La reflexión

Un buen día, Dios, se puso a reflexionar, pues se sentía abatido. A pesar de haber puesto todo su corazón en la creación del Ser humano, éste no estaba actuando como él esperaba. Se culpaba a sí mismo de haberle otorgado el raciocinio y el libre albedrio, pues en vez de utilizarlo únicamente para hacer el bien, lo estaba utilizando para subyugar y esclavizar tanto a los demás animales de la Creación, como al propio Hombre.

Estaba decidido a deshacer su gran obra, pues él no había creado al Hombre para que éste fuese el esclavo de sí mismo, sino el complemento de Dios, la parte material y física que precisaba para poder experimentar en la Tierra.

Se dijo para sí, "haré que una gran hecatombe acabe con toda la humanidad, pues no han correspondido tal como se esperaba de ellos".
Mientras estaba pensando cómo y cuándo llevar a cabo la extinción del Hombre, se le acercó un ángel muy joven, que acababa de visitar la Tierra, pues había sido invocado por un niño, el cual le ofreció su propia vida, a cambio de salvar a su madre de una grave enfermedad que estaba a punto de producirle la muerte.

—Dios…, —le dijo el ángel— ¿he de aceptar la vida de un niño inocente, que la ofrece para salvar a su madre… que está a punto de fallecer a causa de una grave enfermedad?

Dios miró al joven ángel y le preguntó:

—¿Quién es ese niño que te ha ofrecido su propia vida a cambio de la de su madre…?
—Es aquél niño que nació ciego, Señor… y al que su madre le contaba cómo era todo lo que sus ojos no podían ver…

Dios se quedó pensativo y no pudo evitar derramar unas lágrimas. Había sido Él precisamente, quien decidió que ese niño naciera ciego, para ver hasta qué punto era capaz de ver lo más hermoso de la vida.

Miro de nuevo al ángel y le dijo:

—Ese niño me ha dado la respuesta que buscaba. Baja de nuevo a la Tierra y acepta su trato, a cambio de que su madre viva, él dedicará toda su vida a cuidar de la Tierra, será justo y guiará a los que aún siguen ciegos, para que puedan ver, como él ahora ve.

El ángel bajó  a la Tierra y cumplió lo ordenado por Dios, devolviéndole la vista al niño ciego y curando a su madre de la grave enfermedad. El niño se convirtió en un gran sabio, que ayudaba a los demás a encontrar el camino correcto de la vida y, Dios…, Dios, se dio cuenta de que, a veces, no hay que precipitarse en juzgar a nadie y concederle siempre una segunda oportunidad.

 

 

© 2014 - José Luis Giménez
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