubiese construido el hospital objeto de su donación… pero ahora tienen dos casos muy graves que requieren un tratamiento muy caro que no puede asumir el hospital…
—Pero yo doné suficiente dinero como para cubrir cientos de tratamientos…
—Sí, eso es cierto, pero las medicinas, desgraciadamente, y gracias al lobby farmacéutico, cada vez son más costosas…
—¿Y qué problema tan grave tienen esos dos niños que no lo puede resolver el hospital con sus medios…?
—Ambos necesitan un doble trasplante de pulmón y riñones, y posiblemente también de corazón… Como ve, la situación es muy crítica, y apenas queda tiempo. Pero antes que nada… quisiera que viese una parte del futuro de esos chicos… mejor dicho, del posible futuro…
>¿Ve a ese doctor que está hablando delante del auditorio…? pues es uno de los dos niños que están a punto de morir si no se les realiza el trasplante a tiempo. Ese doctor tiene la cura del cáncer y otras enfermedades en sus manos… si sobrevive al trasplante… y ahora mire a ese otro hombre, el que está hablando ante la tribuna del Congreso, está proponiendo nuevas leyes, más justas, sociales y democráticas… pero claro, como ya le he dicho, todo eso, ahora, no es más que una pequeña posibilidad…
—¿Para qué me ha mostrado ese posible futuro… que ni siquiera sé si se va a producir…? —Recriminó el hombre— Si como dice, ya no hay tiempo, ellos morirán y yo también, pues no se habrá llegado a la cifra de diez niños salvados… ¿no es así?
—Sí, cierto. Así es…
—Yo ya no puedo salvarme… no hay tiempo… —intercedió el hombre.
—Cierto…
—Pero puedo intentar una cosa…
—Usted dirá…
—Puedo dar mi cuerpo para que realicen ese trasplante que necesitan y se salven esos dos niños… ¿puedo…? Ya sé, es una pequeña posibilidad, pero como Usted dijo, ahora sólo tienen esta posibilidad.
—Creo que sí, que se podrá arreglar. Bien, prepárese para bajar a la Tierra, irá directamente al hospital y allí cumplirá su último deseo.

La operación de trasplante fue todo un éxito. Ambos niños se recuperaron perfectamente y siguieron una vida saludable, permitiéndoles acceder a la universidad y licenciarse en medicina y ciencias políticas respectivamente.

El anciano, esperó pacientemente a la llegada del nuevo ayudante…

—Pero… ¿Cuándo me van a bajar a la Tierra para el trasplante…? —insistió el hombre rico.
—Ja,ja,ja… ya hace días que se realizó el trasplante querido amigo. Ahora estás aquí por mérito propio, no tienes que rendir más cuentas, pues las has saldado de sobras… aunque, si te apetece, me puedes echar una mano… —le insinúo el anciano, mientras le sonreía y a la vez que le tuteaba.
—¿Y qué tengo que hacer…?
—Mira… ahí llega un nuevo mensaje de ayuda… léelo y dime que pone…
—“Soy hombre muy rico, necesito cura para mi extraña enfermedad, daré una importantísima suma de dinero a quien pueda curarme”.
—Pues ahí tienes tu primera misión.

 

© 2014 - José Luis Giménez
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