El ocultamiento del cero en el antiguo Egipto.

Autor: Ivan Rodríguez López

 

“Lo divino está oculto del vulgo conforme a la sabiduría del Señor.”
Cleopatra VII

“En la naturaleza debe estudiarse aquello a partir de lo cual Dios lo creó todo.”
Pitágoras

 

     El lenguaje simbólico empleado por los shemsu em Kemet [1] en cualquiera de las manifestaciones de su cultura, incluyendo las matemáticas, requiere una segunda lectura dirigida a develar los misterios que han permanecido en silencio durante milenios. La sabiduría de Thot, ciertamente «transmitida “de labios a oídos”, fue custodiada bajo severas disposiciones que incluían el  castigo de aquellos que rompiesen su voto de silencio, por lo cual la iniciación adquirió una profunda connotación simbólica insertada, asimismo, en el “tercer significado” de la escritura jeroglífica, descifrable sólo por los neófitos» [2]   En este empeño deshermetizante, la numerología constituye un pilar fundamental que no puede omitirse si se desea beber de la misma “fuente de la sabiduría” de los egipcios.

     Pitágoras, iniciado en estos Misterios, escribió un libro –que se extravió para la historia– sobre la ciencia de los números llamado “Hieros Logos” (La Palabra Sagrada), del que tenemos conocimiento gracias a sus seguidores de la Escuela pitagórica, y en cuyos trabajos está contenida la mayor parte de lo que el Padre de la Numerología legó a la humanidad. Pitágoras llamaba a sus discípulos matemáticos, debido a que sus conocimientos superiores comenzaban precisamente con la doctrina de los números. Esta matemática era sagrada, trascendente, a diferencia de la profana conocida por los filósofos de entonces. “Por medio de los números Dios se revela y muestra la concatenación de las ciencias de la naturaleza” –decía Pitágoras.

     Una pregunta común entre los estudiosos de las matemáticas suele ser: ¿quién descubrió el cero? Muchos responderían que hindúes o árabes, otros quizás mencionarían a los mayas. La naturaleza de esta cuestión radica en si alguien en particular tuvo alguna vez la idea del cero, lo que hace prácticamente imposible responderla de manera satisfactoria. El problema pudiera compararse con el origen del progenota, la primera célula primitiva. Nótese que no podría formularse una respuesta viable para este cuestionamiento cuando hablamos desde los marcos teóricos del propio concepto.

     La búsqueda del cero ha resultado un dolor de cabeza para los historiadores de las matemáticas que en cierto momento han pasado por alto sus apariciones casi fantasmales, como es el concepto del cero en el antiguo Egipto.

Egiptólogos como Borchardt, Petrie y Reisner conocían del jeroglífico nfr en construcciones del Reino Antiguo (…) Scharff y Gardiner sabían que el símbolo egipcio nfr se había usado para representar el resto cero en libros de cuentas. Sin embargo, historiadores de las matemáticas incluyendo a Gillings, probablemente no tuvieron conocimiento del símbolo egipcio para el cero porque este no aparecía en los papiros matemáticos sobrevivientes.
(…) Es cierto que un valor posicional no fue usado (o necesitado) en los “registros contables” del sistema decimal egipcio. Sin embargo, los egipcios usaron un símbolo para al menos dos aplicaciones del concepto cero. En sitios de construcción del Reino Antiguo el jeroglífico “nfr” se usó para marcar el punto cero sobre un número de líneas que sirvieron como guías. Por ejemplo, una serie de líneas niveladoras horizontales fueron usadas en la construcción de la pirámide del Médium en el Reino Antiguo. Las líneas por debajo del nivel cero se marcaron 1 cúbito bajo cero, 2 cúbitos bajo cero, y así sucesivamente. Las líneas bajo ese nivel se marcaban acorde con el número de cúbitos bajo cero. (…) El temprano uso de números dirigidos, donde por encima y por debajo son comparables con positivo y negativo, no debe pasar inadvertido. El mismo símbolo “nfr” fue usado además para expresar el resto cero en una hoja de cuentas  mensual de la dinastía XIII, hacia el 1770 a.C. en el Reino Medio. Semeja una hoja de cálculo de doble entrada con columnas separadas para cada tipo de bienes. Finalmente, el desembolso total se substrajo del total de ingresos de cada columna. Cuatro columnas poseían resto cero, denotados por el símbolo nfr. [3]

