La metamorfosis de lo paranormal


Cuando uno se hace preguntas, cuyas respuestas no encuentra en los libros, el innato instinto por querer conocer lo desconocido, nos lleva a adentrarnos en las hipótesis más variopintas y cuando, ese instinto, se convierte en una necesidad, el intrépido, se transforma en investigador de todo aquello que le pueda conducir a la respuesta deseada.

Esta actitud, característica del ser humano por naturaleza, suele deparar no pocas críticas, no sólo por el hecho en sí, de ser un auto-buscador o investigador, que se aparta de lo ortodoxamente establecido, sino porque, además, deja al sujeto, la libertad de escoger el método a seguir, algo que aún hoy día, en pleno siglo XXI, parece ser objeto de exámenes inquisitoriales, que, paradójicamente, realizan sus propios "colegas" o individuos afines al tema en cuestión.

Si además de la "técnica" no ortodoxa, utilizada por el auto-investigador, resulta que éste, obtiene cierto éxito, las críticas se convierten en verdaderos ataques salvajes, donde, el atrevimiento del "atrevido investigador", merece ser castigado con los mayores insultos, injurias o calumnias posibles, a fin de dejarle claro que, o se atiene a las "normas" por el "circulo" establecidas, o va a sufrir las consecuencias por dejar en evidencia a los fracasados y mediocres "Señores de lo paranormal o las para-ciencias", entendiéndose como tales, a ciertos componentes de lo que ahora se han venido a llamar "expertos del mundillo paranormal y para-científico", quienes tienen sobradas razones para evitar que un nuevo "investigador" aparezca en escena y les pueda pasar la mano por la cara, lo que les podría suponer perder su "poltrona". Sencillamente, deleznable.

Lo peor de todo esto, no es solamente las barbaridades que estos auto-idolatrados personajes puedan llegar a hacer, lo más grave, es ver como los investigadores cualificados, así como las personas de bien, guardan un escandaloso silencio, similar a la frase que ya dijera Martín Luther King, en referencia a los comportamientos de las personas intolerantes, y permiten que éstos energúmenos se proclamen como los únicos portadores de la verdad (de su verdad, claro está).

Así que, vista la actual tendencia de este "mundillo de lo paranormal", a uno no le quedan ganas de compartir ninguna de sus experiencias, por lo menos dentro de dicho mundillo paranormal, dejando reposar el fruto del trabajo y del esfuerzo, en otros ámbitos más tolerantes y ávidos de compartir experiencias, y de donde obtener quizá, alguna respuesta.

Dejaremos que se sigan devorando unos a otros, como lo han venido haciendo hasta ahora y que, el que quede, o los que sobrevivan, sean capaces o sepan como restituir el respeto hacia el trabajo ajeno, que malogradamente, en la actualidad se han encargado de destruir.

Sólo con el dialogo y las buenas intenciones de llegar a acuerdos, se puede conseguir la paz. La guerra nunca ha traído la paz, sólo el deseo de venganza. Mientras no haya un verdadero estado de tolerancia, nadie va a convencer a nadie de lo que ahora no comparte. Únicamente con el respeto y la tolerancia debida a las ideas opuestas, será posible llegar a alcanzar un entendimiento, aunque es posible que alguna de las partes prefiera que todo se destruya antes que reconocer su error.

Por eso, yo no estaré en ninguna de esas partes, seguiré siendo un "heterodoxo" en todo lo que haga y desde la tierra de nadie, continuaré "investigando" a mi manera, sin verme en la obligación de utilizar "técnicas ortodoxas" y pasando de los "malos olores", que ya se sabe, con el calor se hacen más intensos.

Cuando lo que se busca es atacar por el mero placer de hacer daño, todas las explicaciones que se puedan dar, resultarán insuficientes y a la vez, serán la base de otras muchas más críticas o ataques, y que, para que no exista ninguna duda de su verdadera intencionalidad, siempre son personales. Por lo tanto, me niego a perder mi tiempo y responder a una "Inquisición de Cruzados", que no son capaces de reconocer que incluso ellos mismos pueden cometer errores.

Hasta siempre.

José Luis Giménez