MACHARAVIAYA: UN PUEBLO CON LEYENDAS

Escrito por CristinaCandela
lunes, 07 de enero de 2008

El Pueblo

A 27 km de Málaga, se encuentra en una cuenca el pequeño pueblo de Macharaviaya, término que en su origen árabe significa “Cortijo del Hijo de Yahya”. Dicha villa, construida sobre las ruinas de una alquería morisca, se alza en 1572 y es impulsada económicamente con la llegada a ésta de la familia Gálvez, quien crea la Fábrica de Naipes en el siglo XVIII.

Entrar en Macharaviaya, un pueblo de interior con casi 300 habitantes es, sin duda, trasladarse en el tiempo. Y es que sus calles empedradas y sus casas engalanadas de genareos, siempre blanqueadas guardando su morfología de antaño, parecen inalterables al paso de los años.

Una aldea que con sus monumentos, museos y fuentes nos deja entre ver la historia de su pasado. Un lejano donde sus riquezas llegaron a ser innumerables gracias a la familia Gálvez, en especial a Don José Gálvez y Gallardo, Marqués de Sonora y Ministro de las Indias. Pero también un pueblo en el que ha quedado reflejado las barbaries y el dolor de la guerra.

Actualmente, Macharaviaya se encuentra casi deshabitada. Gran parte de sus jóvenes habitantes la dejaron hace años para trasladarse a la ciudad en busca de una vida mejor. Hoy este pueblo es morada de artistas que huyen de las grandes urbes, buscando zonas de paz y tranquilidad.

Las Leyendas

Hace más de diez años que visité por primera vez el pueblo de Macharaviaya. El padre Leonardo, un jesuita y profesor del colegio donde yo estudiaba, por aquel entonces párroco de la zona, me invitó a acompañarle un domingo al cual después seguirían otros más.

Una vez allí, el pueblo me cautivo. Sus calles vacías, sus antiguas y encaladas casas envolvían al lugar con un cierto halo de misterio. Realmente sentía que había viajado a un tiempo remoto y mientras recorría sus estrechos callejones, imaginaba lo que allá pudo suceder en su pasado. El mismo lugar donde me situaba, las mismas piedras que en aquellos instantes pisaba, habían sido testigos de toda la historia de aquel intrigante pueblo. Sin embargo, nunca imaginé que por casualidades del destino, al cabo de los años, regresaría para investigar unas leyendas que por suerte llegaron a mis oídos.

En la aldea se encuentran dos grandes leyendas; la primera hace referencia a un gran tesoro escondido bajo la Iglesia con el que supuestamente se podría recubrir de oro todo el suelo del templo. La otra, cuenta como en 1920 una joven muchacha, vestida de novia cae ante el altar muerta al saber que su prometido no va a contraer matrimonio.

Puesto que hablar de las dos sería larguísimo y cansino para el lector, he decido dividir el artículo en dos partes y limitarme en esta ocasión a informar sobre la segunda de las leyendas.

La Investigación

Tras recolectar toda la información posible sobre el pueblo y estas dos historias, nos desplazamos hasta la villa de Macharaviaya para intentar averiguar qué había de realidad y qué de leyenda en estos dos casos. En primer lugar visitamos la Iglesia, ubicación protagonista de estas dos leyendas, en busca de cualquier dato que pudiera contribuir al esclarecimiento de la investigación.

La Iglesia de San Jacinto, como así se llama, es una construcción del año 1505. Posteriormente en 1785 es reconstruida y ampliada, gracias a las donaciones que la familia Gálvez realiza con parte de los beneficios obtenidos de la Fábrica de Naipes. Se trata de un templo de estilo colonial de una sola nave recubierta con una bóveda de medio cañón y una cúpula con pechinas en el crucero En la planta baja del templo se encuentra la cripta donde se hallan enterrados algunos miembros de la estirpe de los Gálvez.

Nada más entrar al templo por la puerta lateral, nuestras miradas se desvían al suelo, una mancha de humedad en forma de cruz nos llama la atención. Tras realizar unas fotografías continuamos el recorrido por el templo buscando algún otro dato de interés.

Los grandes cuadros que se ubican tras el altar mayor se encuentran rajados. Indudablemente, aquella Iglesia aún muestra las barbaridades cometidas en la Guerra. El templo a pesar de sus grandes dimensiones se encuentra casi vacío. Apenas un tercio de la iglesia posee unos bancos y la decoración es cuanto menos escasa. Sus pocos ornamentos contrastan de manera exagerada con la majestuosidad del edificio.

 

En la parte contraria al altar, al fondo a la izquierda nos encontramos con una lápida. Una losa con un poema- epifacio que dice así:

Ya entreabierta a la luz sobre su frente

La Divina corona del azahar

Y el prometido de su amor presente

De improviso la virgen inocente

Rodó muerta ante el ara del altar

Y el sonoro reir del campanario

Se convirtió en un doble del dolor

Se ensombrecio la luz del incensario

Del velo virginal se hizo el sudario

Y el sepulcro fue el tálamo del amor.

