EL GRAN CAMBIO

 

He tenido un sueño, un gran sueño, como dijese Martin Luter King. De pronto empecé a ver la luz, mucha luz, y a miles de gentes que sonreían. Al principio no me dí cuenta, pero conforme iba avanzando en mi sueño, me percaté de que todas las personas eran iguales; todas tenían el mismo color de piel, hablaban el mismo idioma y profesaban una misma religión: el Amor Universal.

 

En mi sueño, nadie pasaba hambre, ni se moría por enfermedades oportunistas creadas artificialmente por determinados laboratorios controlados por ciertos gobiernos. Hacia muchos años que ya había desaparecido la guerra y todo tipo de confrontación en la Tierra , pues al fin, todos habían entendido que la Tierra no pertenece a nadie, que únicamente somos sus actuales inquilinos y que debemos cuidar de ella, para que no nos desaloje por incumplir las condiciones naturales de vida.

 

Habían desaparecido las castas sociales, es decir, ya no habían reyes, ni nobles, ni nadie que pretendiese poseer un derecho de superioridad sobre todos los demás. Todos los seres humanos eran iguales ante la Ley. Una ley que protegía al indefenso y defendía a la victima. Hacia mucho tiempo que fueron eliminadas esas leyes creadas por los políticos, basadas todas ellas en intereses partidistas o para beneficiar únicamente al poderoso. Ahora la Ley estaba para impartir justicia. Todo el mundo tenía la misma ley.

 

Tampoco había policía ni fuerzas de opresión; ya no eran necesarias, pues todo individuo tenía asegurada su subsistencia como miembro de la humanidad. Únicamente existía un cuerpo de acción social, encargado de proteger al ciudadano en todas sus necesidades. Todo ser humano tenía derecho a una vivienda digna, el acceso a la atención sanitaria gratuita, a la educación El individuo tenía la única obligación de colaborar en beneficio de la comunidad humana y del cosmos de acuerdo a sus capacidades personales, sin verse sometido a horarios incompatibles con la conciliación familiar o social del grupo donde estuviera conviviendo.

 

Esta situación provocaba que nadie tuviese la necesidad de robar, ni de tomar drogas para huir de la realidad que no era capaz de soportar, por lo que apenas existían delitos.

 

Nadie podía poseer grandes extensiones de territorio, como islas o incluso países, por muy pequeños que fuesen. Únicamente se tenía derecho a disfrutar del espacio de terreno necesario para la convivencia familiar o de grupo, sin que ello supusiese ningún tipo de titularidad sobre la tierra, aunque el derecho a dicha utilización persistiera durante toda la vida del individuo.

 

Ya no existía el dinero. El dinero había sido el causante de la mayoría de todos los males que había aquejado a la humanidad en otros tiempos, y ahora había sido eliminado de la faz de la Tierra. Nunca tendría que haberse inventado, pero el Mal sabe como activar el sentimiento de la avaricia en el ser humano.

Al desaparecer el dinero, tampoco eran necesarios los bancos, por lo que éstos fueron eliminados de la sociedad, ya que a fin de cuentas, habían sido el controlador global de la esclavitud humana mediante el dinero en los últimos tiempos.

 

Ahora todo se utilizaba en la medida en que era preciso. Todo ciudadano tenía derecho a la utilización de cualquier bien material en la medida de su capacidad y actividad social. Ya no era necesario acumular nada, pues todos los bienes materiales pertenecían al Estado Global, quien controlaba el buen uso por parte de cualquier ciudadano. Esto evitaba conducir vehículos en malas condiciones, o el tener que tener contratadas pólizas de seguros, pues las compañías de seguros fueron eliminadas, al ser el Estado de Bienestar Social el responsable civil de todos los bienes.

 

Al desaparecer la posibilidad de acumular bienes materiales, despareció también la avaricia y la competencia por conseguir mayores beneficios económicos, pues la sociedad ya no se basaba en el capital.

 

La energía provenía del Sol y del espacio, por lo que era prácticamente interminable para nuestro planeta, estando además limpia de cualquier tipo de contaminación.

 

Casi todos los elementos y aparatos domésticos funcionaban con esta nueva energía, que no necesitaba de cables eléctricos ni de ningún otro soporte que no fuese el mismo espacio.

 

Los conceptos morales se fundamentaban en el derecho a la vida de todo ser viviente, en el respeto y la tolerancia hacia posturas diferentes y en la obviedad de la necesidad del ser humano como parte de un ser espiritual, de experimentar en el plano físico para el beneficio del cosmos.

 

Se reescribió toda la Historia humana, pues habíamos estado viviendo en la oscuridad que provoca la ignorancia. Ahora el ser humano era un ser de luz, que brillaba con luz propia, destinado a colaborar en la expansión del conocimiento por todo el cosmos.

 

Por fin se demostró científicamente que la muerte no existe como un estado, sino que es un proceso de la vida física, necesario para avanzar en la evolución espiritual del ser. Los miedos que hasta hacia un tiempo habían atormentado a los seres humanos desaparecieron, pues ahora cada cual sabía cual era su misión: vivir, experimentar las sensaciones que provee la Naturaleza y compartir con los demás. Ahora el ser humano sabe que solo, como individuo, no tiene razón de ser. Su existencia está estrechamente ligada a la unión con el todo, con el Uno.

Desperté del sueño y lamenté que hubiese sido únicamente eso: un sueño. Pero una voz en mi interior no dejó de repetirme que los sueños no son más que el proyecto de lo que deseamos ver hecho realidad y que únicamente se necesita de la fuerte convicción de que se harán realidad.

 

Ahora espero que el resto de mis hermanos, los seres humanos, tengan ese mismo sueño, y que muy pronto veamos que el gran cambio se ha hecho realidad.

 

José Luis Giménez

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