La medicina del alma.


Había una vez un buen padre, siempre estaba trabajando, pues quería que a sus hijos no les faltase nada primordial para poder llevar una vida digna, así que apenas le quedaba tiempo para compartirlo con su familia, y lo que era peor, ni siquiera le quedaba tiempo para él mismo.

Pero aquél padre sabía lo que era vivir en las más completa pobreza, con escasez de las necesidades más básicas, con total sencillez y austeridad, pues él tuvo que sobrevivir a una guerra, y después a la postguerra, que no fue mejor que la primera, y lo que más le dolía, era que apenas aprendió a escribir su nombre y a leer cuatro frases seguidas.

Por eso, cuando tuvo a sus hijos, lo primero que se prometió a sí mismo, era que a ellos no les iba a faltar nada de todo lo que le faltó a él. Y si para conseguirlo, tenía que trabajar noche y día, así lo haría.

Y así lo hizo durante más de treinta años, hasta que un buen día su corazón no resistió tanto esfuerzo y cayó al suelo, perdiendo el conocimiento. Tuvo la suerte de que fuera atendido de inmediato por una enfermera que le vio caer al suelo, y de que ésta avisase a una ambulancia, la cual lo trasladó rápidamente a un hospital, donde fue atendido convenientemente.

Después de varios días de estar ingresado en el hospital, fue dado de alta, aunque su corazón ya nunca volvería a estar como antes. De vez en cuando, tenía alguna recaída, que le obligaba a ser internado de nuevo, pero aquello no solucionaba nada, simplemente paliaba un problema que no tenía solución.

—Mira Jose, vas a tener que tomarte la vida con mucha más calma… —le insistía su médico de cabecera— Ya sé que esto no es vida… y ojalá que pudiera ofrecerte una solución… pero ya ves, hago todo lo que puedo, yo no sé qué más puedo hacer…

Aquél médico, además de ser su médico de cabecera, era su amigo. Se conocían desde hacía más de 30 años, y sabía lo que ese padre estaba sufriendo en silencio.

El padre no decía lo que tenía en realidad, pues no quería alarmar a su familia. A fin de cuentas, se decía para sí mismo, aunque lo supiesen, tampoco podrían ayudarme, y encima ellos lo pasarían mal. Así que simplemente les decía que no se encontraba muy bien, pero que no era nada grave, que se le pasaría en unas horas.

Fueron pasando los meses, los años… y como era de esperar, la situación se fue agravando; hasta tal punto que apenas podía hacer una vida normal. Pero él seguía sin alarmar a nadie. Tampoco le gustaba que, debido a su enfermedad, tuviese un tratamiento diferenciado con los demás, por lo que evitaba hablar de ello con nadie.

Ahora sus hijos ya eran mayores, y aunque los hijos siempre recurren a los padres en busca de ayuda, si ahora él faltaba, ya no sería lo mismo que cuando eran pequeños, por eso, cuando supo en su interior, que estaba próxima su hora de partir, ya no sentía esa angustia que antaño tanto le preocupaba, por dejar a sus hijos sin su protección. Sabía que había hecho todo lo que fue capaz por el bienestar de sus hijos, por facilitarles unos estudios que él no pudo tener, por enseñarles a ser buenas personas por encima de cualquier otra cosa. Eso era de lo que se sentía más orgulloso, de saber que sus hijos eran unas excelentes personas.

Una mañana en que se sentó en un banco del parque a descansar, pues se agotaba con facilidad y le faltaba el aire, apareció un anciano de blancos cabellos y poblada barba. El anciano se acercó hasta el banco y tomó asiento a su lado.

—Buenos días… —saludó el anciano— Hoy hace un magnífico día soleado… ¿No le parece…?
—Buenos días… pues sí, es verdad…
—Así da gusto pasear… —insistió el anciano.
—Pues sí…—respondió Jose, mientras suspiraba y exhalaba con fuerza el aire de sus pulmones— ya me gustaría pasear más, ya… no crea…
—¿Parece que tiene problemas con la respiración… asma quizás…? —preguntó el anciano.
—Bueno, un poco de todo… —respondía Jose, mientras volvía a suspirar y exhalar el aire con fuerza— yo diría que me cuesta más respirar por culpa de esta maldita ansiedad que me ahoga… que por el asma.
—¡Vaya, vaya…! Ya veo… —apuntó el anciano, a la vez que iniciaba un tema de conversación— ¿Sabe…? a mí me ocurrió algo muy parecido, bueno, en realidad fueron varias cosas más; problemas en el corazón, depresiones, ansiedad, estrés… en fin… que no le quisiera atosigar con los achaques de un viejo como yo…
—No, no… no me incomoda, de verdad, me interesa saber cómo consiguió curarse… Porque… ¿se curó, verdad?

El anciano miró a los ojos de Jose, mientras le mostraba una ligera sonrisa.

