T I L I N A


Por Marcela Unna

Durante las horas de sueño, muchas personas dicen sentir una fuerte opresión en el pecho, no pueden respirar, mantienen los ojos cerrados, pero están despiertos, no desean ver lo que les oprime con tanta fuerza y la incapacidad por moverse los lleva al pánico, incluso la manta que los cubre se vuelve pesada, las manos no obedecen, tienen la sensación de morirse, ¡Se me subió el muerto!, Es lo primero que viene a su mente, la piel se eriza en segundos, la helada sensación de unir su cuerpo al de un muerto, fomenta el terror que hace presa de ellos, para decir que han sido embrujados.
Tener encima, con todo su peso, a una entidad negativa que les congela hasta la sudoración más intima, compartir el mismo aire en una mutua respiración con la muerte, sentirla cara a cara, no es una experiencia nueva, hay quienes han sufrido ésta pesadilla, concientes, acompañados por la presencia de uno o más entes, que no se ven, pero que ahí están, como fieles observadores.
¿No será acaso que todo lo anterior nace de los miedos más profundos?. ¿Es una experiencia Paranormal?. Un sueño, puede convertirse en horrendas pesadillas, terrores nocturnos que el subconsciente asocia con sectas secretas, seres monstruosos o sobrenaturalmente bellos, criaturas de la noche, del cielo y los abismos. Pero, la realidad, es que existen entidades que mantienen el control sobre los vivos, y éstos, apoyan sus pesadillas con elementos, para encontrar verdades y para eso, llevan a cabo la realización de rituales a base de velas, herraduras, plumas de ave, sangre seca, máscaras e iconos.
Y es así, que este tipo de sueños pueden llegar a convertirse en verdades fabricadas por la imaginación y la maldad. Un sueño químico, puede ser la iniciación a un camino de oscuros abismos. La siguiente experiencia, sucedió en la Calle Camino Nacional, ahora llamada Pedro Rosales De León, donde, aún y que ya no existe la finca de seis cuartos, se escucha la voz de Aurora, y ésta es su historia:


_¡Tilina, ya metete!, ¡Tilina. , ya metete!, eran los gritos de Aurora, mamá de Evangelina, que, desde las siete y media de la tarde, empezaba a gritarle a la niña, era entonces, que todas sus amiguitas vecinas de los apartamentos, entre ellas Cuca y Pely, del departamento cinco, se metían a sus casas para hacer la tarea, pero siempre, la primera en irse, era la Tilina, diminutivo que le puso sus mamá, por la delgadez, apariencia enfermiza, y rostro siempre pálido con mirada triste. La Tilina, de trece años de edad, vivía con su madre, una mujer considerada como "muy guapa" entre sus vecinas, de tez blanca, cabello largo, negro, ensortijado, expresivos y bellos ojos azules. Todas las niñas la veían con admiración, cuando Aurora, después de gritarle a la Tilina, salía del departamento numero seis, siempre, elegantemente vestida y de colores oscuros, impecable calzado siempre combinado con el bolso de mano, las niñas veían en Aurora, la modelo perfecta de revista de modas.

Al irse a trabajar, Aurora se aseguraba de cerrar la puerta con llave, dejando a su hija encerrada, hasta las siete de la mañana del día siguiente, que todas las niñas iban a la escuela, ya estaban en el patio, con su mochila esperando por la Tilina. Aurora llegaba a la misma hora, para despedir de su hija, con un beso, se tambaleaba un poco, su ropa estaba desarreglada y el cabello desordenado. y no se le volvía a ver sino hasta la tarde, otra vez, gritando ¡Tilina, ya metete!.

Cuando escuchaban a las siete treinta de la tarde, el "Tilina, ya metete", era como el timbre de la escuela, para correr todas a sus casas, pero había algunas ocasiones, en que, a media tarde, las niñas acompañaban a la Tillina a la farmacia, a comprar una pastilla para dormir, Tilina les decía a sus amiguitas, que cuando a su mamá "se le subía el muerto", gritaba y se asustaba tanto que ya no podía dormir y por eso tomaba pastillas. Pasaron varias semanas con la misma rutina, pero la voz de Aurora, ya no era la misma, sonaba hueca, ausente, sin fuerza, no se le veía ni de día ni de noche, pero invariablemente a las siete treinta le hablaba a la Tilina para que se metiera a la casa, pero Aurora, ya no salía a trabajar. Las vecinas empezaron a murmurar y las niñas preguntaban por Aurora, a lo que la Tilina siempre respondía, que su mamá estaba dormida, -Pero ya no vamos contigo a la farmacia, le decían, -Es que mi mamá compró un frasco de pastillas, pero está bien, ya no se asusta con el muerto, duerme muy bien, les contestaba.

Pasó una semana más y al parecer Aurora solamente despertaba para hablarle a su hija, con ésa voz pausada y monótona, que alargaba las palabras, como si fuesen hebras o jirones de algo podrido que se deshacía al final de las últimas letras, desmoronadas como el lodo seco. Tilinaaaaaaa, yaaaaa meteteeeee! La voz hueca, cavernosa de Aurora, hacia estremecer a las niñas, más no así a la Tilina, que corría presurosa al lado de su madre.

Era tan extraño el comportamiento de la niña, la ausencia de su madre y el silencio que había en el departamento seis, que las vecinas optaron por pedir ayuda y llamaron a los familiares de Aurora, quienes se presentaron de inmediato para cerciorarse que todo estuviera bien. Pero no fue así, Aurora tenia quince días de haber fallecido, estaba acostada en su cama, cubierta por una considerable cantidad de cobijas que la Tilina había puesto sobre el cadáver. Al levantar las frazadas, la espantosa cobija viviente de minúsculos gusanos salieron por los aires, cayendo en el piso, sobre los rostros y ropas de los curiosos, que no pudieron evitar ver el cuadro macabro, de la elegante mujer, convertida en una masa informe de animales con color y olor a muerte. La espesa cabellera negra estaba intacta, pero la almohada guardó la humedad de la sangre, y entre la mancha negruzca y roja de su cara, no estaban los ojos azules, solamente dos huecos, por donde entraban y salían los nuevos pobladores de Aurora.

La Tilina les pedía que dejaran dormir a su madre, que por favor no la despertarán, o de lo contrario, regresaría el hombre de todas las noches que tanto asustaba a su mamá. El frasco de las pastillas para dormir, estaba vacío. La Tilina veía hacia un rincón del cuarto, decía que ahí estaba el hombre, el muerto, que se subía sobre su madre. La niña perdió la conciencia entre la fantasía y la realidad, jamás pudo discernir entre la vida y la muerte de su madre, solamente se acostumbró a escuchar la voz de las siete treinta, que después de quince días, la voz sobrenatural de Aurora, seguía y siguió escuchándose por meses, después de que todos los departamentos fueron abandonados por sus moradores, para dar cabida al eco Paranormal, el llamado de ultratumba, de las siete treinta.

Marcela Unna
Cd. Juárez Chihuahua México
sande2056@hotmail.com

 

 

 

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