LA LUZ
El siguiente relato es tan auténtico como el sol que nos alumbra. Extraño
como todo lo que se nos escapa a nuestro raciocinio. Sucedió en Sabadell
hace una treinte-na de años, concretamente en el barrio de la Creu
de Barberà. Los afectados fueron unos familiares muy allegados, unos
seres muy queridos. Eso me garantiza, sin nin-guna duda, la certeza de los
hechos. Lo que no está tan clara es su explicación. Por lo menos
su explicación racional... Esa explicación racional que buscamos
a los hechos.
Que cada cual saque sus propias conclusiones.
El hombre se frotó varias veces los ojos.
No podía dar crédito a lo que veía. Debía ser
fruto de su imaginación. Sí, seguro que se trataba de una alucinación.
Los cerró durante unos segundos. En ese tiempo suspiró para
que cuando los volviese a abrir aquella imagen hubiese desaparecido para siempre.
Por unos instantes creyó que su anhelo se vería cumplido. Durante
ese intervalo quiso autoconvencerse de que todo se debía a una falsa
visión, a un reflejo de la oscura noche que se cernía sobre
la ciu-dad.
Sí, debía ser consecuencia de aquellas horas donde los objetos
adquieren nue-vas formas, otras dimensiones. Tiempo en que la mente se libera
de la opresión a la que se ve sometida durante los ajetreos cotidianos
y vuela a su libre albedrío. Sí, de-bía tratarse de un
espejismo. No podía ser otra cosa. Seguro que ya habrá desapareci-do,
se dijo.
Sin embargo, a su pesar, pronto salió del error. La visión no
se había difumina-do. Seguía activa, repleta de una extraña
energía, desafiante e incitadora. Preso de la agitación no lo
dudó más. Despertaría a su mujer que dormía con
placidez a su lado, ajena a sus inquietudes y a sus miedos..
- ¡Rosario, Rosario!... ¡Despierta!
Con la mano izquierda agitó el cuerpo de la mujer. Primero con suavidad,
luego con más energía.
- ¿Qué ocurre? - le preguntó somnolienta, y de mala gana,
tras ser arrebatada del mundo de los sueños.
- ¿Ves lo mismo que yo? - interrogó el marido con la voz trémula,
y eso que era un hombre de carácter fuerte que no se acobardaba con
facilidad. De ello había dado prueba mil veces a lo largo de su vida.
La esposa abrió los ojos en la oscuridad. En la estancia no tardó
en retumbar un grito desgarrador. Una exclamación que emanaba de lo
más profundo de las entrañas. Un chillido imposible de fingir
hasta para el actor más experimentado.
- ¿Qué es eso? - la dicción sonó aterradora.
Una luz en forma de ojo, aunque cuatro veces superiores en tamaño,
se paseaba por las paredes del dormitorio. De izquierda a derecha, de derecha
a izquierda, de arriba abajo, de abajo arriba... Ahora su recorrido la llevaba
encima de la cama, luego hacia la almohada...
El emplazamiento de la habitación en la parte interna de la vivienda
hacía im-posible que aquella aparición fuese fruto de algún
reflejo del exterior.
La esposa quiso desprenderse de aquella visión que le atemorizaba,
de aquella extraña fosforescencia que por alguna insospechada razón
había penetrado en el hogar familiar para romper la serenidad de la
noche, el sosiego de una gente trabajadora que sólo aspiraba a subsistir.
"¡Ahora no la veré!", pensó cerrando con fuerza
los párpados convencida del éxito de su estratagema. Casi al
instante percibió de una forma clara y rotunda una señal. No
sintió daño. ¡No! Fue como si aquella sorprendente...
¿Cómo definirla?... presencia le hubiese leído el pensamiento
y se lo manifestase con su leve toque.
- ¡Jesús! Me ha dado un golpe en la frente - le indicó
a su marido con voz llo-rosa.
Los corazones de aquellos dos seres palpitaba a una velocidad de vértigo
ante lo desconocido. Sus pensamientos se dirigieron hacia las alturas implorando
protec-ción divina. No en vano siempre habían tenido fe en la
existencia de Dios y en la figu-ra de Jesucristo. En esos momentos solamente
desde las alturas podían recibir auxilio.
En la habitación contigua, Joaquín, el hijo de diecisiete años,
escuchaba los comentarios de sus padres con un terror que le impedía
articular palabra. Él no veía la insólita luz pero tenía
el convencimiento de que los sucesos que estaban ocurriendo en el dormitorio
de sus mayores se escapaba de cualquier razonamiento humano. Se arre-bujó
temblando bajo las sábanas y se tapó los oídos con las
manos. Deseaba desconec-tarse de todo, no escuchaba nada. Suplicó para
que pronto llegase el nuevo día y rom-piese aquel maleficio, para que
la potente luz solar retornase las cosas a la normali-dad...
