“El saber no ocupa lugar…” ¿O sí?

 

Este refrán, adagio o proverbio, que tantas veces hemos oído decir, se merece un análisis en profundidad.

Si dicho refrán lo entendemos como la referencia a un pensamiento, o a la acumulación de conocimiento, resulta evidente que no ocupa un lugar físico, como el que ocuparía un baúl o un armario, aunque sí ocuparía una parte de la memoria.

También es cierto que, aun hoy día, a pesar de los avances tecnológicos de la Ciencia, seguimos sin conocer hasta dónde es capaz de llegar nuestro cerebro, nuestra capacidad de acumular información, conocimiento, sabiduría.

Y es que, del cerebro humano, a pesar de ser el órgano más importante de nuestro cuerpo, apenas sabemos nada de él.

Pero de algo sí nos hemos dado cuenta con el transcurrir de los miles o millones de años de evolución de los seres humanos y homínidos; y es que, a mayor tamaño de cerebro en proporción al resto del cuerpo, existe una mayor capacidad de razonamiento y acumulación de información o conocimiento. De hecho, se podría resumir diciendo que: la capacidad de razonamiento del cerebro, va determinada por una simple regla de tres directa. Y de igual manera, esta misma regla de tres, se puede aplicar a los cerebros informáticos o inteligencia artificial.

También es cierto que, el continuo avance tecnológico, nos permite cada vez obtener mayor capacidad de almacenamiento de memoria en un espacio cada vez menor. La solución o respuesta a dicho paradigma, se encuentra en los elementos utilizados para conseguir la mayor capacidad en un mínimo espacio.

Y esta respuesta es la que nos puede servir a los seres humanos para comprender los procesos, o plantearnos el por qué existe tanta diferencia de criterio entre uno u otro individuo que poseen similar capacidad de razonamiento.

Como ya hemos visto, en el caso de la memoria artificial, la clave está en la calidad del material utilizado al efecto. Y dicho material, no sólo está compuesto por elementos físicos, sino que también interviene en todo el proceso una parte no física pero que sin embargo sí ocupa espacio: me refiero al sistema operativo de la inteligencia artificial.

El sistema operativo es la clave de casi todo: contiene el programa base por el cual la máquina trabajará, y hará posible o no, que el mismo sistema operativo se auto alimente y perfeccione de forma automática, en base a la información obtenida, ya sea externamente o de manera interna; mediante la experiencia que dicho sistema haya podido adquirir durante su funcionamiento. Lo cual nos lleva a una lógica conclusión: si no existe experiencia, no hay posibilidad de evolución del sistema operativo.

Y es en ese momento cuando, la inteligencia artificial, no pasa de ser un mero ciclo o bucle repetitivo que no cesa de hacer siempre lo mismo, sin posibilidad de evolucionar, de cambiar, o de mejorar el sistema. Ya no es una inteligencia artificial, ahora es una simple máquina.

Pues bien, hagamos un sencillo ejercicio: cambiemos la palabra “inteligencia artificial” por “Ser humano”, y volvamos a releer de nuevo el texto.

Como podemos observar, el proceso de aprendizaje del Ser humano, es parte de ese sistema operativo. Un sistema operativo que a pesar de venir de origen con un programa de supervivencia establecido, conforme adquiere experiencia, se va adaptando al medio y, en esa adaptación, es cuando corre el peligro de ser infectado por lo que se conoce como un virus. Y ya sea a través de un virus, de un “troyano”, o de un “malware” (programa malicioso), es cuando su sistema operativo ya no va a responder tal como había sido programado en origen.

Hoy día, casi todo el mundo (sobre todo las personas del mal llamado primer mundo), saben lo que es un sistema operativo, el software de una computadora o de un teléfono móvil, por poner sólo un ejemplo. Saben que si a su equipo electrónico, le “entra un virus”, ya no va a funcionar correctamente o, en el mejor de los casos, si sigue funcionando, lo hace para facilitar los datos que le interesan a otra tercera parte, sin que el usuario sea consciente de ello. Esto lo entiende casi todo el mundo. Es decir, nuestra supuesta intimidad y libertad, han sido trasgredidas.

Nuestros derechos constitucionales han sido violados. A pesar de existir leyes que prohíban este hecho, el delincuente, posee los conocimientos y los medios adecuados para conseguir sus propósitos, que no son otros más que obtener el control del usuario al que va a explotar, como medio de conseguir el poder o el beneficio económico que dicha posesión de información le otorga.

Por otro lado, los usuarios, son alertados, e incluso amenazados, de la existencia de dichos virus, troyanos o malware, con el fin de que, ante el temor (el miedo, el terror)  de verse afectados, opten por “contratar” o adquirir los servicios de una compañía de “vigilancia anti-virus” , cediendo libremente a estas “compañías de seguridad” los datos e información que son obtenidos de todas formas por otros terceros. En definitiva, lo que hace el usuario, es autorizar a que sea vigilado, controlado e incluso, pierda parte de sus derechos constitucionales, por el bien de su “seguridad”.

Ente las dudas que pueden provocar para el usuario medio esta situación, las “compañías de seguridad”, las cuales ya actúan a nivel internacional, no cejan de mostrar los continuos ataques informáticos que se están llevando a cabo en todo el mundo, para que el usuario sea consciente de que nadie está a salvo de dichos ataques. Evidentemente, el usuario medio, no quiere ser una víctima más de dichos ataques, por lo que accede a que le sea instalado el “programa anti-virus” facilitado por las “compañías de seguridad”.

Ahora, el sistema operativo original, instalado en la inteligencia artificial, ya ha sido modificado. Ha sido adaptado para recibir únicamente un tipo muy concreto de información, para realizar únicamente una determinada actividad, para responder únicamente a determinados estímulos. Y por eso se le llama “inteligencia artificial”, porque no piensa ni decide por sí misma, sino que simplemente se ha convertido en una máquina, en un objeto con el que hacer negocio.

Después de leer este texto, quizás algunos de los que hayan llegado hasta aquí, hayan entendido cuál es el mensaje; y sepan que, el saber, sí ocupa lugar. Quizás sólo sea un lugar virtual en la memoria, pero un lugar al fin y al cabo.

 

© 2015 José Luis Giménez
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