HASTA LA ÚLTIMA GOTA
Por Marcela Unna
Extendía los brazos hacia el techo de la caverna, alternando uno y otro
sobre su cabeza. Jalaba con fuerza. Las manos presionaban y recorrían
aquella cuerda, intentando estirarla al máximo. Por sus brazos escurrían
líquidos espesos, que se daban el tiempo para deslizarse hasta el torso
sudoroso, desnudo. El calor en la caverna era insoportable. La potencia de las
antorchas encendidas, dibujaba sombras contra las paredes, creando fantasmales
y grotescos seres. A su lado, sobre la arena, había un canasto de mimbre
en el que se depositaba la viscosa, nauseabunda y extensa pieza aun tibia, que
extraía por un discreto corte que hizo al cadáver, justo al costado
derecho para conservar integro el abdomen del muerto. Introdujo la mano por
el agujero flácido, en un intento de sentir la tripa inflamada por la
descomposición de las horas, jalarla, sacarla palmo a palmo, presionándola
para sacar los residuos de las ultimas comidas.
De figura alta y delgada, cabeza a rapa, con un mínimo atuendo de lino
cubriendo apenas la cadera. El embalsamador, entre ir y venir, pisaba con sus
sandalias, manchas negruzcas y coágulos aun frescos que cubrían
parte del suelo árido.
Al término, metió por el pequeño orificio un cuchillo para
cortar el extremo del intestino. El trabajo silencioso y fino lo concluyo introduciendo
a la cavidad abdominal, pequeños y numerosos envoltorios de lino, conteniendo
flores, diminutas y aromáticas margaritas amarillas, revueltas con centeno,
hojas de laurel y romero. Relleno la cavidad abdominal, cosió con mano
firme, usando hilo de lino impregnado en vinagre de coco con aceites.
Tomo un delgado junco, lo introdujo en el parpado cerrado del cuerpo inerte,
el extremo lo coloco entre sus labios, absorbió con fuerza la sangraza
acumulada en el fondo del cráneo, escupió sobre la arena una y
otra vez, hasta concluir la ultima gota. Al fondo de la caverna, se veían
otros cuerpos en igual número de mesas de madera, esperando su turno
para ser embalsamados. El olor a muerte y descomposición me provoco un
vomito imaginario, el egipcio me indicaba que y como hacer, era el medico maestro
y yo su alumna, estuve presente en su pasado, en un trance que me llevo al cuerpo
de su discípulo.
Aun conservo su lenguaje desconocido en mis oídos, la mirada enérgica,
su piel cobriza pegada a los huesos hablaba de años sumergido en esa
penumbra, con el calor intenso de las antorchas entre el zumbido de las moscas
y el hedor de la sangre.
El medico maestro, esclavo de Anubis, entro a la cueva como discípulo
siendo muy joven, y no volvió a salir de la caverna, toda su vida estuvo
en la oscuridad, en realidad esa era la denuncia en el trámite que realice,
los embalsamadores vivían entre muertos a los que debían conducir
como almas al camino del otro mundo.
Jamás saldrían con vida del anfiteatro ancestral, y la mejor forma
para conservar el secreto sobre la conservación de sus muertos era el
de morir con ellos, poco a poco, en la mas espantosa soledad.
Marcela Unna
sande2056@hotmail.com
Cd. Juárez, Chih. México