Durante el día siguiente ninguno se podía quitar de la cabeza
lo sucedido. Te-mían que llegase de nuevo la noche. Sobre todo temían
que llegase la hora de irse a dormir.
Sí, aquel día no deseaban irse a dormir.
¿Por qué el día no tendría cincuenta horas?
Alargaron al máximo ese momento. Apuraron los programas de la televisión.
Rosario miraba a Jesús, Jesús miraba a Rosario. Sus miradas
decían más que las pala-bras. Al final no hubo ninguna demora...
Se desnudaron, se metieron en la cama Y...
Se repitieron los hechos de la noche anterior.
Aquella noche nadie durmió en aquella casa. Cuando desapareció
la enigmática luz los nervios no lo permitieron. De nuevo los interrogantes
los asaltó. ¿Qué era aquella luz que ya llevaba dos noches
visitando la habitación?
Desconocían la respuesta.
Los hechos se repitieron una y otra noche durante varios días. No sabían
qué hacer o dónde buscar ayuda. Una ayuda que no te podían
dar las páginas amarillas. Una ayuda que tampoco te podía dar
Internet. Internet no porque en esa época todavía quedaba lejos.
Sólo sabían que no podía vivir en ese malvivir. No podían
seguir sin apenas conciliar el sueño. Eso les hacía estar todo
el día malhumorados. Además no se atrevían a comentárselo
a nadie por temor que los tomasen por locos.
Por fin se decidieron contarlo. No podían aguantar más la situación.
La confi-dente fue su cuñada Carmen. En realidad se llamaba Juana pero
desde pequeña todo el mundo la conocía con el nombre de Carmen.
Historias familiares. Ésta les aconsejó que acudiesen a una
curandera-vidente que en aquella época tenía una fama que había
traspasado la comarca.
Fueron a visitarla.
Vivían en un barrio humilde. Su casa casi se caía de vieja.
Las paredes descon-chadas y olor a humedad en todas las habitaciones. Las
imágenes de Jesucristo, Vír-genes y Santos abundaban en la vivienda.
En la sala de espera se agolpaban personas de todas las edades y sexos. Debieron
esperar casi dos horas. Por fin, les tocó el turno. La edad de la mujer
rondaría los setenta años. Su cabello blanco como la nieve.
Y una delgadez extrema. Hablaba de forma pausada, y se movía con una
lentitud casi majes-tuosa.
- No todo el mundo tiene la suerte de que se le aparezca una luz que procede
de Dios...
Les indicó la mujer después de conocer el problema que llevaba
allí a la pareja. Ello no les tranquilizó. Fuese o no una luz
divina ello no dejaba de ser un hecho fuera de lo normal. Por lo menos lo
que entendían por normal. Se consideraban una familia trabajadora,
muy trabajadora, que no aspiraban a visitas que se escapaban a la com-presión
humana.
- ¿Tienen pendiente de cumplir alguna promesa?
Jesús y Rosario se miraron. Sí, tenían un tema pendiente
desde hacía bastante años. Antes de nacer su segundo hijo, el
mediano, el padre hizo la promesa que si era niño (ya tenían
a una niña, María Rosa) le llevaría seis velas a la Virgen
de la Salud, patrona de Sabadell.
Y nació un niño.
Meses después ese niño enfermó de gravedad. Su vida pendía
de un hilo. Mu-chos médicos lo dieron por desahuciado. La madre hizo
la promesa de que si sanaba encendería seis velas a la Virgen de la
Salud.
Y el niño se curó.
Pero el tiempo fue pasando y las dos promesas habían quedado incumplidas.
Arrinconadas. Aguardando ese momento. Momento que no llegaba nunca. El trabajo,
la vida, cotidiana...
- La luz divina es el recordatorio de las promesas incumplidas. Cúmplanlas
y, si puede ser, que les acompañe su hijo. El que motivó las
promesas.
Al día siguiente Jesús padre, Jesús hijo y Rosario se
personaron en el Santuario de Nuestra Señora de la Salud. Santuario
emplazado en las afueras de la ciudad. Entre los tres encendieron las doce
velas y rezaron unas oraciones. Los padres pidieron per-dón por la
demora en el cumplimiento de lo prometido. Confiaban que su bondad los perdonase.
Por la noche Jesús y Rosario se acostaron expectantes. Confiaban que
aquella luz que se movía por la estancia noche tras noche ya no regresara.
Les costó dormir pero al final el sueño los venció.
Aquella noche no apareció la luz.
Aquella noche ni ninguna otra.
Jamás volvieron a ver interrumpidos sus sueños por una presencia
extraña.
Esa luz abandonó sus vidas igual que había llegado.
JESÚS CAUDEVILLA PASTOR
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