     Uno de los motivos por los que pasó inadvertido por tanto tiempo radica en el propio concepto del cero, díganse sus usos. Su valor posicional –que no utilizaron los egipcios por las razones que se expondrán en este texto– es utilizado para indicar un lugar vacío en los sistemas numéricos como el nuestro. Resulta necesario para distinguir dos números como el 5051 y el 551, por ejemplo. El segundo uso del cero es como número en sí mismo (los que vieron Borchardt, Petrie y Reisner en las pirámides y templos del Reino Antiguo). Existen otros aspectos del cero bien distintos en estos dos usos, a saber, el concepto, la notación y el nombre. El origen del nombre tiene un recorrido histórico bastante accidentado; los hindúes lo llamaron “sunya”,  más tarde en árabe se lo llamó “sifr [4] , pasando al latín como  “zephўrum” y al italiano como “cero”. El término en español fue tomado del italiano sin modificaciones. El vocablo “cifra” –de origen idéntico– sirvió primero para designar al cero, pero después pasó a utilizarse para el resto de los numerales. Resulta interesante el parecido entre el nombre latino y la palabra hebrea “sephira”, o sefirot, que se refiere a las emanaciones de la deidad en la Cábala.


     Volviendo al egipcio nfr, según Faulkner [5], significa «de apariencia, bello, hermoso» y «de condición, feliz, bueno, bien», sin olvidar su condición matemática de «cero; nfr n “no”, “no hay”» y «nfr w nivel del suelo, base». Es curioso que los mayas hicieran también una asociación positiva con el concepto del cero, representándolo con una concha, de connotación favorable.


     Además del carácter exclusivamente numérico, en la cultura egipcia el cero tuvo una significación esotérica de vital importancia en los Misterios iniciáticos. El jeroglífico nfr (nfr), es también una abstracción del conjunto de la tráquea, el corazón y los pulmones humanos, que en la anatomía esotérica del iniciado en estos misterios son órganos en extremo relevantes. Valga mencionar la equivalencia del plexo cardíaco con el elemento Aire (presente en pulmones y tráquea) como parte del tetragrámaton AROT-TORA (letra R) que explica Julia Calzadilla en su teoría vertebral y chákrica sobre las construcciones piramidales en el antiguo Egipto:

De conformidad con las 8 “permutaciones” del tetragrámaton básico AROT-TORA, y la equivalencia chákrica del cuaternario inferior y la tríada superior, en la realización de la Gran Obra las diversas partes del cuerpo humano participarían de los “giros” de la “Gran Rueda”, conociendo la identidad de cabeza y pies (Norte y Sur) como plexos solar y anal (sol/tierra, Leo/Tauro) y la ubicación del plexo cardíaco en la zona Este o del Aire (Acuario) y la del prostático en la zona Este o del Agua (Escorpión). [6]

     El símbolo ib (ib), corazón, es un recipiente «cuya connotación esotérica equivalía al útero o yoni femenino en calidad de “receptáculo del pensamiento y del conocimiento”» [7], y el medio –según el Dr. Serge Raynaud de la Ferrière en “Los Grandes Mensajes”– indispensable para la autorrealización; limitado en su parte inferior por el plexo solar y superiormente por el plexo faríngeo, delimitando el cuaternario inferior y la tríada superior divina. Además «la cosmogonía derivada de Ptah, piedra angular de la desarrollada filosofía contenida en la Teología Menfita es, por su formulación, un concepto abstracto también relevante en nuestro tema por constituir un antecedente directo de la doctrina del logos que aparece en el Evangelio de San Juan: Ptah, el dios de Menfis fue, por ende, el “corazón” (pensamiento) y la “lengua” (mandato) equivalentes del Verbo cristiano.» [8]

