La tumba que habla.

Había una vez un viejo pueblo, donde los vecinos, a pesar de no ser más de cien habitantes, apenas hablaban entre ellos, por lo que casi parecían ser desconocidos, ya que casi nadie sabía nada de nadie. Y a pesar de que pudiese parecer que no se hablaban porque no se llevaban bien, en realidad nunca habían tenido ninguna discusión importante entre ellos; lo que ocurría era que la tradición de no hablarse entre las diferentes familias del pueblo, ya venía de mucho atrás… se decía que ya desde los abuelos, tal o cual familia, no se hablaba con otros, y así, sin saber el porqué, al final, apenas se hablaban unos pocos.
Un día, apareció un anciano de barbas blancas en el pueblo. Fue preguntando a unos y a otros sobre determinados lugares que el anciano quería visitar, pero decía desconocer su localización. Fue así como, poco a poco, el anciano consiguió que la gente hablase algo, aunque sólo fuese para indicar el lugar al que deseaba ir el anciano.
 Pasados unos días, ya mantenía una fluida conversación con varias personas a la vez, algo inusual para aquellas gentes, que veían en el anciano a un simpático personaje sacado de un cuento.
Y fueron pasando los días, las semanas y los meses. El anciano ya había conseguido que los vecinos hablasen entre ellos, lo que provocó que el ambiente del pueblo cambiase totalmente, al pasar de ser un lugar triste a otro alegre, donde todos los vecinos se saludaban por las mañanas y se interesaban los unos por los otros.
Una fría mañana de invierno, el anciano ya no salió a pasear por el pueblo, lo que extraño a los vecinos, quienes siempre esperaban verlo aparecer para saludarlo y charlar con él un rato, pues al anciano, le gustaba contar muchas historias a sus vecinos, lo que hacía las delicias de éstos, al conocer datos e información sobre otros lugares que la mayoría de ellos no conocían.
Al principio, algunos achacaban la ausencia del anciano al frío reinante en las calles del pueblo y que por ese motivo había preferido quedarse en su casa, pero conforme pasaron dos días más sin verlo, ya empezaron a preocuparse, por lo que acudieron a su humilde cabaña, para saber si se encontraba bien.
Cuando entraron en la casa, vieron al anciano sentado y apoyado con las manos y la cabeza sobre la mesa. Rápidamente intentaron reanimarle y llamaron al médico, pero éste les confirmó a los vecinos lo que todos temían: el anciano había muerto hacía dos días.
Encima de la mesa encontraron una nota del anciano que procedió a leer el médico en voz alta:


“Mis queridos amigos y vecinos:
Siento que apenas me quedan fuerzas para continuar este camino de la vida, pero no quisiera marcharme sin antes agradeceros vuestra amistad y el respeto que siempre me habéis demostrado.
Vosotros no lo sabíais, pues habían pasado muchos años cuando, siendo apenas un adolescente, me tuve que marchar de este pueblo, en busca de nuevas experiencias, pues mi ansia de conocer y de aprender eran tan grandes, que decidí irme a la aventura.
Cuando regresé a este pueblo, hace ahora seis meses, ya no reconocí a nadie de entonces, ni tampoco había nadie que me reconociera, por eso no dije nada hasta este momento.
No me arrepiento de nada, pues, fue gracias a aquella decisión, que conocí mucho mundo; viajé hasta lugares que ni siquiera había visto dibujados en el mapa de la escuela y aprendí muchas cosas, pero sobre todo, aprendí que una sola persona puede conseguir grandes cosas si pone toda su fe y empeño en ello, pero también que, si las personas se unen para conseguir un objetivo común, no habrá nada ni nadie que lo pueda impedir.
Y es por eso que, antes de marcharme, antes de que la muerte me impida decíroslo, os quiero pedir un último favor:
Y es que, cuando me encontréis ya sin vida, enterradme junto a la tumba que hay en la pared blanca del cementerio, al lado del ciprés, pues allí descansan los restos de mis padres y, una cosa más: ya sé que os puede parecer una tontería de un “viejo chocho”, pero os quedaría muy agradecido si, de vez en cuando, vinierais a visitarme a mi tumba, y me dejaseis una nota sobre la lápida, donde me expliquéis cómo os va la vida… sí, sí, ya sé… pensaréis: “este viejo chocho no sabe lo que dice…” pero os lo pido como un favor que intentaré pagaros desde el Más Allá.
¡Ah! Se me olvidaba… en la cajita de madera que hay en la hornacina, he dejado todo el dinero que conseguí ahorrar para entregárselo a mis padres, pero como ellos ya no están y no tengo ningún heredero más que vosotros, mis queridos amigos y vecinos, os pido que lo empleéis en hacer el bien.
Creo que habrá suficiente para todos, pues me estuve informando de lo que necesitabais cada uno de vosotros, y más o menos, creo que después de hacer lo que ahora os pido, aún quedará algo para mi humilde tumba.
Lo primero que hay que hacer, y esto va para usted Doctor, es llevar a María, la hija del zapatero, al hospital, para que la operen y le pongan las dos piernas a la misma altura, pues aunque María es muy guapa y buena chica, los chicos inconscientes se burlan de su ligera cojera.
A Jacinto, el cartero, le dejo para que se compre esa motocicleta que tanta falta le hace, pues sé cuánto duele caminar durante horas, cargado con el saco del correo, teniendo mal los huesos como tiene.
Para Juanito, el hijo de la señora Alfonsina, le he dejado abierta una cartilla en el banco, con el dinero que necesitará para pagar sus estudios de medicina, ya que al quedarse viuda su pobre madre, apenas le alcanza para llegar a final de mes y tal como están las cosas, no puede pagarle los estudios a su hijo. Y aunque ahora tenemos a un excelente doctor, llegará un momento en que necesitaréis otro tan bueno como el Dr. Don Matías.
Sí, sí… ya sé Don Anselmo, no me he olvidado de su iglesia… ya sé que tiene goteras y que cuando llueve se moja uno más dentro que fuera… también he dejado en el banco una cantidad suficiente para que pueda repararla y atender a las buenas gentes, como viene haciendo. Y no crea que lo hago para que me perdone ningún pecado; si yo no acudía casi nunca al oficio de la misa, es porque yo no necesito hacer eso para sentir a Dios dentro de mí, pero sé que usted hace todo lo que puede por ayudar a las personas más necesitadas que acuden a pedirle ayuda, ¿y quién mejor que un cura rebelde con las injusticias, para repartir lo poco que hay entre los más necesitados?
Y en fin, mis queridos amigos y vecinos, espero no haberos importunado con mis historias, pero deseo que sigáis comunicándoos y ayudándoos entre vosotros, pues un Pueblo no es un lugar, un Pueblo, son sus gentes."


Y así, cumpliendo con la voluntad del anciano, se hicieron todas las cosas que dejó escritas y, algo muy importante: desde entonces, los amigos y vecinos acuden a su tumba, donde le dejan notas escritas contándole cómo les va la vida.
Los que allí acuden, dicen que, desde entonces, algo o alguien, hace que las necesidades que se describen en las notas, sean cubiertas, como si de una oficina de milagros se tratase. Y aunque algunos ya empiezan a creer que se trata de milagros realizados por la intercepción del anciano, otros, piensan que seguramente se trata de la bondad de otros vecinos que, al leer las notas allí dejadas, ayudan a los más necesitados de una manera anónima.
La verdad es que, sea como fuere, la tumba del anciano, es conocida como la tumba que habla y, ya puestos a aceptar su intercepción desde el Más Allá, ¿qué importa quién haga los milagros?

 

© 2014 - José Luis Giménez
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