La Madre


Apenas había cumplido dieciséis años cuando, María, fue madre por primera vez. Sus grandes ojos abiertos, y negros como el azabache, no dejaban de contemplar tanta belleza, contenida en aquél pequeño ser que acababa de traer al mundo.

Le bastó un solo instante para olvidar tanto sufrimiento, tantas horas de espera, para tener por fin en su brazos a aquél niño que acababa de nacer, y por el que ya estaba dispuesta a dar su vida si fuese necesario.

María apenas tuvo ayuda de nadie, era huérfana y, como tal, tuvo que aprender como mejor supo a sobrevivir. Esa situación la llevó a recorrer cientos de caminos, cientos de lugares en dónde encontrar acogida para poder dar a luz a su pequeño en mejores condiciones de las que ella le podía ofrecer, pero la gente era desconfiada… pensaban que si una mujer tan joven, una adolescente, estaba embarazada y se encontraba sola en la vida, no debería ser buena persona y seguro tendría mala reputación, así que todos la rechazaban, nadie quiso apiadarse de ella, ni del hijo que llevaba en sus entrañas.

Fue así como María se vio sola y desamparada en la noche; una fría y negra noche de invierno, en mitad de un camino a ninguna parte, y con su hijo recién nacido en sus frágiles brazos, apenas protegido por la larga y abundante melena de María, que le servía de abrigo al niño.

Todo lo sucedido ahora ya no importaba a María, en estos momentos tenía en sus brazos a su hijo, a su carne de su carne, sangre de su sangre; y nada ni nadie la apartaría de él.

Pero la noche se fue haciendo cada vez más negra y fría, y el niño empezó a llorar y a tiritar de frío.

—¿Qué te ocurre mi niño… por qué lloras y tiritas tanto? —se preguntaba María.
—¡Tengo que encontrar un refugio pronto, para que pueda proteger a mi hijo del frío…! —se propuso María.

Y empezó a caminar en la oscuridad de la noche, contra un viento cada vez más gélido, y soportando los grandes copos de la copiosa nieve que había empezado a caer.

No había caminado más de una hora cuando, el niño, dejó de tiritar; parecía que le ocurría algo grave, pero María no era capaz de entender que estaba ocurriendo, sólo veía que el cuerpecito de su hijo estaba muy frío y que parecía que ya no respiraba…

—¡Por favor, Dios mío… ayúdame! —gritaba María al cielo.
—¡No dejes que muera mi hijo! ¡Te daré todo lo que me pidas…!

No transcurrió más de unos instantes cuando, una zorra, se le acercó y le dijo:

—Veo que tu hijo se está muriendo de frío… yo puedo ayudarte dándole calor al niño, pero a cambio me tienes que dar tu hermosa cabellera…

La madre no lo pensó dos veces, y de un tajo, se cortó su larga y hermosa cabellera, para dársela a la zorra y, que ésta, protegiese a su hijo del frío, dándole calor.

Siguieron caminando, con la esperanza de llegar hasta el próximo lugar habitado, donde María podría encontrar refugio para ella y su hijo pero, el fuerte viento, había destrozado el puente de madera que cruzaba el río, por lo que María cayó de nuevo en la desesperación…

—¡Dios mío, por lo que más quieras, no permitas que mi hijo muera aquí, ayúdame a cruzar este río!

Nada más acabar de decir la súplica, María escuchó una voz que salía de la zarza que tenía a su lado…

—Yo puedo ayudarte a cruzar el río, pues mis ramas y mis hojas pueden alargarse hasta la otra orilla, y llevarte a ti y a tu hijo sanos y salvos… pero, hay una condición…

—Dime, qué debo hacer… —respondió la madre.
—Antes de cruzaros a la otra orilla, me deberás entregar tus ojos, que yo te arrancaré con las espinas de mis ramas…
—¡Que así sea! —respondió la madre— pero crúzanos hasta la otra orilla…

María y el niño fueron cruzados por la zarza hasta la otra orilla, pero cuando ya estaban allí, María no sabía por dónde seguir, pues sin ojos, ya no veía el camino.

—Dios mío, ayúdame, no permitas que mi hijo muera aquí, permíteme llevarlo hasta un hogar donde lo cuiden y lo quieran…!

De nuevo, María escuchó una voz que le hablaba… era el lobo, que se ofrecía a llevar a su hijo sano y salvo hasta el próximo pueblo, donde sería recogido y atendido tal como ella había solicitado.

—¡Gracias, muchas gracias…! —Repetía María al lobo— Pero… ¿tú qué me pides a cambio…?
—¡Tu vida! —exclamó el lobo.
—¡Tómala! —dijo la madre— pero salva a mi hijo.

El lobo le arrancó la vida a María de un certero mordisco, y tomo al niño, llevándolo hasta el próximo pueblo, donde lo dejaría en la puerta de la iglesia.

A la mañana siguiente, las campanas de la iglesia repicaban llamando a los parroquianos, pues aquél niño que apareció en el pórtico de la iglesia era motivo de alegría para un pequeño pueblo donde hacía muchos años que no habían nacido niños. Acordaron que sería adoptado por el médico del pueblo, quién hacía poco más de un año, había perdido a su único hijo en una fatídica noche del invierno pasado, donde una gran tormenta hizo caer un gran árbol sobre el niño, dejándole sin vida.

El cura, aquel día hizo una homilía especial, dando gracias a Dios por haberles traído a aquél niño, sin querer juzgar los motivos que le llevaron a su madre a abandonarlo en la puerta de la iglesia.

La verdad es otra, pero eso sólo lo sabemos tú y yo.

 

A mi madre Angelita, que lo leerá desde el cielo, y a todas las madres.

 

© 2014 – José Luis Giménez
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