La calle Thunderbird
Aún y que pareciese verdad, de boca en
boca y a través de los años, la voz que se filtra de una imaginación
a otra, convierte pequeños trozos de la vida diaria, en verdades absolutas,
lo que suele convertirse en una leyenda. Y si a ésta se le agrega un
poco de sal y pimienta, dará por resultado un relato escalofriante.
La imagineria del pueblo es mágica y atrayente, creando historias alrededor
de todo y de nada, sin fundamentos de peso para convertirlo en la historia
de una ciudad, pero lo hablado, bien o mal, palabras deformadas, formadas
y compuestas a lo largo del tiempo queda resumido en los cuentos perturbadores
que se comentan por las noches, como éstas, húmedas, de cielos
cerrados, con ausencia de vientos.
La noche en que acudí a verificar las apariciones en la calle Thunderbird,
en la vecina ciudad, fui por insistencia de un joven amigo de mi hija, que
había escuchado en varias ocasiones la misma leyenda.
Se dice, que al pasar por ahí, las personas detienen sus vehículos,
y en una espera curiosa desean ver o sentir los entes de los pequeños
niñitos, que se dice, murieron en un accidente, supuestamente, al tratar
de empujar el vehículo en que eran transportados, pasó el tren
y los arrolló, muriendo todos en el sitio del accidente. No se sabe
a ciencia cierta que fue lo que ocasionó el percance, o, si efectivamente
sucedió, las versiones son múltiples, incluso se desconocen
fechas o nombres que pudiesen dar un indicio de investigación real.
Pero los comentarios siempre se han encaminado a la misma referencia, que
los pequeños entes dejan plasmadas las huellas de sus manos en la defensa
trasera de los vehículos, hay incluso quienes aseguran haber creado
vaho en los vidrios, para apreciar las huellas.
Una noche tranquila, en un camino desolado, carente de luz eléctrica.
La iluminación de la luna era más que suficiente, elegí
detenernos en una hondonada, Jaime detuvo su camioneta pick up a un lado del
camino. Leslye inició a orar, pidiendo por nuestra seguridad. En ése
preciso instante, frente al volante, Jaime inició una retahíla
de oraciones, entre murmullos y con los ojos cerrados, el miedo se apoderó
de él. Aún no se hacía ningún enlace y él
sentía la presencia de los que pude observar hacia mi lado derecho,
preparé mi cuaderno para realizar la escritura automática, pensé
erróneamente en bajar, sentarme en el piso. Pero tan solo alcance abrir
la puerta escasos sesenta centímetros y bajar un pie, cuando los vi
a todos, niños y niñas, en una formación de dos líneas,
los grandes atrás y los pequeños al frente, pero estaban unidos
hombro con hombro, se movían lentamente como una gran imagen viscosa,
turbia, donde solamente predominaba su mirada, era horrible, toda la maldad
nunca visita se encontraba dentro de ésas pupilas perversas, me sobrecogió
un terror dominante. Cerré la puerta de inmediato, Jaime seguía
murmurando sus plegarias, le pedí que nos fuéramos, pero no
me escuchaba, estaba absorto en su propio pavor. En segundos, los entes que
vi a más de veinte metros aproximados, estaban sobre la camioneta,
subían y bajaban, con sus risillas burlonas, se adherían con
pies y manos, cual si fuesen ventosas, por arriba de la cabina, a los costados
de la puerta, estábamos rodeados. Trate de dominar el pánico
ante este echo tan terrible, algo me hizo voltear nuevamente hacia mi lado
derecho, y al fondo, en la lejanía, había un hombre negro, vestía
con ropas muy ásperas, al instante de cruzar nuestras miradas, los
entes ya estaban otra vez a su lado, fue entonces que vi sus ropas, pantaloncillos
cortos, vestidos, mandiles todo de los años cuarentas o cincuentas
tal vez, había moños, encajes, ropa de algodón. Escuché
las palabras del hombre, las cuáles, narro a continuación, no
sin antes mencionar, que la morbosidad que ha llevado de la mano a los curiosos,
no los deja retirarse de ése sitio sin un regalo, un ente, que se adhiere
a las mentes que carecen de preparación para poder rechazar la energía
negativa. No puedo decir que Leslye, Jaime y yo nos retiramos del lugar, sino
que huimos, la velocidad que imprimió Jaime al acelerador, era insuficiente
para poner tierra de por medio y no ser alcanzados por tanta maldad. Leslye
le gritaba, que fuera más aprisa. Yo aún me encontraba entre
el trance telepático y la realidad.
"... porque ahora que me ves podras decirles a todos que estoy sufriendo mucho estos niños tenias que morir albergan almas viejas y perversas... y yo estoy aquí en esta oscuridad...ahora sabes que mi vida aquí es un infierno tu mundo es mi infierno...mi cabeza estallo en muchos pedazos y ahora se que podre estar por siempre...ellos son muchos y el hilo que me une a esta oscuridad... ayudame ...me llamo jorge y se que los niños tienen que estar aquí el alma de estos niños solo hace daño...ten cuidado por que oigo...destruyen siempre...cuidate son muchos muy malos y ya no son los niños que ves son angeles enfermos de dolor que solo dañan a los demas, no los veas, no los veas, estan por todas partes, vete, vete de aquí"
Fue muy extraño que, en nuestra precipitada carrera, todos los semáforos estaban en siga, no había nada que nos detuviese, incluso llegamos a la Garita Aduanal del Puente de Cordova, ahora con la esperanza de que nos detuviera el semáforo en rojo, pero no fue así. Los tres estabamos bastante tensos, callados, en un silencio pesado que no deseábamos romper. Llegamos a casa, bajamos de la troca. Las manitas estaban cubriendo todo el vehículo. Entre el polvo y su esencia, nos dejaron su amargo recuerdo.
Marcela Unna
Agosto 23,2005.
sande2056@hotmail.com
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