     La  teología heliopolitana explica la Creación en términos de emanación –recordemos los sefirots de la Cábala– de la Enéada, los primeros nueve dioses, de los cuales el resto de los nombres [9] se manifiesta. En Heliópolis (Annu), el principio creador o demiurgo es Atum, que significa en principio “todo” y a la vez “nada” (recordemos a Cristo cuando dijo: “Yo soy el alfa y la omega” [10]); representa la totalidad del Universo que es aún amorfo e intangible. Llegados a este punto resulta necesario develar la relación entre el principio creador y el cero, sin dudas marcado por la intención de ocultamiento. En la numerología mística, según el Dr. Ivan Seperiza, el cero «Representa lo absoluto e infinito, lo eterno en potencia que no es un valor pero valoriza todas las cosas, lo que no es una realidad pero sí es el espacio donde la realidad se manifiesta. El cero "0" es el principio viviente en estado latente previo a la Manifestación. Por tanto el cero "0", se refiere a lo que aún no es, pero que puede serlo todo. Su forma más abstracta es la negación, que se afina como negación de todo límite o determinación y se completa como luz o energía infinita. El cero "0" es la potencialidad como raíz oculta de toda manifestación. Está representado por él circulo, figura auto contenida e infinita al carecer de principio y de fin.» [11] En una de las tres versiones de dicha teología se relata que Atum dio existencia a su propio ser separándose del Nun (las aguas primordiales) y dando lugar a la primera colina, la conocida piedra Benben de forma piramidal relacionada con el ave Bennu [12]. Él entonces “escupe” a la primera divinidad: Shu (el aire, principio masculino) y “expectora” a Tefnut (la humedad, el principio femenino). Estos dos principios antagónicos  son a la vez no excluyentes, puesto que Tefnut, identificada con el León (en la astrología oriental se lo asocia con el sol) representa al elemento Fuego y Shu, simbolizado por la pluma sobre su cabeza, el elemento Agua. En otra versión Atum se crea a sí mismo proyectando su corazón (conciencia), así como a otros ocho principios o nombres: Shu y Tefnut, Geb (Tierra) y Nut (Cielo), y al final a Osiris e Isis, Seth y Neftis. Esta es la Gran Enéada de Heliópolis.

enéada

     Hay un elemento que parece “olvidarse” en cualquiera de las tres versiones que conocemos de la teología heliopolitana. La pista la encontramos en el calendario solar egipcio, compuesto por  tres estaciones (Akhet, Peret y Shomu) y doce meses de treinta días cada uno (Tekhy/Djehuty, Hethert, Ka-her.ka, Ta’abet/Pa-henu-mut, Pa-en-mekher, Pa-en-Amenhotep, Pa-en-Renenutet, Pa-en-Khonsu, Pa-en-Inet e Ipip). Al final del año se encuentran cinco días festivos conocidos como epagómenos, días en los que –según la Leyenda del Cielo y de la Tierra– Nut dio a luz a sus hijos:
  Primer día: Wesir (Osiris)
  Segundo día: Heru wer (Horus el Viejo)
  Tercer día: Seth
  Cuarto día: Aset (Isis)
  Quinto día: Nebt-het (Neftis)
Hemos aquí encontrado una de las claves de los Misterios iniciáticos: el segundo día está dedicado a Horus el Viejo (no debemos confundirlo con Heru-sa-Aset [13])  el que, según el orden establecido, sería el séptimo [14] principio en manifestarse, sin embargo,  este nombre no aparece listado en la Enéada. ¿Por qué? La respuesta es bien sencilla, y constituye la comprobación de los objetivos de este texto: Heru wer se identifica plenamente con Atum, el principio creador, por lo que podemos ubicarlo al principio o al final. Aquí encontramos uno de los enigmáticos problemas tan frecuentes en otras culturas: Nut es la madre de su padre [15] (Heru wer/Atum), hecho que pudiera parecer una contradicción, pero no lo es.

     El ocultamiento del cero como valor posicional –acaso necesario– en las matemáticas egipcias es completamente de índole esotérica. A través de este texto hemos comprobado la identificación del cero con el principio creador  y a una de las emanaciones con Él mismo. La imagen de la Enéada identificando al cero con Heru wer o Atum es la misma que la de la serpiente que se muerde la cola, el Ouroboros, lo que demuestra el por qué de la fusión de estos dos principios, el ocultamiento del cero, y la elevación del número nueve como número mágico [16].

