El error

Cuando nos equivocamos, no estamos haciendo nada más que avanzar en nuestro camino evolutivo. Esto dicho así, a bote pronto, puede parecernos una afirmación gratuita, pero si profundizamos en el sentido de la frase, veremos que el sentido literal de la misma, se encuentra más cercano a la verdad de lo que pudiéramos imaginar.

Todos tenemos el derecho y la obligación a cometer errores, y digo bien: obligación, porque no existe una manera didáctica más efectiva de reconocer lo que no se debe hacer en un futuro, que aprendiendo de los errores cometidos.

La egolatría suele ser uno de esos males que únicamente afecta a quien se cree superior, ya sea porque ha sido infectado por su propia ignorancia, al creerse bendecido por un Don especial; o por poseer un físico del que no merece merito alguno; ya sea porque es altamente influenciable por los "palmeros" de turno -personajes habituales de la farándula y el folclore, cuya mayor virtud estriba en hacer repicar las palmas de sus manos a un cierto ritmo acompasado- o simplemente, porque es el estilo de vida que marca la sociedad autodenominada intelectual.

La persona ególatra no suele ser consciente de que lo es. Y ello en base a que su actitud no difiere demasía de quienes le rodean. Es decir, que suelen formar parte de un mismo círculo social, o como dice el refrán: "Dios los cría y ellos se juntan". Es por eso que, mientras los "palmeros" sigan repicando al ritmo, la persona ególatra seguirá en la inopia de la verdadera realidad, lo que no le ayudará en su evolución individual como persona. Necesitará pues de un traspié, de una equivocación, de un error… el cual le haga retroceder hasta su estado original, cuando no era más que un simple mortal, con todos los defectos y todas las virtudes que cualquiera puede poseer.

El endiosamiento nunca ha resultado beneficioso, ni siquiera para los faraones, quienes a causa de la pretendida divinidad, veían profanadas sus sagradas sepulturas por aquellos mortales que preferían obtener el premio en este mundo, y no esperar a las prometidas recompensas del más allá. Como tampoco ha servido para evitar el linchamiento popular o sacerdotal de personajes divinizados, tal como les ocurriese a grandes profetas y avatares de la Historia humana.

Pero el mayor de los errores, es aquel que no nos permite ver las equivocaciones cometidas, disfrazándolas de errores ajenos, porque… ¿cuántos hay dispuestos a admitir que están equivocados…?

Dice un sabio refrán: "Errar es de humanos… pero rectificar es de sabios".

Ante las situaciones vividas en el día a día, parecería que la tan deseada sabiduría, brilla por su ausencia. Se prefiere buscar cualquier excusa, por absurda que parezca, a reconocer que se ha errado. Esto nos recuerda a la infalibilidad del Papa, la cual preserva al Sumo Pontífice de cometer cualquier error sobre asuntos dogmáticos relacionados con la fe.

Pero por suerte (para muchos de los mortales) no todos somos papas, y por tanto, no estamos exentos de cometer errores, y lo que es más importante: de aprender de los mismos.

Personalmente espero seguir equivocándome, sobre todo porque significará dos cosas: la primera; que mi interés por seguir buscando la verdad no ha decaído, y segunda; que al aprender de mis propios errores, cada vez conseguiré ser un poco más sabio.

José Luis Giménez
http://www.jlgimenez.es


 

 

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