Obediencia obligada al partido

 

Desde siempre, la política ha sido el medio más utilizado por los poderes de facto para servirse del pueblo en su propio beneficio; creando leyes y normas que únicamente sirven para beneficiar al poderoso y no para hacer justicia.

A la gran mayoría de los políticos profesionales (pues no hay que olvidar que se trata de una profesión y no de una vocación al servicio del pueblo, como prodigan hipócritamente dichos políticos) se les llena la boca de palabras como: Democracia, libertad de expresión, libertad de creencias, etc. Pero la triste realidad es que todo eso es una mera falacia.

Hechos recientes en nuestra clase política nos demuestran como el político que ocupa un escaño, no tiene libertad de voto, de la misma manera que tampoco es elegido individualmente por el electorado y lo que tristemente es más evidente: son elegidos “a dedo” para ocupar puestos de responsabilidad, por el único motivo de ser esposa/o, amigo, socio, o el trepa de turno, acólito del presidente del partido. Nada que ver con sus capacidades intelectuales o profesionales.

Es por tanto inoperante y estéril el hecho de estar representado por tantos o cuantos señores diputados o senadores en las correspondientes cámaras, pues ya vemos como no existe la libertad de voto en las deliberaciones de las cortes, viéndose el diputado de turno, obligado a votar en consonancia con las directrices marcadas por su partido político, incluso cuando no se esté de acuerdo con dichas directrices.

Entonces la pregunta que cabe hacerse es: ¿Para qué necesitamos unas cortes con más de 350 diputados y 260 senadores que no pueden manifestar su parecer, haciendo inútil e inoperante su escaño?

Ya que dependemos de la decisión personal del presidente del partido o del gobierno de turno, que a su vez está dirigida por otros poderes ocultos que nada tienen que ver con la idea de un régimen democrático, ¿por qué no dejar de hacer el “paripé” democrático, cuando en realidad no existe tal democracia, y nos ahorramos el gasto millonario que supone mantener a tanto “zángano”? Pero claro, entonces dirán ustedes que, en ese caso, estaríamos ante una dictadura. Sí cierto, pero reflexionen ustedes y díganme: ¿Ahora, qué tenemos?

Es más que evidente que el actual sistema no es democrático, a pesar de ostentar dicho título, por las razones ya esgrimidas, entonces… ¿qué podemos hacer?

Evidentemente, la clase política actual no va a cambiar las leyes, por la sencilla razón de que ello conllevaría la pérdida de la mayoría de sus cargos políticos, sus poltronas, tan fácilmente conseguidas y tan poco merecidas.

Es por ello que, la solución a la grave situación por la que está atravesando el sistema de gobierno, pasa por una gran catarsis política, es decir, por un cambio de filosofía política y social, donde lo que realmente prime sea la solidaridad con todos y entre todos, la tolerancia y el respeto mutuo; la igualdad de derechos, la igualdad de oportunidades y el derecho a la libre elección en todos sus ámbitos. Para ello, es necesario abolir las leyes que impiden realizar dichos cambios, y legislar de acuerdo a las circunstancias ya mencionadas. Pero a pesar que sobre el papel aparece como algo sumamente factible, en la práctica será imposible de llevar a cabo, mientras los diputados y senadores, lejos de representar y defender la voluntad del pueblo, se limiten a seguir las directrices de su partido, las cuales, poco o nada tienen de convergencia con los intereses del ciudadano.

Asistimos atónitos a una mentira tras otra por parte de los gobiernos de turno; mienten, manipulan e incumplen las promesas electorales, y son incapaces de mostrar la mínima dignidad y dimitir por no ser capaces de cumplir con lo prometido. Entonces, ¿qué opción dejan al electorado? ¿De qué sirve votar si luego incumplen sistemáticamente lo prometido en sus programas electorales por los que fueron elegidos? ¿Dónde está la dignidad y la palabra de esta clase de políticos?

Personalmente me niego a dar mi voto, mi confianza, a semejantes especímenes. Si van a seguir actuando así, que lo hagan, pero sin mi voto, sin mi confianza, sin mi aprobación y con mi total rechazo.

 

© 2014 - José Luis Giménez
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