La vanidad

Había una vez un gran ingeniero, el cual, era capaz de crear los mayores artilugios o las máquinas más sofisticadas que jamás se hubiesen creado por el Hombre. Tal era su capacidad de creación, inventiva y diseño, que llegó a construir una réplica exacta de sí mismo.

Construyó una docena de clones, tan perfectos, que era imposible descubrir cuál era el original y cuál la copia.

Y sucedió que la Muerte acudió en su búsqueda pero, cuando tuvo que escoger cuál de los doce era el original, a fin de llevárselo con ella, no supo distinguirlo.

El ingeniero, una vez que la Muerte no fue capaz de reconocerlo, rompió a reír a carcajadas, diciendo que la Muerte jamás sería capaz de descubrirlo, por lo que sería inmortal.

La Muerte reconoció que aquél mortal había sido muy hábil y astuto, al intentar burlarse de ella, pero hasta entonces, nadie había conseguido burlar a la Muerte.

Así que volvió en busca del ingeniero y les pidió que se pusiesen todos juntos, uno al lado del otro.

Les hizo todo tipo de preguntas, y cada uno de ellos sabía exactamente todas las respuestas por lo que, al final, la Muerte exclamó:

—¡Felicidades ingeniero! Has conseguido burlarme, no soy capaz de reconocer cuál de entre todos tus clones, es el original. ¡Has hecho un magnífico trabajo!

—¡Gracias! —respondió de inmediato el ingeniero, sin darse cuenta de que, con su respuesta, acababa de delatarse ante la Muerte.

Y es que la vanidad y el ego suelen ser tan fuertes en los hombres, que son la principal causa de su caída.

 

© 2015 José Luis Giménez
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