El hábito no hace al monje, pero engaña al ignorante.


Mi vecino, el panadero, un hombre campechano y jovial, aunque él dice que está “contrahecho” porque es feo y con joroba, estaba riéndose a carcajada abierta, porque decía que él tenía más seguidores en el “feisbu” que todos los hombres que estábamos allí, con él en el bar.

Ante la mirada incrédula de todos los parroquianos, incluso se atrevió a decir cuántos de los allí presentes le habían pedido “amistad en el feisbu”, así como que algunos iban tan “salidos” que no sabían distinguir a una mujer de una escoba.

Uno de los presentes, el “Cachirulo”, machote él donde los haya, le apostó una ronda para todos, si podía demostrar que todo lo que había dicho era cierto.

El panadero, ni corto ni perezoso, no sólo le aceptó la apuesta, sino que retó al Cachirulo a qué él mismo no podría resistirse a sus “encantos”. Como era de esperar, todos los presentes empezaron a reír, imaginándose al macho Cachirulo “enamorado” del jorobado panadero.

El Cachirulo aceptó, apostándose una cena para todos los presentes, si al cabo de tres días, el panadero era capaz de demostrar que había conseguido conquistarlo a través del “feisbu”.

Al cabo de tres días, el bar del pueblo estaba a rebosar desde primera hora de la mañana, hasta el cantinero se decía a sí mismo el por qué no se le había ocurrido antes a él esa idea, ante la gran cantidad de consumiciones que se estaban produciendo en el bar.

No tuvieron que esperar mucho. A las dos en punto, como si de dos pistoleros del Oeste americano se tratase, se presentaron ambos contrincantes.

El Chachirulo, seguro de que el panadero no había conseguido ganar la apuesta le dijo en voz alta:
—¡Eh panadero… a ver, enseña ese “feisbu” donde ponga que yo me haya rendido a tus encantos…!

El panadero, con la mirada sería y viendo la expectación que se había creado, le pidió permiso al cantinero para conectar su Smartphone de última generación en el televisor, a fin de que todos pudieran ver las conversaciones del “feisbu”.

Cuando ya estuvo todo a punto, el panadero se dirigió al Cachirulo y le dijo:
—Mira Cachirulo… si quieres lo dejamos aquí, no hace falta que todos se enteren de lo nuestro…

Aquellas palabras, lejos de apaciguar a Cachirulo, lo encendió aún más, por lo que le dijo en tono desafiante:
—Mira panadero… ¡cuando todos vean que mientes, voy a hacer que te metan todas las barras de pan duro que tienes en tu panadería por el culo… así dejarás de reirte!

—Bien, bien, yo lo he intentado evitar… pero bueno… ahí va…

El panadero puso en marcha su Smartphone y en el televisor se empezó a ver la foto del Cachirulo… con los mensajes que había enviado… todos ellos en un tono muy alterado por la excitación sexual  que parecía tener en esos momentos…

La gente allí presente empezó a reír… mirándose unos a otros, mientras que Cachirulo no salía de su asombro.

—Yo no le he dicho eso a este tío…! —repetía una y otra vez— eso es un montaje…

—No, Cachirulo, no es un montaje… tú sí has dicho todo eso y mucho más… que ahora no voy a poner porque no es hora del pase de la película porno… —dijo el panadero, mientras sonreía—, pero también tengo que decir, en honor a la verdad, que no has sido el único de todos los que estáis ahora en este bar… creo que sólo falta “Pepito el peluquero”, pero en su caso creo que está justificado.

Ante aquellas palabras, todos los presentes empezaron a murmurar… algo sabía el panadero de ellos, que ya no les hacía tanta gracia.

—Bien, no os voy a mantener más en la incertidumbre… —dijo el panadero— ¿véis esa foto de esa chica modelo, despampanante…?

Los rostros de los presentes parecían haber cambiado súbitamente, el silencio fue sepulcral. Todos sabían, o creían saber de quién era aquella fotografía: Una bella modelo a la que todos tenían entre sus contactos del Facebook, y a la que todos le habían escrito sus más ardientes deseos en el privado de la misma.

—Bien, —dijo el panadero— si queréis empiezo por orden alfabético, y vamos viendo lo que cada uno de vosotros le habéis dicho a esta bella chica… ¿o debo decir que se lo decíais a este contrahecho, feo y jorobado panadero del que siempre os reíais?

Nadie dijo nada… cada cual fue pagando su consumición y marchándose a su casa, la fiesta se había acabado antes de empezar.

A partir de entonces, ya nadie se burlaba del panadero. Todos sabían que: “el hábito, no hace al monje, pero engaña al ignorante”.

 

© 2015 - José Luis Giménez
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