Ouroboros
         En el Ouroboros mismo radica otra innegable prueba de estos misterios. La serpiente es en sí misma símbolo del fuego creador y de la sabiduría (los hindúes llamaban a sus sabios “Nagas”, la misma palabra utilizada para serpiente; Cristo aconsejaba a sus discípulos que fueran “sabios como la serpiente”). El Ureus, la cobra sagrada de los faraones, simboliza la iniciación en los ritos sagrados donde se alcanzaba el conocimiento de la sabiduría oculta; su colocación sobre el entrecejo denota que el fuego sexual (en el tantrismo blanco hindú) ha sido sublimado y elevado por la Kundalini, la serpiente ígnea, hasta el chakra del tercer ojo. La serpiente que se traga la cola representa el "círculo del universo", la interminabilidad del proceso cíclico de la manifestación. Liungman [17] ha asociado al Ouroboros con el símbolo del infinito infinito, el sagrado ocho sacralizado en la Ogdóada de la teología hermopolitana emanada de la sabiduría de Thot.

     Solo queda por advertir a los lectores que, al igual que llegó a mí, esta pequeña gota de la sabiduría oculta sea guardada con el mismo recelo que la guardaron nuestros akhu [18] en aquellos tiempos cuando “la fuente del conocimiento era abierta para el silencioso”.

¡Senebty!  

Sener.

 

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[1] Seguidores de la fe kemética (egipcia).

[2] Calzadilla Núñez, Julia L. La Gran Rueda. Una lectura decodificatoria de la espiritualidad en los misterios del Antiguo Egipto. Inédito. –Se afirma, acertadamente, que los jeroglíficos egipcios tenían un triple significado: a) “hablar” (por su valor fonético, destinado al hombre común, no iniciado); b) “expresar” (por su valor escrito, destinado al escriba); c) “ocultar” (por su valor esotérico, destinado a los sacerdotes, escribas y adeptos).– Notas suministradas por la autora.

[3] Lumpkin, Beatrice. The Mathematical Legacy of Ancient Egypt – A Response to Robert Palter. Manuscrito inédito. National Science Foundation (NSF) y National Science, Technology, Engineering, and Mathematics Education Digital Library (NSDL). Traducción del autor.

[4] Nótese la presencia de la partícula fr en sifr presente también en el egipcio nfr –recordando la naturaleza consonántica de las lenguas semíticas– como una posible apropiación fonética por los pueblos árabes.

[5] Faulkner, R. O. Diccionario Conciso de Egipcio Medio. Versión online en el sitio egiptomanía de Juan de la Torre Suárez. Disponible en: http://www.egiptomania.com/jeroglificos/diccionario

[6] Calzadilla Núñez, Julia. Op. cit. El subrayado es mío.

[7] Calzadilla Núñez, Julia. Op. cit.

[8] Ibid.

[9] Se refiere a las manifestaciones del Dios Único. La religión egipcia es monólatra, no monoteísta como se creía hasta hace poco. El término monolatría fue acuñado por  Erich Winter y Siegfried Morenz en referencia a las concepciones de Dios en el Cercano Oriente, y aplicado al Egipto antiguo por Erik Hornung, Ene Assmann, y otros egiptólogos y estudiantes de religión.  Monolatría es una forma diferente de politeísmo en la que se adora a varias deidades, entendiéndolas como parte de una única fuente divina.

[10] Ap. 1, 8, 10-11.

[11] Seperiza Pasquali, Iván. 1441. Sitio del autor: http://www.isp2002.co.cl

[12] Benben está compuesto por la repetición del sonido bn, cuyo plural es bnw, lo mismo que en Bennu.

[13] Horus, hijo de Isis.

[14] En términos taróticos, 7 es el número del progreso, la acción independiente y la auto-expresión. El Arcano Mayor 7 expresa, en lo divino, el septenario, la dominación del Espíritu sobre la Naturaleza, en lo intelectual, el imperio y el sacerdocio, y en lo físico la sumisión de los elementos y las fuerzas de la materia al trabajo y a la inteligencia del hombre.

[15] En la religión cristiana, v.g. María es también la Madre de Dios.

[16] Si multiplicamos el nueve por cualquier número –excepto por cero–, del resultado de la autosuma de los dígitos del número resultante siempre obtenemos nueve.

[17] Liungman, Dictionary of Symbols. pág. 266.

[18] Ancestros. Los akhu son los kau (plural de ka, el doble del ba o alma) de nuestros ancestros muertos.