Tormentos Infantiles


Recordar las pesadillas de la infancia, es confrontar los rencores con el miedo al pasado, un pasado que deja cicatrices imborrables en la memoria. Esto fue lo que le sucedió a Teresita, cuando tenía seis años de edad, fue internada en un colegio de monjas. Fue arrebatada de sus amores y cariños, travesuras con las primas y el entrañable cariño de su madre y su abuela, todos esos rostros familiares que no volvería a ver por mucho tiempo, abrieron un abismo de dudas en su pequeña y corta infancia. La recepción entre túnicas negras y grotescas, de telas tan ásperas como los rostros de quienes las portaban, ocasionaron una gran decepción en la niña, la sonrisa amable del sacerdote de la iglesia donde siempre asistía con su abuela, no se parecía en nada a las muecas de desagrado que observó a su llegada. Las emociones por el inicio del primer grado a primaria, se desplomaron junto con su felicidad, ahí, se iniciaron los castigos que no conocía, lejos de aprender las primeras letras, aprendió a defender su corazón de la maldad y las torturas nocturnas, como aquélla, donde no quiso tomar el atole sin azúcar que era servido en la cena, tenía un sabor arenoso e insípido, que le ocasionó un vómito espontáneo, haber vaciado su estómago le costó pasar toda una noche en el patio central del convento, aislada, parada, al pie de un árbol, entre la oscuridad y el frío.

Pronto aprendió la disciplina del terror, lavar una línea de baños que parecía interminable, no hacerlo bien equivalía a que la subieran al techo de la cocina, la obligaban a mantenerse parada, viendo hacia el patio, justo la dejaban de pie al ras de la azotea, a seis metros de altura, sosteniendo en cada mano, una cubeta de arena, soltarlas antes de dos horas, sería dormir otra vez sobre la tierra, al pie del árbol, era mejor aguantarse las lagrimas, el miedo a caer le daba fuerzas para mantener las cubetas con todo su peso, las ampollas no tardaban mucho en aparecer en sus manitas, mientras que abajo y sentadas cómodamente, las monjas la observaban mientras bordaban placidamente.

Su pequeña vida estaba envuelta en una circulo infame de castigos, donde, al parecer, todo lo hacia mal, pero observó que no solamente ella era una víctima, sino que el resto de las niñas tenían tareas y correctivos diversos, todo castigo iba acompañado de penitencias.

Esa sumisión y encarcelamiento religioso la enfrento consigo misma, conoció el coraje, el odio y la venganza, empezó a buscar la forma de escapar, pero era imposible, las altas bardas lo impedían, la soledad y el abandono en que se sentía, le formaron una fuerte coraza para dejar de llorar por las ausencias. La rebeldía consiguió aislarla. De aquella niñita dulce y tranquila, no quedo nada, había que sobrevivir y se decidió a lograrlo. Todo sería diferente, ahora se dedicaría a llevar a sus impías opresoras al borde de la desesperación.

Se decidió a espiarlas, se levantó a madia noche de su cama y de puntillas se llegó a las habitaciones de sus carceleras, el horror hizo presa de Teresita, todas estaban sentadas en el piso, formando un circulo, con sus ropajes negros como sus ojos, no así su cabello, ¡Por que no tenían!, sus cabezas brillaban a la luz de una vela que se encontraba al centro, en el piso. Sus labios secos y marchitos parecían emitir sonidos, pero no eran como las oraciones que había aprendido con ellas, era algo más complicado que no alcanzó a comprender. Se veían unas a otras, en un circulo macabro de cabezas rapadas, una de ellas esparcía unos polvos sobre la luz de la vela, y salían múltiples chispas brillantes que despedían un olor azufroso. La sombra de todas las mujeres, se proyectaba hacia el fondo de la habitación, creando unas gigantescas figuras que entre la luz mortecina y el olor pútrido de los polvos permitía que el humo envolviera el ambiente como fantasmas que sobrevolaban el lugar. Teresita, corrió, salió despavorida al ver todo aquél infierno, atravesó el patio, quería huir, esconderse pero no sabía en donde, no había ningún agujero lo suficientemente grande para ocultarse. Todas las puertas estaban cerradas, no podría regresar a su cama, sería presa fácil, vulnerable a los castigos de las mentes torcidas de sus custodias. Seguía corriendo, se dirigió al fondo del patio, había un cuarto pequeño, ahí se guardaban las cosas inservibles, entró, se metió bajo unos pupitres de madera, escuchó el roce de las telas negras y pesadas de los habitos, no así el ruido de zapatos, todas andaban descalzas, pero los pasos se dirigían hacia su escondite, la habían visto, intento correr nuevamente pero no logró avanzar, una mano poderosa la atrapó por el hombro, una más por el cuello, otras más la levantaron en vilo, era imposible soltarse, entre gritos y llanto por el pánico, recordó a otras niñas que habían sido castigadas en algún rincón del convento, un sitio misterioso donde eran encerradas, y al otro día aparecían en sus camas, pero una de ellas con una pierna enyesada y la otra tenía araños y golpes en todo el cuerpo. Y por más que les preguntó que les había sucedido, solamente lloraban y no decían una palabra.

La llevaron de nuevo al cuarto donde había presenciado los extraños ritos, le ligaron las manos tras la espalda y la dejaron sola, parada en el centro del circulo, con la única luz que irradiaba la vela. Volteó en todas direcciones para darse cuenta que la habían encerrado, el fétido olor a podrido iba en aumento, y el cuarto se empezó a llenar de humo, el estruendo de vidrios quebrados en una ventana y el ruido de una puerta de lámina que se abrió en forma violenta la aterrorizaron, en eso, vio con los ojos desorbitados de pánico, una figura que entró, era un hombre horrible, grotesco, con la piel quemada, lleno de ámpulas purulentas reventadas, era viscoso y repugnante, tenía en sus manos una lanza enorme, más grande que él, Teresita vio como se iba acercando a ella, sintió sobre su frágil cuerpo, la mirada lujuriosa y perversa, ¡Era un demonio!, se iba acercando lentamente a la niña, sintió en su rostro el aliento caliente y asqueroso de aquel ser sobrenatural. Teresita perdió el conocimiento, despertó en su cama, rodeada de sus compañeritas, pero aún tenia las manos sujetas por ligas que le estaban dañando, sus amiguitas estaban intentando quitárselas una por una, al terminar, se vio las manos con horror, estaban casi negras, no podía mover sus deditos. Ese día era domingo, recibió una visita, era su mamá, que al ver el estado en que se encontraba, la sacó de inmediato del internado, no sin antes proferir una serie de improperios a las monjas, que solo decían haberla castigado por que era muy traviesa. Teresita nunca pudo contar su historia, hasta hoy, esa parte de su pasado daño su vida. Y ahora que lo cuenta, puede sanar las heridas de su alma.

Marcela Unna
sande2056@hotmail.com
Octubre 22, 2005

VOLVER