Madacha-Niña

Es difícil determinar, e incluso, puede resultar espinoso encontrar un punto medio entre la realidad y la ficción. Abrir puertas hacia otras dimensiones, puede crear estados alterados de conciencia, abrir el candado hacia las claves ocultas no necesariamente puede darse en una investigación o búsqueda constante. Todo mito o misterio esta preñado de paradojas y aún así, se continúan a través de los tiempos.

Las apariciones fantasmales, siempre han sido entretejidas con sobresaltos y horror, todo ser humano tiene miedo de presenciar una entidad, piensas que van a morir de terror justo en el momento en que una visión espectral les salga al paso. Pero éstos medrosos no morirán del susto, sino al contrario, vivirán para contarlo, repetirlo una y otra vez, para cerciorarse que no fue su imaginación, sino una realidad tan vívida, que jamás se borrará de su mente. Es cuando el ser humano, descubre que, aquello que nunca podría experimentar, se vuelve una realidad indiscutible ante sus ojos.

No se necesita ser hombre de ciencia para encontrar una explicación ante la luz que abre de par en par, una verdad absoluta. El mundo del misterio. De ahí, la demanda a respuestas, en espera de coherencias y racionalismo a las recién descubiertas dimensiones, donde el mundo de los muertos y los médium, adquiere la clarísima tonalidad de la certidumbre.

Todos los mitos recopilan verdades, son los que han atravesado el umbral del más allá, bien puede decirse, que estamos rodeados de puertas, túneles y ventanas inmateriales que nos permiten recibir la luz cósmica de quienes han muerto. O viceversa, los que carecen de ella, y en un afán desesperado por salir de su oscuridad, nos convierte a los humanos, en su portal de luz. Es cuando las apariciones suelen ser terroríficas. Y no comprenderlas, algo por demás abrumador, implica vivir con las imágenes sobrenaturales pegadas tanto a la piel como en la memoria, por el resto de la vida. Como una pesadilla diurna e interminable.

El siguiente relato es de Madacha, apodo que le pusieron a Carmen cuando era una niña, ahora una mujer madura, que no ha podido olvidar ningún detalle de aquél trágico Abril, un lunes a las doce del día. Sucedió en la Ave. Plutarco Elías Calles y Triunfo de la República, en ésta ciudad, donde otrora, había una construcción de ladrillo rojo, una vecindad que ocupaba toda una calle. Fue derruida para dar paso a la modernidad. Pero aún y que se destruya una finca, las entidades prevalecen como energías y siempre estarán ahí, máxime cuando sufrieron de una muerte violenta. El penar angustioso, clama y se manifiesta como presencia, en el sitio preciso donde fueron asesinados.

Con sus trece años de edad, Madacha se dirigió a una tienda cercana para cumplir un encargo de su madre. Caminó algunos metros y cruzó la Ave. Triunfo De la República, pasó frente a la vecindad, que para entonces ya había sido abandonada. Algo le hizo voltear a una de las ventanas. Fue entonces que vio a una mujer en el canto de la misma, estaba completamente desnuda, los brazos y piernas abiertos en cruz, como si estuviese crucificada, la cabeza caída hacia el frente. Madacha quedó petrificada ante ésta visión, sintió como una mano se apoyaba en su hombro y la obligaba a hincarse, eran dos vecinas, amigas de su madre, que venían tras de ella, Toña y Petrin. Volteó a verlas, con los ojos desmesurados por el miedo, buscaba unas palabras que le dijeran que eso, no era real. Sintió que corrían lagrimas por sus mejillas, pero eran demasiadas, quería gritar y salir huyendo. El dolor que embargó su pecho, no era de Madacha, era de la mujer, le estaba transmitiendo todo su dolor.

Toña y Petrin estaban hincadas, haciendo oraciones que salían de sus labios tan aprisa, que parecían pisar unas palabras con otras. No logró moverse, ni articular palabra, volvió el rostro otra vez hacia la ventana, y ahí estaba aún, con su cabello chino, sucio y desordenado, tan negro como el vello del pubis y las axilas. Pero había algo aterrador, cada poro de la mujer estaba ocupado con puntiagudos y brillantes alfileres, estaba cubierta completamente por diminutos y brillantes clavillos. Su rostro y todo su cuerpo resplandecía como una macabra aparición, con el mentón pegado al pecho, los ojos cerrados y sin un rastro de sangre. Entonces desapareció. No quedó absolutamente nada de aquélla imagen.

Madacha se desvaneció sobre la banqueta. Las mujeres la llevaron a su casa y contaron lo sucedido a Teresa, madre de la niña. Fueron con un sacerdote que de inmediato les sugirió ir al lugar, poner veladoras y agua bendita por el alma de la mujer. La que muy probablemente fue asesinada, su cuerpo debió haber padecido una infinita tortura, no quedó un resquicio de piel sin tormento y una forma de manifestarlo, fue ésa.

La realidad del mundo Paranormal no tiene limites, credos o edades. Por eso, hay que saber escuchar a los niños, no todo lo que dicen proviene de su fantasía. No todo lo que sueñan, es un sueño. Y muchas veces, su mirada, no es la suya.

Marcela Unna
sande2056@hotmail.com
Septiembre 19, 2005

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