Las enseñanzas


Las enseñanzas, por muy bien expuestas que estén, no siempre consiguen sus objetivos: evitar un daño mediante el aviso, o servir de guía en aspectos difíciles y complicados de la vida.

En la historia que voy a narrar a continuación, la mejor enseñanza, fue el modo en que se tomó consciencia del error cometido.

Había una vez un padre muy bondadoso, el cual se había quedado viudo a causa de la muerte de su esposa en el momento en que dio a luz a su primer hijo, motivo por el que se volcó totalmente en la educación de su primogénito. Amaba tanto a su único hijo que, cada día,  le explicaba las diferentes situaciones por las que se podría encontrar en la vida, aportándole los diferentes consejos que él consideraba debería realizar llegado el momento.

El padre, veía como su hijo iba creciendo y actuando correctamente, según él mismo le había inculcado. Pocas veces tuvo que imponerle un castigo pero, cuando el padre lo creyó necesario, su hijo fue castigado; a fin de que aprendiese “la lección”.

Un día el padre tuvo que ausentarse de su casa, pues sus negocios en el extranjero reclamaban su atención, así que llamó a su hijo y le dijo:

—Alberto… hijo mío, no tengo más remedio que ausentarme durante unas semanas, para resolver un problema que ha surgido en otro país donde había exportado mis mercancías. Te dejo a cargo de la casa, pues es todo lo que tenemos y confío en que sabrás actuar correctamente, tal como te he inculcado.

—Sí, padre, descuida, márchate tranquilo, que sabré cuidar de nuestra casa.

El padre se marchó tranquilo, confiando en que su hijo sabría actuar correctamente y cuidar de la casa.

Al cabo de unos días, cuando Alberto se hallaba adquiriendo víveres en el colmado del pueblo, se encuentra con unos conocidos de éste, que había visto alguna vez por el lugar. Le dicen que están comprando bebidas para una gran fiesta que están organizando y que por qué con se va con ellos. El muchacho duda por unos instantes, pues hacía mucho tiempo que no había salido con otros chicos a divertirse, pero recuerda las palabras de su padre y les dice que no puede ir con ellos, pues a pesar de que le gustaría ir, tiene que cuidar de la casa, ya que su padre está de viaje.

Los otros muchachos se miran unos a otros… comprenden que es una buena ocasión para organizar la fiesta en casa de Alberto, e insisten diciéndole que había una manera de poder asistir a la fiesta sin dejar de cuidar de la casa.

—¿Ah sí? ¿Cómo puedo estar en la fiesta y cuidar de la casa a la vez?
—¡Pues muy sencillo… —responde el que parecía ser el cabecilla del grupo— hacemos la fiesta en tu casa…
—No, no… —responde Alberto— a mi padre no le gustaría…
—¡No seas gallina…! —le inquiere el cabecilla— tu padre no se va a enterar, además… vendrá Isabel, aquella chica que te gusta tanto…

Al oír el nombre de Isabel, a Alberto le cambió el semblante. Esa chica le había robado el corazón, pero debido a su timidez, Alberto, nunca se atrevió a declararle su amor, a pesar de que su actitud con ella era tan evidente, que todos se habían dado cuenta de los sentimientos de Alberto hacia Isabel.

—Está bien… —dijo Alberto con voz entrecortada— pero me tenéis que prometer que no estropearéis nada…

Los chicos se miraron y sonrieron mutuamente; el plan de Isabel había funcionado.

—¡Muy bien Alberto! —dijo el cabecilla— verás que bien lo vamos a pasar… iremos a tu casa dentro de dos horas, danos tiempo para avisar al resto… ¡y a Isabel, claro, jejeje…!

Alberto se marchó a su casa, ilusionado por un lado, por saber que iba a ver a Isabel, y quizás en esta ocasión podría declararle su amor, pero preocupado por otro, pues sabía que su padre le había advertido de los peligros de llevar a desconocidos a casa, ya que al fin de cuentas, solo los conocía de haberlos visto en el pueblo.

Y llegó el momento, apenas habían transcurrido las dos horas, cuando el hall de su casa se llenó de chicos y chicas que habían venido a la fiesta.

El cabecilla del grupo venía acompañado de Isabel, y nada más llegar ante Alberto, se presentó diciéndole:

—¡Hola Alberto! Mira quien ha venido a tu fiesta…
—¡Hola Alberto! —Dijo Isabel, a la vez que mostraba una amplia sonrisa.
—Hola Mikel, hola Isabel… —respondió Alberto, con su característica media voz.

A partir de ese momento, Alberto ya no tenía ojos para nada más que para Isabel. Parecía como si nada de lo que sucedía a su alrededor le importase. Y así transcurrieron las horas… hasta que, sin saber cómo, entró en un profundo sueño.

Alberto no podía sospecharlo pero, en realidad, lo que querían esos chicos no era hacer una fiesta es su casa, sino aprovechar la ingenuidad de Alberto y el hecho de que no estaba su padre, para saquear la casa.

Cuando Alberto despertó al día siguiente, el fuerte dolor de cabeza que sentía apenas le permitía recordar lo ocurrido el día anterior, era como si se hubiese emborrachado y hubiera perdido el conocimiento.

Pero eso no sería lo peor. Cuando consiguió situarse, miró a su alrededor y observó horrorizado como su casa estaba completamente vacía… únicamente un par de sillas rotas y algunos restos de muebles que aún podían reconocerse, era todo lo que habían dejado en la casa.

—¡No puede ser, no puede ser…! —Repetía una y otra vez Alberto, mientras se llevaba las manos a la cabeza.
—¿Qué le voy a decir a mi padre cuando vuelva…?

Fue tanta la impotencia que sintió Alberto, que lo único que pudo hacer es llorar, y llorar… Y así estuvo durante horas, hasta que tomó una decisión… decidió marcharse de allí y buscar un trabajo, para poder reunir el dinero suficiente hasta poder regresar y devolverle a su padre todo lo que le habían robado.

Pasaron los años, y Alberto nunca olvidó la promesa que se hizo a sí mismo. Cuando llegó el momento en que creía que ya había reunido el suficiente dinero como para devolverle a su padre todo lo que le robaron, regresó a su pueblo, a la casa de su padre, pero allí ya no vivía su padre. Le atendió un amable matrimonio quien le contó a Alberto lo único que sabían del dueño anterior.

—Verás muchacho —le dijo el hombre de la casa— nosotros vinimos a este pueblo hace ahora 10 años y le compramos esta casa a un hombre que estaba enfermo, llevaba más de cinco años buscando a su hijo, que había desaparecido sin dejar rastro alguno, y ya sólo le quedaba la casa por vender para conseguir el dinero que le permitiese seguir buscando a su hijo. Realmente nos impresionó mucho ver cuánto amaba ese padre a su hijo.
—¿Saben dónde está ahora ese hombre…? —preguntó Alberto, con lágrimas en los ojos.
—Sí, —respondió el hombre— pero desgraciadamente ya no podrá contarte nada, hace un mes que murió… unos dicen que fue por estar muy débil… pero yo creo que se murió de pena. Está enterrado en el cementerio que hay junto a la iglesia del pueblo.

Alberto había tardado más de diez años en darse cuenta de que lo más importante en la vida no es actuar como quieren los demás; para así agradarles. Lo más importante, es estar siempre al lado de la persona que amamos, sin importar el coste material, pues lo material es caduco y su valor es efímero, mientras que el amor nunca desaparece, por muy complicada que sea nuestra vida.

 

© 2014 - José Luis Giménez
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