—Lo importante no es si yo me he curado, o si los demás se han curado de tal o cual enfermedad. Lo importante es si tú te quieres curar… —sentenció el anciano, mientras que fijaba su mirada con serio semblante en los ojos de Jose.
—¡Pues claro que me quiero curar…! —respondió Jose, casi sintiéndose aludido.
—¿Puedo tutearte…? —preguntó el anciano.
—Sí, por supuesto… aunque ya lo acababa de hacer… —respondió Jose, casi sonriendo— me llamo José, aunque mis amigos me llaman Jose, sin acento.
—Gracias Jose, a mí me llaman de muchas maneras… pero tú puedes llamarme Santa Claus, Papá Nöel, San Nicolás… o simplemente Santa… que es como me llaman ahora mis amigos, los niños de esta época… ja, ja, ja…
—Ja, ja, ja… ¡Qué buena broma! —respondió Jose, mientras compartían unas carcajadas.
—¿Ves… a qué ya no te cuesta respirar…?
—Pues ahora que lo dices “Santa” ¡Es verdad… puedo respirar bien, no me ahogo!
—Claro, Jose, has empezado a tomar la medicina del alma… la risa, cuando se realiza de corazón, para sacar lo que nos oprime, es la mejor medicina que existe en el mundo para curar los males del alma; como es la depresión, la ansiedad, el estrés…
—Sí, yo no digo que no sea así… pero en esta vida hay muy pocas cosas que te hagan reír con ganas, de corazón… —matizó Jose.
—¿Sabes Jose? En la vida siempre ocurre lo mismo, pero cada cual lo ve y lo entiende de maneras muy diferentes… mira, te voy a poner un ejemplo, ¿ves ese árbol de la derecha, el que tiene una especie de enredadera en su tronco…?
—Sí, ¿qué tengo que ver…?
—Eso quiero que me digas tú… ¿Qué es lo que ves…?
—Pues sólo el árbol… ¿Qué tengo que ver más…?
—¡Ahí está tu error…! ¡No estás viendo lo más importante!
—Pues no veo nada más que el árbol, y sí, tiene una enredadera en su tronco… como otros muchos árboles… pero no le veo nada más especial…
—Fíjate… mira entre las ramas, en la que está justo en medio, a la mitad de la altura del árbol… ¿lo ves ahora…?
—Sí, ya lo veo… ¡es un nido…!
—Sí, pero no es un nido vacío… tiene dos polluelos, ¿los ves…?
—Espera… a ver… sí, sí, ya los veo, están moviendo sus cabecitas…
—¿Y los oyes…? Di… ¿los oyes…?
—Sí, ahora los oigo… están piando, llamando a su madre…
—Eso es… Jose, están llamando a su madre. ¿Y sabes lo mejor…?
—Qué…
—Pues que su madre vendrá a traerles el alimento que ahora necesitan y que ellos no pueden conseguir por sí solos.
—¡Lógico, es ley de vida…!
—Sí, tú lo has dicho muy bien… ¡Es ley de vida! Por eso, cuando ya estén criados lo suficientemente como para iniciar el vuelo, abandonarán el nido y posiblemente ya no vuelvan a ver a su madre, porque entonces, serán ellos quienes deberán formar su propia familia… Así es la vida, querido Jose. Pero, déjame que te haga otra pregunta… ¿Crees que esos polluelos sabrán defenderse mejor en la vida, si su madre no les permite volar solos y los protege continuamente, incluso a riesgo de perder su propia vida, por el excesivo celo que se autoimpone?
—Pues no, no lo creo… la Naturaleza es muy sabia… o eso dicen… ¿no?
—¡Exacto! La Naturaleza es muy sabia. Cada cual tiene su misión, y tan malo es no llegar a cumplirla, como excederse en su responsabilidad. Por eso se dice siempre que lo correcto está en el equilibrio.
—Ya… creo que te voy entendiendo…
—Estoy seguro que me entiendes Jose, tú ya has hecho lo que te correspondía; has mantenido a tus hijos como mejor has podido, igual como hace la madre de esos polluelos, les has dado una educación y unos estudios que tú no tuviste la oportunidad de disfrutar, les has enseñado, aconsejado, los has preparado lo mejor que has sabido, para que sean buenas personas en la vida… ¡y lo has conseguido! ¿Qué más quieres…?

Jose no podía responder… sus ojos se empañaron de lágrimas y, en ese mismo instante, comprendió…

—Ahora tengo que marcharme Jose, pero nos vamos a ver de nuevo muy pronto.

Jose se quedó pensativo, sentado en aquel banco que le había servido de lugar de descanso mientras paseaba por el parque, un descanso que se volvería eterno, pues dicen que lo encontraron dormido, como un pajarillo, con los ojos cerrados y una sonrisa en sus labios.

 

© 2014 - José Luis Giménez
www.jlgimenez.es

 

 

 

VOLVER