Voto de cantidad VS voto de calidad.

Las leyes están hechas por hombres poderosos, y como tales, sirven para beneficiar al poderoso, no para hacer justicia. Es por eso que la Ley no hace justicia, sino que simplemente regula u ordena una determinada situación social, en la que la clase más desfavorecida, siempre llevará las de perder cuando se enfrente a la élite social. Y así lo atestigua un conocido refrán que dice. “Hecha la Ley, hecha la trampa”.

Es por eso que no es difícil de entender el por qué, los poderes de facto, se empeñan en que el Pueblo, el público en general, sea ignorante.

Un ejemplo muy ilustrativo que resultará de fácil comprensión, lo podemos encontrar en el llamado “sistema democrático de votaciones”, donde el candidato elegido para ocupar el cargo de mayor responsabilidad política y por lo tanto del poder ejecutivo, legislativo y judicial (que no se engañe nadie al pensar que dichos poderes están separados. No lo están), es elegido por mayoría de votos, no por la calidad del voto.

¿Y qué es la calidad del voto?

Sigamos con el ejemplo:

Supongamos que tenemos que elegir a un candidato a presidente del Gobierno de nuestro país, y como la elección se hace de forma democrática, es decir, por mayoría de votos, saldrá elegido aquél candidato que consiga mayor cantidad. ¿Es justo? En apariencia sí, debería ser justo, pues se correspondería con el deseo de la mayoría… pero, ¿dicha elección de la mayoría significa que el candidato elegido es el más idóneo, el más preparado, el más honesto…? Respuesta: NO.

Y aquí es donde viene la diatriba. Decir que todos los individuos poseen los mismos derechos sociales es correcto, a pesar de que luego no se respeten. Pero decir que el voto de un individuo ignorante, que carece de la menor capacidad de discernir, de reflexionar, de dilucidar, de comparar en base a conocimientos específicos, etc., vale lo mismo que el voto de un experto, de un profesional, de un profesor o catedrático de derecho, por poner sólo unos ejemplos, encierra una doble respuesta: por un lado es cierto, la Ley no diferencia entre el voto de un ignorante o analfabeto, del voto de un catedrático. Para la Ley poseen el mismo valor, y para el recuento final de votos también.

Y aquí es donde viene la trampa. Para un partido político determinado, cuyas intenciones estriban en conseguir el poder político del país, lo último que desea es que el Pueblo, los ciudadanos, no sean ignorantes, es decir, necesitan a un Pueblo ignorante que no sepa discernir y darse cuenta del engaño y la manipulación a la que están siendo sometidos. La respuesta es muy simple: a un pobre ignorante, es mucho más fácil engañarle y por lo tanto conseguir su voto, que hacerlo con un licenciado en económicas, médico, ingeniero, profesor, catedrático o simplemente un ciudadano con suficiente capacidad intelectual (pues no siempre la posesión de títulos universitarios supone poseer suficientes conocimientos, ni actuar consecuentemente), ya que éstos saben dilucidar y encontrar el “truco” utilizado por dicho partido para conseguir el triunfo electoral. Por lo tanto, la campaña electoral de dicho partido, siempre irá encaminada a conseguir los votos de los ignorantes, que por otro lado, al ser mayoría, bastará para conseguir el triunfo electoral y, por tanto, el poder político, económico, ejecutivo, legislativo y judicial. ¿Se va entendiendo ya el funcionamiento?

Ahora no es difícil entender porqué ganan las elecciones partidos políticos en los que gran parte de sus miembros son corruptos, carecen de la preparación adecuada, o simplemente son incompetentes totales.

Ahora se entiende el por qué el empeño de determinados gobiernos en recortar derechos tan fundamentales como la educación o la sanidad.

Con este artículo no pretendo ofender a los cientos de miles de votantes que han votado a esta clase de partido político, pero sí hacer un llamamiento para que, cuando tengan que volver a votar, y una vez ya han conocido por propia experiencia, la ineptitud, incapacidad o incluso el nivel de corrupción de dicho partido, dejen de volver a votarles, y si no poseen el suficiente conocimiento o información de a quién deberían votar, en función de sus propios intereses y de acuerdo a su estatus social, que pregunten o se asesoren con aquellas personas de su confianza que saben del tema. Esto es lo menos malo. Pero nunca voten a alguien por el simple hecho de que es lo contrario a lo que votaron anteriormente y les engañó, o porque así le someten a un justo castigo. Voten a aquél que más se aproxima a sus ideas y deseos, y si tampoco los hay, dejen el voto en blanco, pero voten. Es la única manera que tiene el Pueblo llano de hacerse oír.



© 2014 – José Luis Giménez
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