El factor de la edad en el individuo


Hablamos de la edad como quien habla de un vestido: “Este traje azul marengo te sienta bien, te hace más joven…”, “Uff, ¡no, por Dios! No te pongas ese vestido de color rojo tan ajustado, ¡y menos con los labios pintados de color carmesí! Pareces una fulana…” Y así, un sin fin de ejemplos que nos llevarían a contemplar como, el tan manido refrán: “el hábito no hace al monje”, parece que, en estos casos, carece de validez.

Y es que el aspecto físico, queramos o no, marca nuestro estilo de vida. Una vida, por otro lado, artificial y ficticia o, cuanto menos, antinatural.

Ahora me viene a la memoria una frase que el afamado estilista Adolfo Domínguez puso de moda: “la arruga es bella”. Y no es que la arruga en sí sea o deje de ser bella; yo entiendo dicha frase como que, lo importante, es ser natural, y no vivir prisionero de las diferentes modas que, en el mejor de los casos, nos resta calidad de vida y naturalidad.

Es cierto que la edad es como ese viejo vestido que pasa de moda, cuando ésta alcanza cierta estabilidad emocional o madurez mental. Pero quizás, muchos de nosotros nos preguntemos… ¿Qué significa alcanzar estabilidad emocional o madurez mental?
Y aunque lo parezca, la cuestión no resulta en absoluto baladí. No se trata simplemente de cumplir años, como quien sube escalones…, sino de que la experiencia cotidiana de la vida haya surtido su efecto en el carácter personal del individuo en cuestión.

Es así como la personalidad adquiere cierta madurez intelectual, cómo el orden de las prioridades vitales se rige por el sentido común –ese sentido que suele ser el menos común de los sentidos-, y cómo la opinión de los demás pasa a estar en un segundo o tercer plano. O lo que vendría a significar lo mismo: ¡que le importa un bledo! Y no es porque lo que opinen los demás no tenga su importancia, no. Sino porque, el individuo, es consciente de que lo verdaderamente relevante, es lo que a él mismo le importa, aquello que le hace sentirse feliz.

Pero el hecho de cumplir años por sí mismo, no es sinónimo de madurez mental o estabilidad emocional. Solemos escuchar con demasiada frecuencia frases como: “tiene 33 años, pero parece que tenga 13; debido a su comportamiento infantil”, “¿pero si sólo tienes 13 años, por qué quieres aparentar 18?” o, “a sus 85 años, se ha estirado tanto la piel, que le han puesto el hoyo del ombligo en la barbilla”. Y ciertamente que, al parecer, hay personas que piensan que pueden engañar a sus iguales con semejantes manipulaciones estéticas, algo casi imposible, pues la Naturaleza no puede ser engañada, además de que la mayoría de las veces, los estiramientos de la piel del rostro es tal, que se llega a cambiar totalmente de fisonomía, llegándose a dudar de si un nacido castizo de pura cepa, se ha transformado en una especie de oriundo oriental, por el rasgado de sus ojos o la inmovilidad y parálisis de sus rasgos faciales que, a duras penas, le permiten mover los labios de la boca para articular palabra alguna. Pero el paso del tiempo es inevitable para todos; ni siquiera los más poderosos escapan a él.

Y es que la Naturaleza es muy sabia… De la misma manera que no se adquiere el conocimiento por el simple hecho de haber comprado un montón de libros, únicamente para tenerlos llenos de polvo en las estanterías, tampoco se adquiere la estabilidad emocional por el mero hecho de cumplir años; hay que ser consecuente con el paso del tiempo, con la situación cotidiana, con la capacidad de adaptación al medio, etc.

No es de extrañar pues, que si lleváramos a cabo el experimento de permitir a un joven o adolescente, pasar la mayor parte de su vida encerrado en su habitación, ocupando su tiempo únicamente con vídeo juegos; al cabo de 40 años, si saliese al exterior, apenas notaríamos la diferencia con aquél joven adolescente, si no fuera por la fisonomía adulta. Y es que la vida es mucho más que respirar, comer, dormir o desaprovechar el tiempo en juegos cuya principal función radica en eso mismo: matar el tiempo.

La vida puede contemplarse también como un juego, pero en este caso, no es posible volver a empezar la partida cada vez que aparece en la pantalla del vídeo juego “GAME OVER”. Es por ello que, el saber llevar bien la edad, o dicho mejor aun: aprovechar la experiencia de la vida en cada fase de nuestra edad, nos va a garantizar esa estabilidad emocional, esa madurez mental o el sentido común que nos permitirá vivir una vida plena, donde lo importante, lo verdaderamente relevante para nosotros, será el resultado del aprendizaje adquirido a través de la experiencia.

Es por ello que tenemos que vivir la vida sin prisas, adaptarnos a cada fase de la misma de acuerdo a la edad física y natural del sujeto.

La infancia es el origen, el principio del carácter que, paulatinamente, se irá forjando en el individuo de acuerdo al modo de vida o experiencias adquiridas. De ahí la gran importancia que tiene el que el niño pueda expresarse con total libertad, interactuar sobre todo con la Naturaleza y saber que él forma parte de ella.

La adolescencia suele resultar incómoda, tanto para el propio sujeto, como para quienes tienen su guarda potestad, pero sobre todo, cuando el individuo no tiene claro aún cual es su “estatus social”. Es aquí donde hay que prestarle mayor atención al sujeto, pues dependerá del carácter forjado hasta entonces, el que muestre con mayor definición cual va a ser el camino elegido para acceder a la vida de adulto. Es en este estadio donde, el adolescente, intentará imitar a aquellos personajes populares que han adquirido mayor relevancia entre la juventud, al no tener aún un carácter formado. En este momento, la responsabilidad de la conformación de la personalidad del individuo adolescente recaerá proporcionalmente sobre la propia Sociedad; repartida entre la tutoría parental, la formación intelectual, el ámbito residencial, y el propio sujeto.

Ya en la edad adulta, el sujeto debería conocer cual es el “rol” o papel que le toca interpretar en la Sociedad, y cuando esto no es así, se produce lo que se suele calificar de “individuo fracasado”, cuando la raíz del problema, con toda seguridad, radica en la adolescencia.

Por otro lado están quienes, a pesar de haber superado varias guerras, y haber conocido en persona al propio Faraón Tuk-Tan-Kamón, intentan disimular su verdadera edad y por tanto engañar a su entorno, con transformaciones estéticas que, más que rejuvenecerlos, les hacen parecer seres de otro planeta. Pero esto ya forma parte de otra historia.

 

José Luis Giménez
www.jlgimenez.es
jlgimenez@jlgimenez.es

 

 

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