 

Tras esta primera visita a la Iglesia nos encontrábamos con tres datos importantes; por un lado una cruz de humedad que en las posteriores visitas continuaba ahí; el templo se hallaba casi desamueblado y los pocos cuadros existentes se encontraban ultrajados; y una lápida que parecía dar veracidad a la leyenda de la joven muerta.

Murió de Blanco ante al altar

“Cuenta la leyenda que María López, una joven muchacha de 19 años, enamorada del hombre con el que iba a contraer matrimonio, esperaba impaciente y deseosa el día de su boda. Llegada esa fecha, se encuentran los novios ante el altar mayor de la Iglesia de San Jacinto; Maria mira a su prometido a la vez que imagina como una vez acabada la ceremonia, su amado y ella saldrán cogidos del brazo por el portón del templo convertidos en marido y mujer. Llegado el gran momento, el sacerdote pregunta al amado si desea tener como esposa a María y un gran silencio se hace en el templo; todos los invitados esperan escuchar su sí quiero, sin duda el instante de mayor emoción en cualquier boda. Pasan los segundos y el novio no articula palabra alguna, el nerviosismo surge entre los asistentes que no dejan de mirarse entre sí desconcertados. El brillo de los ojos de la novia que antes reflejaban alegría van dejando paso al brillo provocado por las lágrimas. El novio se da la vuelta, corre por el pasillo y sale de la Iglesia. María, vestida de blanco, desconsolada y rota por el dolor cae muerta ante el altar”.

Tras conocer esta dramática historia, el poeta malagueño Salvador Rueda, nacido en 1857, en el municipio de Macharaviaya, concretamente en la localidad de Benaque, decide escribir dos quintetos narrando lo sucedido. Una pequeña oda que es grabada en la lápida de María.

Se desconoce el lugar donde se encuentran los restos de María. En la década de los 60 y 70, los habitantes de Macharaviaya se trasladan a la ciudad en busca de una vida mejor, y como consecuencia todo el municipio sufre un gran estado de abandono. La Iglesia y cripta, de las que ya nadie se hace cargo, comienzan a resentirse seriamente. El cementerio, ubicado al lado del templo, corre con la misma desgracia ya que sus nichos se agrietan y sus lápidas caen al suelo, hecho que también ocurrió en el nicho de María.

Al cabo de los años un vecino del lugar, mientras pasea por el campo, entre los olivares, encuentra la losa. Sorprendido por la historia y la belleza de los quintetos, decide rescatarla y limpiarla. Y es entonces cuando es colocada en el templo en honor a aquella joven que murió de blanco.

Buscando algún documento que nos pudiera acercar a la verdad del caso, acudimos al Archivo Histórico Municipal de Málaga donde encontramos un artículo de prensa, publicado en el diario Sur-extra en el año 1972, titulado “Macharaviaya, un pueblo en peligro”. En él, el autor, el periodista Manuel Téllez Laguna, hace referencia a esta leyenda: “El día 5 de diciembre de 1920, se celebraba una boda en la iglesia del pueblo a cuyo acto religioso asistió la totalidad de los vecinos de Macharaviaya y buena parte de los de Benaque, pues los contrayentes eran personas conocidas y de gran aprecio. Ya los novios en el interior de la Iglesia a los acordes de la marcha nupcial, comenzó la ceremonia ante al altar mayor, con la consiguiente emoción pintada en el rostro de todos los asistentes. Y cuando el sacerdote pronunciaba las palabras de rigor, la novia cayó al suelo, muerta, como herida por un rayo misterioso”. Tras conocer el nombre y apellidos de la joven así como la fecha de su muerte, gracias al epitafio esculpido en la losa, decidimos pedir su certificado de defunción para conocer la causa del fallecimiento. El certificado, firmado el día 9 de diciembre, dice así: “María López Escaño natural de esta villa, de diez y nueve años de edad y domiciliada en este barrio de la Luz, nº 10, falleció a las cuatro del día de ayer en su domicilio a consecuencia de hemorragia intestinal según certificado facultativo”.

 

Según la lápida la fecha de su muerte habría sido el 5 de diciembre, día de su boda, en la Iglesia. Por el contrario el certificado de defunción afirmaba que había muerto tres días después en su domicilio.

Acudimos a un médico para que nos explicara como se podría producir una hemorragia intestinal. Tras comentarnos que dicho término se encuentra casi en desuso hoy en día, habiendo sido sustituido por el de hemorragia digestiva nos respondió que “una hemorragia intestinal podría producirse bien por origen digestivo debido a un sangrado interno en dicha zona o por una agresión externa con un objeto punzante”. El certificado de defunción no especifica el motivo concreto de la muerte, y aunque deducimos que se trató de una hemorragia del tubo digestivo y descartamos la agresión externa con un objeto punzante, desconocemos si la causa pudo ser por una úlcera o bien por un tumor.

Por todos los datos recopilados y los testimonios a los que hemos podido tener acceso, deducimos y concluimos que la joven María, tras desvanecerse ante el altar el día de su boda, como consecuencia de una hemorragia digestiva, fue trasladada a su casa donde permaneció en cama tres días vestida de blanco, y con fuertes dolores, hasta que finalmente falleció.

Efectivamente murió vestida de novia y su boda fue el principio de su muerte.

Cristina Candela

http://portal.cristinacandela.com


 

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