El Rompeolas

Paseaba por el rompeolas de mi ciudad, disfrutando de la brisa marina cuando, de pronto, reconozco a un viejo amigo que permanecía de pie, junto a una gran roca, ataviado con una especie de uniforme que indicaba su actividad.
—¡Hombre Antonio! ¿Qué haces por aquí…? —le pregunté.
—¡Hola Jose! Soy el vigilante del rompeolas…
—¡Qué bien…! —le respondí, ¿te gustará mucho este trabajo, verdad?
—No, ¡que va! Estoy muy aburrido, no puedo siquiera pasear como haces tú por el rompeolas, porque tengo que estar pendiente de que nadie venga a pescar aquí.
—Pero si es un rompeolas… es un lugar público ¿no? –-le increpé.
—Sí, pero no, verás… este sitio es el mejor para pescar, y mi jefe, que además es el presidente de la cofradía de pescadores, me ha encargado que nadie venga aquí a pescar, a fin de que los peces siempre estén a su disposición para que él pueda pescar las mejores piezas siempre que le apetezca venir a pescar…
—¡Vaya! No me imaginaba que eso pudiese hacerse de forma legal…
—¡Ah, amigo! Casi nadie lo sabe, hasta que tengo que advertirlos de que si no se marchan los tengo que denunciar e imponerles una multa…
—¿Y siempre hay peces aquí para que el presidente pueda pescarlos…?
—Sí, porque me encarga que, de tanto en tanto, vaya cebando el agua, es decir, echándoles trozos de pescado, y así los peces saben que aquí siempre hay comida y siempre está lleno de peces. Por eso mi jefe, el presidente, siempre que viene puede pescar los mejores ejemplares.
—Vale, ahora lo entiendo. Bueno Antonio, me he alegrado de verte, ¡hasta otra!
—¡Adios Jose!

De regreso de mi paseo, me acerqué a un grupo de gente que estaban escuchando el discurso de un personaje que al parecer era muy importante. El personaje estaba poniendo mucho énfasis en las palabras siguientes:
—¡Estimados compañeros…! El mar es de todos, no pertenece a nadie, por lo tanto, los peces tampoco son propiedad de nadie. ¡No debemos permitir que nos impidan alimentarnos del producto de la pesca, tenemos que luchar por nuestros derechos!

El público allí asistente irrumpió en grandes aplausos y vitores… por lo que me acerqué a un hombre que estaba muy atento al discurso y le pregunté:
—Oiga, buen hombre… ¿Quién es ese señor que ha pronunciado ese discurso tan enaltecedor?
Y el buen hombre, todo orgulloso y con una amplia sonrisa en su rostro me respondió: ¡Es nuestro presidente de la cofradía de pescadores!

Cuando me marché de allí, no podía dejar de pensar que, aquella escena, la podía trasladar a todas las áreas de nuestra sociedad, sin temor alguno a equivocarme, y me dije para mí: ¡qué pena, Dios mio, qué pena!

 

© 2012 - José Luis Giménez

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