Antes que el gallo cante, me negarás tres veces.

Cuando hablamos de religión, enseguida se nos viene a la mente la idea de una doctrina, una filosofía de vida o incluso, hay quien hasta lo ve como una manera de conectar con Dios.

Y es que, la palabra “Religión”, tiene su origen en la palabra latina “Religare”, de re-ligar o unir. En este caso, y etimológicamente hablando, se trataría de unir o reunir de nuevo, al Hombre con Dios.

Así pues, asumiendo que la Religión es una actitud o cualidad del Ser humano para sentirse conectado con Dios y, entendiéndose como tal, el Ser o Energía creadora del Universo, o si se prefiere, de la Madre Naturaleza; resulta cuanto menos paradójico que, para conseguir dicha re-conexión, sea necesario aceptar las condiciones impuestas por ciertos individuos que se autoproclaman como los portavoces de dicho Dios; quienes dicen además, estar auto-capacitados para decidir en la vida de los demás seres humanos cómo deben vivirla, ser educados, nacer o morir y hasta si sus almas serán salvadas; dependiendo de la aportación económica que el feligrés de turno haya satisfecho a la Iglesia correspondiente.

Y aunque dicha definición escatológica, nos resulte del todo incongruente, lo cierto y paradójico, es que una gran mayoría de personas consienten y hasta solicitan la intervención en sus vidas de dichos “intermediarios divinos”.

Pero lo malo no es que haya millones de personas que acepten dicha intervención de manera voluntaria; lo peor es cuando dicha intervención se realiza de manera dictatorial. En connivencia con los gobiernos de turno afines a su doctrina y a la manera de hacer de determinadas entidades religiosas. Sin respetar el derecho que cada individuo tiene de recibir la educación que prefiera o lo que es peor, inculcando (lavando el cerebro) al individuo desde su más tierna infancia, los dogmas de fe que, en realidad, no son más que las respuestas absurdas y falaces, ofrecidas para acallar la inquietud de la mente que empieza a sentir curiosidad por la vida, o simplemente por conocer la verdad. Esta es la clase de “intermediarios divinos” que se hacen llamar así mismos “Padres” (a pesar de que oficialmente deberían abrazar la castidad), y que por lógica de su doctrina, carecen de la menor capacidad y experiencia para educar a un hijo.

Resulta más que paradójico escandaloso que, una de las mayores entidades religiosas, de las mayores Iglesias, y que utiliza la figura de un personaje tan carismático y bondadoso como fue Yeshúa, más conocido como Jesús de Nazaret, para predicar la bondad, la honestidad, la solidaridad, la tolerancia y el amor universal, actúe precisamente haciendo todo lo contrario; a excepción de los verdaderos pilares de esa Iglesia: los curas o sacerdotes de los barrios marginales de las grandes ciudades o misioneros en países tercermundistas, donde se dejan literalmente el pellejo. Por el contrario, sus jefes, los obispos, les exigen cada vez más mayores ingresos en el cepillo de su parroquia, pues tal como me comentó uno de estos curas de barrio, dedicado en exclusiva a ayudar a sus feligreses y a todo aquél que le solicitase su ayuda, el Señor Obispo, dice que “esto es como una empresa y tiene que dar beneficios, o los consigues o te traslado a otra parroquia”. Debo aclarar, para quien esté interesado en conocer el desenlace, que dicho sacerdote fue trasladado de parroquia.

A pesar de todas las dificultades con que se encuentran, incluso dentro de su propia Iglesia, estos verdaderos sacerdotes del bien; ellos son los que verdaderamente sostienen y mantienen el mensaje de Yeshúa, de Jesús. Ellos son, a pesar de la poca relevancia que le confieren sus jefes, los verdaderos pilares que sostienen a la Iglesia de Roma.

Es por ello que las personas prefieren recordar las acciones de estos buenos sacerdotes, a recordar las tropelías llevadas a cabo por los que ostentan el poder en la Iglesia, conformándose a sí mismos al pensar que, “por lo menos, estos curas de barrio, sí están ayudando a los más necesitados”. Pero esta reflexión no puede servir de excusa. No se puede decir: “una mano lava la otra”, y dejar el tema zanjado.

Pero para resolver la situación, antes habrá que responder a una serie de cuestiones: ¿Realmente el Ser humano necesita de intermediarios para re-conectar con Dios? Y, en el caso que precise de una pequeña guía… ¿es necesario que dicha guía indique incluso el modo de vida que deberá llevar el individuo de forma taxativa, recibiendo el tipo de educación que elija dicho “intermediario divino”?

Es evidente que en este escrito no se está haciendo proselitismo de ningún tipo de anarquía, sino que se plantea la situación actual por la que se está pasando, donde la Iglesia, lejos de limitarse a realizar las funciones por las que se supone fue creada (por cierto, Jesús nunca fundó la Iglesia Católica Apostólica y Romana) con el fin de ayudar al Ser humano a re-conectar con Dios, en ningún momento de la Historia lo ha hecho. Y no lo digo yo, que conste, me limito a recordar los hechos históricos acontecidos desde el Concilio de Nicea (325 d.C.).

Si la Iglesia de Roma o cualquier otra Iglesia, se hubiesen limitado a funcionar como “guías” para la re-conexión del Ser humano con Dios, en vez de participar como parte del Estado, atribuyéndose poderes y legislando la vida social del pueblo, otro gallo habría cantado.

Y es que Jesús ya se lo dijo a Simón-Pedro: “De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces”.

Señores obispos, dedíquense a enseñar el verdadero camino de la verdad, de la bondad, de la honestidad, de la tolerancia, del amor... tal como decía Jesús, y dejen de manipular y de decidir por los demás.

 

© 2014 - José Luis Giménez
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