No tengo tiempo...

Hace meses que Lázaro está postrado en la cama del hospital. Sufrió un paro cardiaco súbito, prácticamente murió en el acto, si no fuera porque le ocurrió cerca de un ambulatorio médico y le pudieron aplicar un desfibrilador, un pequeño aparato eléctrico popularmente conocido como un “resucitador”. Y es que en verdad, en este caso, lo resucitó.

Las enfermeras del hospital hacían bromas con Lázaro, diciéndole que le habían cambiado a Jesús por el aparato, pero que los tiempos cambian, y ahora los “milagros” son tecnológicos.

Él apenas podía decirles nada, le había afectado a una parte del cerebro y ahora tenía graves dificultades para hablar, ni siquiera podía mover bien los brazos ni caminar,  por lo que casi se había convertido en una especie de vegetal pensante.

Era curioso, se decía para sí continuamente... ¡ahora me sobra tiempo! Me paso todo el día pensando, aunque no pueda emitir palabra alguna, ¡no dejo de pensar...!

Y Lázaro se revolvía en su interior, gritaba aunque nadie lo escuchase, y acababa llorando de rabia, de impotencia...

Recordaba la veces que su hijo le llamaba cuando llegaba a casa, cansado del trajín del trabajo, y sólo deseaba sentarse en su sillón favorito a ver los programas deportivos de la televisión...

—¡Papá, papá...! mira que he hecho en el cole... —le decía su hijo Guillermo.
—¡Ahora no, Guille... mañana me lo enseñas, NO TENGO TIEMPO, estoy muy cansado!
—Pero Papá, mira... me han puesto un diez...
—¡Te he dicho que no! ¡NO TENGO TIEMPO! ¿Qué parte del NO, no entiendes?
—Guillermo hijo, deja a tu padre, está muy cansado y tiene problemas, mañana se lo enseñas... —le decía María, su madre.

Más tarde, en la habitación matrimonial, María, le recriminaba a Lázaro su actitud con su pequeño hijo...

—Desde luego..., podrías tener un poco de consideración con tu hijo...
—Mira María, no me vengas tú ahora con monsergas... bastante hago con trabajar todo los días más de 12 horas para manteneros...
—¡A no! Eso no, tú a mí no me mantienes... me obligaste a dejar mi trabajo en el despacho de abogados, porque decías que tenía que estar en casa para cuidar de nuestro hijo...
—Sí, excusas... siempre buscas excusas... ¡estoy harto de todos...!

Esa era la tónica de casi cada día, cuando no discutían por un motivo, era por otro; pero cada noche se iban a la cama de muy mal humor.

Al levantarse por la mañana, la situación no era mejor...

—¡María...!¿Dónde has puesto mi camisa nueva...?
—La tenía para planchar... pero al final se me olvidó anoche... Guillermo empezó a llorar y tuve que estar por él...
—¡No sabes educar a tu hijo! Lo malcrías y al final parece una niña llorona...
—¡Eres muy cruel...! ¿Lo sabes...?
—¡Déjate de leches y dame la camisa aunque esté sin planchar!, voy a llegar tarde y el cabronazo del jefe me tiene “enfilado”.

Lázaro salió de su casa hecho una fiera, cogió su coche y salió disparado como si estuviera en la carrera de Indianápolis. Se conocía casi todos los semáforos de su calle, y si no aceleraba, los pillaría todos en rojo. Así que aceleró... pero delante de él tenía a un “pisa huevos”, como él llamaba a los conductores lentos, el primero lo pillo en ámbar, pero el segundo ya estaba en rojo cuando lo pasó... y ¡zas! El agente de tráfico lo cazó saltándose el semáforo en rojo.

De nada le valieron las excusas de que llegaba tarde y lo iban a despedir... la impasibilidad del agente y su respuesta de que “ese no era su problema, y que si se hubiera levantado antes no le habría pasado”, aún puso más rabioso a Lázaro. Se negó a firmar la denuncia, como si eso le fuese a librar de la sanción...

Como era de esperar, Lázaro llegaría tarde. Casi siempre llegaba tarde, y casi siempre recibía la bronca de su jefe.

Pero él le echaba las culpas a los demás de todo lo que le sucedía. Se decía a sí mismo que si no había dormido bien era culpa de su mujer que lo hizo enfadar, que luego no le tenía preparada la camisa, que además los semáforos estaban mal sincronizados, y encima ese agente de tráfico que sólo estaba para poner multas...

Aquél día, además de la bronca de su jefe, le anularon el único pedido que había conseguido en toda la semana. Y es que con tantas cosas en su cabeza, ni se acordó que tenía que llamar al cliente para confirmarle la fecha de entrega. ¡Todo un desastre!

Lo peor de todo, es que esta situación se repetía con demasiada asiduidad. Hasta tal punto, que a Lázaro ya no le importaba casi nada... sólo se sentía bien recluyéndose en sus programas deportivos favoritos de televisión o en los nuevos juegos que había descargado en su nuevo “smartphone”,mientras se fumaba un cigarrillo tras otro.

Para añadir más “dinamita a la mezcla explosiva”, Lázaro, empezó a comer compulsivamente. Se pasaba todo el día “picando” y hacía mucho tiempo que apenas iba un día al mes al gimnasio, a pesar de que la cuota que pagaba era para estar en el mismo todo el día.

Ahora no podía ir al gimnasio, ni podría ir siquiera  a trabajar, y lo que era peor, no podría hablar con su hijo ni con su mujer... Ahora sólo tenía tiempo para pensar, para tomar consciencia de cómo había estado desperdiciando su vida y dejando de disfrutar de su familia, de los seres que más quería.

Pero no todo estaba acabado, aún estaba vivo, sí; era más parecido a un vegetal, pero seguía vivo, y si la vida le había dado la oportunidad de recuperar lo que había dejado abandonado, ahora tenía el tiempo necesario para hacerlo.

Esa idea fue la fuerza que Lázaro necesitó para ir recuperándose poco a poco, lentamente, pero con paso firme y decidido. Ahora sabía qué era lo que realmente valía la pena de la vida, y estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario hasta conseguirlo.

Así fueron pasando los meses... ya hace más de tres años de su “infarto”, el que le salvó la verdadera vida.

Lázaro ha empezado a escribir, y me ha remitido esta carta para que la comparta en mi blog, en todos los blogs de quienes quieran encontrar una respuesta a su situación.

El estrés de hoy día es el causante de más muertes que los accidentes de tráfico, es responsable de las enfermedades más invalidantes y crónicas que se conocen, y el que hace que tu vida carezca de sentido si sigues con él. Abandona el estrés y ama la vida. No importa si no llegas a ser famoso, si no te elijen como el empleado del mes, si no saben reconocer tu valía. Tú sí que sabes lo que vales, y no necesitas demostrárselo a nadie más.

Pero lo que no debes hacer jamás, es olvidarte de tu familia, de los tuyos, de los que sí te aman, seas como seas, porque te quieren tal como tú eres. Quien no te quiera tal como eres, no te conviene.
Espero y deseo que a partir de ahora no vuelvas a decir que “NO TENGO TIEMPO” para quien te quiere, para quien te necesita, para aquellos por los que sí vale la pena vivir la vida. ¡Vívela!

 

© 2017 José Luis Giménez
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