Desde mi cueva


Desde mi cueva veo llover, se oye el chapoteo de las gotas de lluvia sobre la tierra; el viento arrecia y empuja la lluvia hasta mi cara… me mojo, pero no me importa. Hace mucho tiempo que no salgo afuera de la cueva.

De hecho, no quiero salir. Fuera hay mucho ruido, se pelean, se tiran bombas unos a otros y lo peor: ¡matan a la Inocencia!

No quiero ver morir a la Inocencia. ¿Si se muere la Inocencia, qué niño nos mirará con sus ojos abiertos, expectantes, esperando la magia, desbordando ilusión, queriendo vivir en este mundo?

¿Para qué vivimos… para matarnos unos a otros, para ver quien es capaz de decir las mayores mentiras…, para demostrar a los demás cuánto poder somos capaces de acumular…, para engañarnos a nosotros mismos?
¿Y qué es la vida… solemos preguntarnos qué es la vida…?

Parecería que a casi nadie le importe VIVIR… sí, me refiero a VIVIR con mayúsculas; a respirar por placer, por sentir el perfume de las flores; a ver el azul del cielo como parte del arco iris, y no como un límite a los sueños; a saborear cada segundo de la vida como si del mejor manjar se tratase; a querer, a amar y a sentir el amor de los demás. ¿Hay algo más hermoso e importante para un Ser humano?

Pues parece ser que sí. Los acontecimientos recientes y los de siempre, nos dicen que el Ser humano no sabe lo que tiene, ni lo que quiere, ni si realmente le interesa saberlo. Se limita a acumular un poder ficticio, falso, irreal; basado en la capacidad de acumular riquezas, armas o poder de destrucción.

Lo que a la Naturaleza le ha llevado miles de millones de años conseguir, el Ser humano lo destruye en un instante. Prefiere vivir deprisa, aunque lo correcto sería decir sobrevivir. Sin detenerse a reflexionar sobre su propia existencia, sobre el motivo, la causa, la razón de su vida. Y deja que sean otros quienes decidan por él. Quienes creen sus propios dioses. Dioses crueles, vengativos, absurdos y, hasta se podría decir que dioses tontos, o cuando menos, que no se enteran que lo son.

Y ahí tenemos a las religiones. Las grandes religiones del planeta, encargadas de manipular y lavar el cerebro a los que no quieren molestarse en pensar por sí mismos. En ser los pastores de los rebaños de borregos que servirán de alimento a los propios rabadanes.

Y sigue lloviendo… no sé cuándo escampará. Pero espero que cuando deje de llover, también cesen los estruendos provocados por los estallidos de las bombas, y los gritos y lamentos de rabia y desesperación de los más débiles, de los inocentes.

Y sobre todo, le pido a esos dioses, que dejen de pedir que se mate en su nombre, pues un dios que necesita que alguien muera o mate por él, no es un dios; en todo caso, es una aberrante creación de un enfermo mental, que se cree ser su profeta o representante celestial.


© 2014 – José Luis Giménez
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